La consolidación de los recursos no convencionales transformó la matriz económica argentina, desplazando al sector energético de su rol histórico como consumidor de divisas hacia proveedor neto. Esta nueva dinámica, impulsada por la productividad de Vaca Muerta, permite proyectar un saldo exportador creciente, aunque condicionado por el ritmo de las obras de transporte.
Según el consultor Nicolás Gadano, el cambio de paradigma es “evidente y real”. En un país con escasez de dólares, la lógica es directa: cada barril adicional tiende a exportarse. “También somos exportadores netos de gas natural; algo se importará este invierno, pero para el próximo, con las obras terminadas, ya no se importará GNL”, afirmó.
El planteo marca un punto de inflexión: el sector energético pasa a ser un generador estructural de divisas, con impacto directo en la macroeconomía. La clave, otra vez, no está en el recurso sino en la capacidad de sostener el crecimiento con infraestructura adecuada.
En esa línea, Cecilia Garibotti, ex subsecretaria de Planeamiento Energético, recordó que este proceso no fue espontáneo: “vino de la mano de obras que permitieron evacuar la producción”, y planteó la necesidad de definir el rol del Estado en proyectos de largo plazo.
Ventana de oportunidad y competencia global
El tiempo aparece como una variable crítica. Gustavo Pérego, director de ABECEB, advirtió que la ventana de oportunidad para el gas podría acotarse por la competencia internacional.
Estados Unidos y Canadá avanzan con desarrollos masivos de GNL que podrían incrementar la oferta global y presionar precios, reduciendo el margen de Argentina para posicionarse.
Este escenario obliga a acelerar. La competitividad ya no depende solo de costos, sino también de timing y capacidad de ejecución en un mercado que se vuelve más exigente.
Costos, infraestructura y señales de precio
Raúl Bertero (CEARE) explicó que la escala del no convencional permitió reducir costos de producción, pero el sistema aún arrastra ineficiencias. “El costo del megavatio sube de 60 a 100 dólares en invierno porque no tenemos cómo abastecerlo internamente”, señaló.
El dato expone un problema estructural: la falta de gasoductos encarece la energía, incluso cuando el recurso está disponible. La infraestructura vuelve a aparecer como el factor determinante.
En paralelo, Juan José Aranguren destacó un cambio cultural. “Hoy hay una mayor conciencia de que la energía cuesta”, afirmó, marcando la diferencia entre precios, costos y regulación.
El planteo introduce una dimensión adicional: sin señales de precio claras, la inversión pierde previsibilidad. Y sin inversión, el salto exportador queda condicionado.