El recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente, que dejó de ser una disrupción temporal, instala un escenario de tensión estructural en los mercados energéticos. Lo que comenzó como un shock de oferta hoy se consolida como una marca persistente sobre precios, logística y cadenas de valor, con impacto a mediano y largo plazo.
En este contexto, la capacidad de resiliencia de los mercados y la respuesta de las políticas públicas enfrentan un desafío de escala global. La normalización ya no aparece como un horizonte cercano, sino como un proceso gradual condicionado por la evolución del conflicto.
“El conflicto no va a ser transitorio. Ya estamos viendo impacto en flujos energéticos y cadenas de valor, y también a mediano y largo plazo si los precios se sostienen altos. Esto va a dejar una marca”, advirtió Roberto Brandt, consultor internacional, durante el Energy Summit.
Según el especialista, las cifras reflejan esa volatilidad. “Hubo una disrupción inicial del 20% del comercio mundial de petróleo y gas, que luego se redujo a un 10% gracias a medidas de mitigación, como el uso de oleoductos en Arabia Saudita y Emiratos, y el alivio de sanciones a Rusia”, explicó.
GNL y cadenas globales bajo presión
El escenario es más complejo en el mercado de gas. “En el caso del GNL, la disrupción es aún mayor. La planta de licuefacción de Catar sufrió daños que sacaron de servicio al 17% de la capacidad global durante entre tres y cinco años”, detalló Brandt.
Este shock prolongado implica que el retorno a condiciones normales de abastecimiento y precios será lento, consolidando un contexto de volatilidad que impacta en toda la cadena energética.
Desde una mirada regional, Guido Maiulini, jefe de Asesoría Estratégica de Olacde, planteó que América latina enfrenta una doble exposición: exporta crudo, pero depende de importaciones de productos refinados.
“La región produce el 80% del gas que consume, pero el precio lo define la última molécula, la más cara”, explicó. A diferencia de Europa, la falta de coordinación limita la capacidad de respuesta: “No hay una ‘superestatalidad’ que permita actuar en bloque frente a estas tensiones”.
El desafío local: recursos sin escala suficiente
En este escenario, la Argentina aparece con potencial, pero también con restricciones. La oportunidad está en los recursos, pero el límite aparece en la ejecución.
Daniel Redondo, profesor del ITBA, puso el foco en un cuello de botella menos visible: el capital humano especializado. “La buena noticia es la calidad de los recursos. La mala es la cantidad: el país produce unos 7000 ingenieros por año, pero en petróleo el número es mucho menor”, señaló.
El dato introduce una variable crítica: sin masa profesional suficiente, el desarrollo pierde velocidad. En un contexto global que demanda energía y en el que los proyectos requieren escala, la disponibilidad de talento pasa a ser un factor tan relevante como la infraestructura.