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Cuando Juan Martín Uncal jugaba al metegol con sus amigos, nunca imaginó que terminaría renunciando a su trabajo como banquero para reinventar uno de los juegos más populares de la Argentina. Mucho menos que uno de sus primeros clientes sería Ángel Di María.
Pero esa noche del 2023 ocurrió algo inesperado. Mientras perdía por goleada, dejó de mirar el resultado y empezó a observar más de cerca el juego. La pelota se trababa, la cancha era pequeña y las constantes interrupciones obligaban a meter la mano o levantar la estructura para destrabar el juego.
Fue entonces que se preguntó: si todo había evolucionado en los últimos 50 años, ¿por qué el metegol seguía siendo el mismo?
En aquel momento, el rosarino de 36 años, Licenciado en Comercialización por la Universidad del Centro Educativo Latinoamericano (UCEL), trabajaba en un banco, donde se encargaba de analizar empresas, hacer balances y proyectar números.
Al día siguiente -motivado por la experiencia de la noche anterior- se sentó en su escritorio, abrió un PowerPoint y comenzó a dibujar. No era diseñador industrial ni tampoco ingeniero, pero estaba convencido de que el metegol tenía margen para mejorar.
“Mi fantasía siempre había sido trabajar en marketing, desarrollar productos, crear algo desde cero”, cuenta.
La historia detrás de CAPO
Después de los bocetos improvisados llegó el primer prototipo de cartón construido en el living de su departamento. Tenía un césped sintético pegado a mano y piezas de Jenga para prensar la estructura.

Este fue el origen de Capocannoniere, una empresa que ya invirtió más de u$s 18.000 en investigación y desarrollo, vende metogoles personalizados de hasta $ 3.000.000, prepara su desembarco internacional y proyecta alcanzar una facturación anual cercana a los u$s 200.000.
El nombre que se eligió no fue casual. En el fútbol italiano, “Capocannoniere” es el máximo goleador de una liga. Los fundadores tomaron ese concepto y lo combinaron con una palabra común en el lenguaje cotidiano argentino: “capo”.
Cuando la idea comenzó a tomar forma, la primera persona a la que Uncal llamó, fue un amigo que también trabajaba en el sistema financiero y que terminó convirtiéndose en su socio.
“Yo soy muy de tirar ideas al aire. Necesitaba alguien que me ayudara a bajarlas a tierra”, subraya.

Junto con Brian Gines Margenet, compraron placas de cartón y construyeron un primer prototipo que hoy describen entre risas como un “Frankenstein”.
Medía mucho más que un metegol convencional y no tenía ninguna lógica industrial. Pero funcionaba. Y sobre todo, demostraba que el concepto tenía potencial.

En ese primer modelo, los jugadores podían desplazarse no sólo hacia adelante y hacia atrás, sino también en diagonal, lo que resolvía algunos de los problemas más comunes del juego tradicional.
A partir de ese momento, el proyecto pasó a convertirse en una empresa.
En plena escalada inflacionaria de 2023, usaron sus tarjetas de crédito para comprar herramientas, materiales y equipamiento. “Sabíamos que la inflación iba licuando las cuotas”.
Todo el capital salió de sus bolsillos. Nunca buscaron inversores. En total, la inversión inicial rondó los u$s 18.000, cifra que luego continuó creciendo con nuevas mejoras productivas.

El primer acercamiento a Di María
Un día, mientras mostraba su departamento, un agente inmobiliario quedó fascinado al ver aquel extraño metegol apoyado en una de las habitaciones. Antes de irse, le comentó al rosarino que tenía vínculos con el entorno familiar de Ángel Di María. En ese momento no pasó mucho más.
Pero meses después apareció una nueva coincidencia. Un familiar de Uncal se cruzó con la familia de Di María en un colegio de Rosario. Para entonces, los emprendedores ya tenían el producto terminado.
Los socios decidieron fabricar un metegol único, pensado exclusivamente para el número 11. Incorporaron detalles que ningún otro modelo tenía. La estructura incluía grabados especiales con los nombres de todos los campeones del mundo de Qatar 2022.
Los jugadores habían sido modelados en 3D y pintados a mano para reproducir los rostros de la Selección argentina y del Rosario Central de aquella época. Las vallas publicitarias interiores recopilaban momentos destacados de la carrera del futbolista.
“Queríamos que cuando lo viera sintiera que era suyo”.

El día que tocaron el timbre de la casa de Di María
Y finalmente llegó el día.
“Cuando llegamos con el metegol, su esposa nos había dicho que una hora antes Ángel le había regalado su viejo metegol de chapa a otra persona. No sabía que se iba a encontrar con el nuestro”.
Al ver la nueva pieza que habían fabricado los rosarinos, el campeón del mundo pasó más de una hora jugando, haciendo preguntas y probando cada detalle. “Ahí entendimos que teníamos algo especial”.
Expansión internacional
Hoy Capocannoniere fabrica alrededor de 20 unidades mensuales y prepara una nueva etapa de inversión cercana a los $ 50 millones para ampliar su capacidad productiva y acelerar el desarrollo de nuevas líneas de productos.
El catálogo incluye modelos completamente personalizados, donde los clientes pueden elegir colores, escudos, configuraciones de juego y hasta enviar fotografías para transformar a familiares o amigos en jugadores 3D.

Los precios se ubican en un rango de entre $ 2,5 millones y $ 3 millones, dependiendo de la configuración.
La compañía también desarrolla un metegol metálico pensado para exteriores, clubes, plazas y espacios corporativos, además de una aplicación que permitirá organizar torneos, registrar estadísticas y conectar las partidas con pantallas inteligentes.
De Rosario a Estados Unidos
Los fundadores comenzaron a explorar mercados internacionales. Chile ya funciona como mercado de validación; Colombia avanza en etapas preliminares y Estados Unidos aparece como el gran objetivo de mediano plazo.
Mientras tanto, los números acompañan. La compañía proyecta cerrar 2026 con una facturación cercana a los u$s 200.000 anuales.
“Queremos que los chicos vuelvan a compartir tiempo juntos. Que haya más momentos alrededor de un juego y menos delante de una pantalla”, destaca.






