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Cómo lograr que los precios arrimen a los importados ‘puerta a puerta’

En las últimas semanas hay dos temas que figuraron en la lista de los más tratados: la difusión del nivel de desempleo y la puesta en vigencia del sistema de compra ‘puerta a puerta’.
En el primero hubo reparto de culpas y acusaciones y poco análisis de la dinámica del empleo en el largo plazo; en el otro se acumularon las protestas de las cámaras industriales y los aplausos de quienes resaltaron las ventajas para el consumidor argentino de comprar mediante ‘el puerta a puerta’ a precios sustancialmente más bajos que en nuestro país. Algunos plantearon que este mecanismo se simplifique y amplíe ‘para que más argentinos puedan acceder’. Pareciera que comprar en China para algunos debería tener una categoría similar a un derecho constitucional.
El debate sobre la apertura de la economía argentina y su impacto sobre el modelo de desarrollo y el empleo son recurrentes. Este debate dominó parte de los 70 y todos los 90. Si nos remitimos a la experiencia, la apertura y desempleo fueron de la mano, aunque también acompañados por otros invitados infaltables: retraso cambiario, déficit fiscal, dólar como ancla de la política antiinflacionaria, libre movilidad de capitales.
Parece que nuestro país es competitivo en casi nada, salvo en los productos agropecuarios de la pampa húmeda; si hacemos caso a los fanáticos del ‘puerta a puerta’ no habría lugar para fabricar casi ningún producto industrial. Pero, si aplicamos a los servicios el mismo razonamiento, también necesitaríamos ‘puerta a puerta’ para lavar autos, cortar el cabello o servir café en bares. En todos esos casos los precios locales son bastante más altos que los externos. En una cosa no hay duda: esta discusión se parece mucho a la de los 90.
Después de la salida de la crisis de la convertibilidad, Argentina se aisló o trató de aislarse del proceso de globalización buscando recuperar entramado industrial: la llamada reindustrialización. La devaluación dio espacio y, cuando sus efectos empezaron a agotarse, se aplicaron mecanismos administrativos, desde Licencias No Automáticas a la administración de las divisas para pago de importaciones, entre otros. En ese lapso, el crecimiento fue bastante homogéneo y se mantuvo, más allá de los casos anecdóticos, un nivel de apertura relativamente importante, probablemente más por necesidad que por decisión, pero seguramente menor a la que el mercado y la globalización hubieran definido.
A pesar de lo anterior, durante gran parte de esa etapa, los precios locales fueron más altos que en el exterior; por eso, en el reparto de responsabilidades correspondería preguntarse: ¿cuánto del precio observado en un comercio corresponde a la industria? Una respuesta la da Pro-tejer, que señala que en indumentaria alcanza al 20%; ADEFA indica que el 54% de un vehículo son impuestos, a lo que hay que sumar algo así como 16% de margen comercial. Esto da parte de la respuesta. La diferencia entre el precio ‘industrial’ y el que ven los consumidores depende de la cadena comercial y de los impuestos. Cuanto menos poder tiene la industria, más margen comercial y, cuánto más registrable el bien, más carga tributaria -nacional, provincial y municipal- y por lo tanto más brecha. Por eso al hablar del ‘puerta a puerta’ erróneamente se piensa en la industria, cuando debiera pensarse en el sistema productivo-comercial-impositivo.
¿Y dónde quedó el empleo? Con el ‘puerta a puerta’ los que reclaman son los sindicatos y productores de bienes industriales, que son los que tienen más capital hundido (humano y financiero) y los que aprendieron que reconstruir lo que se pierde es extremadamente costoso y a veces no se puede. Esto no ocurre con el sector comercial, simplemente, porque está más atomizado, es más flexible, hunde menos capital y hay mayor disponibilidad de recursos humanos y empresariales para reiniciar la tarea.
La modernización y el aumento de la competencia en las redes comerciales es una condición necesaria para acercar los precios entre productor y consumidor; la otra tiene que ver con definir una estructura tributaria más racional y, por último, la industria tiene que ofrecer precios más competitivos. Para esto necesariamente tiene que invertir, pero también es claro que la inversión es una tarea de empresarios, y que estos, si no ven una macro que defina precios relativos e incentivos adecuados, no invertirán lo suficiente para hacer que nuestros precios se parezcan un poco más a los del ‘puerta a puerta’.

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