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Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía

Es llamativo que en la Argentina haya constantemente promociones y descuentos en el rango del 30 al 40%. No se trata de un caso aislado, sino que todos los días, desde hace más de una década, casi con todos los medios de pago (acá el que se ve perjudicado es el que usa Evitas o Rocas) con o sin membresías a clubes, hay un doble juego de precios con una brecha enorme.
Definitivamente el caso de negocios le cierra a quién ofrece el beneficio. Si no, no lo haría. Nunca se va a saber a ciencia cierta cómo se distribuyen los costos y beneficios de los descuentos. Se lo reparte una cadena que incluye a los bancos, los medios de comunicación, la marca que auspicia, los shoppings.
Desde el punto de vista del consumidor, lo primero que debe intentar es entender si realmente se trata de un beneficio. La comparabilidad de precios en distintos comercios hoy en día no es tarea fácil. A la complejidad habitual hay que agregar que con el ritmo de remarcación de precios, un día más o un día menos puede significar varias decenas porcentuales de diferencia de precio. Después de mucho pensarlo y luego de que la frente se le perle de sudor por la angustia, el consumidor parece estar frente a un verdadero beneficio, y con dudas, compra.
Pues bien. Démosle la derecha al consumidor y asumamos que hizo bien los cálculos y que la promoción realmente le genera valor. ¿Será posible que esta lotería sume tanto al productor como al consumidor? ¿Encontramos la solución a los problemas de la humanidad? ¿Las promociones con tarjeta (de bancos o de membresías de clubes) son la piedra filosofal moderna, la cura de todas las enfermedades?
Tal vez, el costo de las promociones no lo pague la cadena de valor del productor ni tampoco los consumidores que en forma directa aprovechan los descuentos. Tal vez el peso de los descuentos los están absorbiendo otros consumidores, los que usan efectivo o los que tienen menos alternativas de elección de fechas de consumo. Estaríamos entonces frente a un caso de subsidio cruzado, donde algunos consumidores, sin saberlo, subsidian a otros consumidores, también ignorantes de la verdad de la situación.
Seguramente hay gente en la función pública mucho más inteligente que yo que puede recoger el guante y estudiar en mayor detalle este esquema. Bienvenida la competencia, que es lo único que puede hacer que los precios caigan. Pero también bienvenida la transparencia, que es lo que permite que la competencia sea justa.

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