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De un taller en Avellaneda a los mercados globales

En un galpón alquilado del barrio Piñeyro, la zona industrial de Avellaneda, con 30 años Norberto Taranto instaló su primera fábrica de juntas para motores. Superando "todas las crisis, menos la del Rodrigazo que vivió mi padre" -bromea hoy-, el grupo fue creciendo hasta contar con ocho plantas productivas en San Juan, Córdoba y Buenos Aires, más un centro de distribución en la que fue su primer sede y dos distribuidoras propias en Brasil y México, con cerca de 800 empleados. La firma produce juntas, retenes, bulones, sistemas de transmisión y cajas para embragues, tanto para las terminales automotrices como para el mercado de reposición. Actualmente exporta el 50% de su producción, principalmente a Alemania, Estados Unidos, México y Brasil. En paralelo, es una de las mayores productoras de pasas de uva del país. "Habíamos comprado una finca en San Juan y había un régimen de promoción para la agroindustria. Cómo no iba a aprovecharlo!", contó a El Cronista. "Empezamos produciendo uva de mesa, y después dimos un paso más hacia la industrialización. Hoy vendemos el 25% a Arcor y el otro 75% a clientes del exterior". En busca de una profesionalización constante, Taranto diseñó un protocolo para su empresa familiar. Una de las pautas fue la obligación de tener un título universitario para sentarse en el directorio, y por eso, a los 53 años, se puso él mismo a estudiar Administración de Empresas. También estableció que a los 68 (el año que viene), debe dejar la presidencia de la compañía en manos de sus dos hijos. Pero para entonces ya tiene planes: disfrutar de sus seis nietos y aprender a hablar bien Inglés.