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El ‘Brexit’ se acerca y la libra se debilita

Finalmente la primer ministro Theresa May, anunció el calendario del Reino Unido (la quinta economía del mundo) para salir de la Unión Europea en un todo de acuerdo con la decisión tomada en las urnas por el pueblo británico. Será a partir de fines de marzo del año que viene, 2017, cuando
-conforme a lo anunciado- se invocará formalmente el artículo 50 del Tratado de Lisboa. Ello supone que para el 2019 el país saldría definitivamente del bloque europeo.
Habrá dos años para negociar cuáles serán los términos de la salida británica. El obstáculo principal es que Gran Bretaña pretende mantener el libre acceso comercial de sus bienes y servicios al importante mercado europeo, pero no permitir en más la libre circulación de personas, de modo de poder controlar directamente (o sea, sin interferencias de Bruselas) su política migratoria y restringir como crea conveniente los flujos de inmigrantes que huyen de la violencia de Medio Oriente y de la miseria africana. Este último -y no otro- ha sido el mandato inequívoco de las urnas. Pero ocurre que la Unión Europea -y la dirigencia política alemana y francesa- no cree que se pueda, por una parte, gozar de la libre circulación de capitales, bienes y servicios y, por la otra, no asegurar, en paralelo, la libertad de circulación de personas. Las cuatro libertades están, sostiene, indisolublemente unidas.
Las elecciones nacionales que Francia y Alemania tendrán el año próximo no harán las cosas fáciles, desde que el tema puede de pronto comenzar a politizarse enormemente. La cuestión es de enorme importancia, atento a que Gran Bretaña exporta unos 230 billones de libras a la Unión Europea, mientras que sus exportaciones a los Estados Unidos son del orden de unos 88 billones de libras y las que van hacia China suman unos 18,7 billones de libras. Para Gran Bretaña entonces, perder el acceso a la Unión Europea supondría un problema de envergadura.
Es cierto, Theresa May es una funcionaria experimentada, competente, cauta, decidida, trabajadora, inteligente, fría, y que hasta sabe ser dura. Pero el tema del ‘Brexit’, que tiene entre manos, es realmente mayúsculo. Y de una gran complejidad.
Mientras tanto, la influencia relativa de Gran Bretaña en el mundo está disminuyendo muy lentamente. Por ejemplo, en la reciente reunión del
‘G-20’, en Hangzhou, cuando llegó el momento de la foto colectiva de los dignatarios concurrentes, Theresa May se encontró que no le tocaba un lugar prominente, sino una ubicación más bien desairada, en las últimas filas. Todo un presagio, quizás. De todas maneras, su luna de miel con el pueblo ya ha finalizado. Y esa es la realidad.
Alemania tiene claramente la voz cantante en Europa y la influencia de Gran Bretaña en los Estados Unidos existe, aunque quizás ya no pese como ayer. La ‘relación especial’ no ha muerto y no puede descartarse ligeramente. El Commonwealth -por su parte- es hoy sólo un vehículo de nostalgia, mucho más que un ámbito de poder efectivo.
Por todo esto, la vieja libra esterlina se sacude y refleja la tormenta que se acerca. Buscada, quizás, pero tormenta al fin. Con capacidad de conmoción, quiérase o no. De allí la declinación de su otrora envidiado poder adquisitivo.
La libra esterlina está muy cerca ya de su nivel histórico más bajo contra el dólar. Desde 1981, esa moneda perdió el 45% de su valor. Y, desde junio pasado, está bajo una constante presión. Tan es así, que el jueves 6 de octubre perdió -en apenas un ratito- un 6,3% de su valor, para cerrar el día con una baja del 1,6%. Fuerte, pero no espectacular.
Contra el euro, la libra esterlina perdió un 13% desde el 23 de junio pasado, cuando el referendo. Está con una notoria tendencia a la baja desde entonces, naturalmente. Y los analistas del Deutsche Bank auguran una pérdida de un 10% de valor adicional, en el corto plazo. Pero por aquello de que ‘no hay mal que por bien no venga’, esta situación está ahora ayudando a las exportaciones británicas, mejorando su competitividad externa.
La declinación de la influencia británica es un proceso lento, que ya ha comenzado y difícilmente se revertirá. Una cosa es, ciertamente, Gran Bretaña dentro de la Unión Europea y otra, bien distinta, será Gran Bretaña cuando finalmente esté fuera de ella.

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