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Aprendiendo de los saqueos

Los saqueos son impactantes analizadores sociales; esto es, eventos que revelan, que hacen correr un velo, que quitan la máscara de lo oculto, que indican un conflicto, más o menos latente pero que toma dimensión mayor cuando se expresa en acontecimientos violentos. Podemos paralizarnos frente a ellos o descomponer sus elementos y ampliar la mirada hasta dimensiones que estaban tapadas, negadas o aparecían como poco relevantes.
La mirada más directa sobre los saqueos nos revela –una vez mas– la inconsistencia de los anuncios que han proclamado el fin de la pobreza; pero que han evitado señalar las múltiples dimensiones de la exclusión y sobre todo la manera como ellas se conectan y potencian. Nos recuerdan la relación entre inequidad y violencia, repetida y probada por la teoría; nos impactan al mostrarnos la fragilidad del contrato social básico –aquel que permite convivir sin que sea sostenido por la represión policial–; nos hacen reflexionar una vez más sobre la relación entre ejemplaridad política y valores ciudadanos; nos muestran en acto el fracaso de la educación (como decía recientemente un autor: ‘un alumno no es un saqueador’); nos preocupan por la posibilidad de potenciar los sentimientos de discriminación y por tanto generar nueva y mayor violencia. Finalmente (aunque no agota el análisis), nos hace pensar en la fragilidad de las instituciones , que no han podido consolidar los acuerdos e instrumentos que eviten todos estos resultados y relaciones que el analizador nos muestra.
La historia universal está llena de eventos que han sacudido a las sociedades como nos golpean –o deberían golpearnos– los saqueos: magnicidios; puebladas (desde el Cordobazo hasta la rebelión en Los Ángeles por los crímenes raciales o Mayo del 68); y las rebeliones políticas.
Pero lo que es trascendental es la capacidad de esas mismas sociedades para entender y aprovechar en plenitud el mensaje del analizador; o para negarlo, reprimirlo u olvidarlo. Quienes detentan el poder tratan de minimizarlo; quienes se oponen ,de maximizarlo; pero el tema central debe ser la capacidad común para procesarlo y usarlo como base para resolver sus causas.
En esa línea, creo importante hacer algunas reflexiones sobre lo que podríamos llamar la cuestión social que está detrás de los saqueos. Los saqueadores –en su gran mayoría y en especial los jóvenes– son personas que están fuera del circuito de generación de riqueza que asegura movilidad social. No cuentan con las herramientas básicas para progresar: haber completado la educación secundaria con un mínimo de calidad; tener una historia laboral que muestre un nivel aceptable de productividad; contar con aspiraciones consistentes de mejora. Esas personas –y sus hijos– están condenados a diversos grados de marginalidad; y ellos lo saben. Y les frustra el no poder acceder a niveles de consumo que tienen los que cuentan con capacidad de endeudarse. Las 18 cuotas sin interés para comprar un LCD no son para ellos. Por tanto, hay pocos incentivos para respetar las reglas de una convivencia que no les aporta nada para su desarrollo personal.
Es para personas como ellas que se han desarrollado instrumentos de política social –como la Asignación Universal– que les permite al menos evitar caer en el hambre y la desesperación. Pero no les asegura romper con el circulo vicioso de la exclusión que arrastran desde al menos dos generaciones.
Las políticas sociales exitosas son las que combinan instrumentos universales (transferencias monetarias, buena educación, salud, transporte) con instrumentos focalizados por los que el Estado y la sociedad civil están cerca de los excluidos, los acompañan, los ayudan a integrarse y a refirmar los valores positivos. Pero en la Argentina de hoy los bienes públicos (recordemos el transporte público y el no acceso al agua, o al gas natural) son fuentes de exclusión y no de integración. Hay muchos trabajos de investigación que demuestran como mejoran los valores de las personas cuando cuentan con esos bienes, aunque ellos mismos sean pobres. Pero también la acción cercana del Estado o de la sociedad civil se han politizado. La esencia de las relaciones ya no es la solidaridad, sino la pertenencia política y –peor aún– el acceso al dinero. Y aún esa militancia es socialmente ineficiente, como lo demuestra la incapacidad de las agrupaciones oficialistas para informar o prevenir los saqueos.
Los saqueos nos develan una mala noticia: se ha perdido mucho tiempo y habrá que empezar de nuevo para recuperar futuro, valores, capacidades y energía social. Para que hayan servido debemos prepararnos analizando, discutiendo, reflexionando y aprendiendo, de modo que el camino que se viene sea mas corto y menos doloroso que el que intuimos al ver la tragedia en las calles.

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