

Donald Trump colocó su imagen en los edificios federales, revistió la Oficina Oval con adornos dorados, fantaseó con que Estados Unidos podría controlar todo el hemisferio occidental y lanzó una nueva y desafiante guerra en Medio Oriente.
Pero este martes (3 de noviembre), el sueño del presidente de 80 años de inaugurar una “edad de oro” para Estados Unidos a través de una presidencia imperial se topa con un baño de realidad por parte de los votantes estadounidenses, quienes se han vuelto cada vez más escépticos de su presuntuoso mandato.
Aunque la mayor debilidad política de Trump ha sido su incapacidad para domar la inflación —tal como lo había prometido durante su campaña a la Casa Blanca en 2024—, su intento de estirar los límites del poder presidencial en todo, desde los aranceles y la acción militar hasta la construcción de un enorme salón de baile en los terrenos de la Casa Blanca, no ha generado eco en el público.
“El ejercicio real del poder presidencial agresivo... fue mucho más impopular de lo que él imaginaba”, señaló Julian Zelizer, historiador político de la Universidad de Princeton.
“Creo que él pensaba que el presidente puede hacer lo que quiera y que puede cruzar los límites. Y que había algo atractivo en eso... [pero] las cosas no han funcionado realmente así”.
El lunes, en la víspera de las elecciones de mitad de periodo (midterms), se esperaba que Trump diera un discurso para presumir los logros de la administración cerca del Monumento a Lincoln, en Washington D.C., junto a la “piscina reflectante”, la cual ha intentado remodelar en un proyecto plagado de problemas, como pintura descascarada y formación de algas.
El dorado de Washington encuentra rechazo
Sin embargo, el mayor problema de Trump a lo largo de la campaña electoral de mitad de periodo, incluidos sus mítines por todo el país, ha sido que muchos votantes consideran que sus comentarios sobre la asequibilidad de la vida se ven opacados por sus grandilocuentes adornos de la capital estadounidense, del poderío del país y de su propio legado.
“Mucha gente piensa que es un narcisista, porque quiere asegurarse de que todo gire únicamente en torno a él, con su nombre en todas partes”, comentó Aicha Tahirou, una trabajadora del sector hotelero de 31 años que participaba en el proselitismo a favor de los demócratas en un distrito disputado de la Cámara de Representantes en el Valle de Lehigh, en Pensilvania, el domingo.
“Mucha gente está asqueada, verdaderamente asqueada; quieren que se vaya”, afirmó.
Una encuesta de ABC News publicada el sábado reveló que el 56% de los estadounidenses se opone a la construcción del salón de baile de más de 8,300 metros cuadrados, el 52% está en contra de los planes de Trump para construir un arco triunfal cerca del Cementerio de Arlington, y el 68% no quiere ver su firma en los billetes y monedas de la moneda estadounidense.
En un mitin de campaña celebrado en Iowa el domingo, Trump defendió sus obras de renovación en Washington y se autodenominó un “tornado inverso”.
“Lo que mejor hago, creo, es construir cosas”, declaró.
Una encuesta realizada el mes pasado por el FT y Focaldata reveló que el 69% de los estadounidenses temía que hubiera corrupción (graft) durante el segundo mandato de Trump, mientras que otra encuesta del mismo centro publicada en julio indicó que el 58% de los votantes estadounidenses pensaba que la guerra en Irán no valía la pena.
Elaine Kamarck, directora del Centro para la Gestión Pública Eficaz de la Brookings Institution, señaló que el segundo mandato de Trump comenzó a perder el contacto con la opinión pública el verano pasado, cuando pasó de una política popular como el cierre de la frontera sur con México a tácticas de deportación agresivas dentro del país que se convirtieron en una muestra de fuerza ejecutiva.
“Cayó y jamás se ha recuperado”, apuntó.
No obstante, Kamarck no cree que unas derrotas contundentes este martes vayan a cambiar la postura de Trump.
“Lo que ha estado haciendo en su segundo mandato es básicamente arrojar espagueti contra la pared a ver qué se queda pegado. Toda la política de resentimiento y venganza, todo eso —aunque esté perdiendo la mayoría de los casos en los tribunales—, no va a ninguna parte y se está volviendo en su contra ante el público; a él no le importa, lo sigue haciendo”, sostuvo.
Por su parte, el portavoz de la Casa Blanca, Davis Ingle, afirmó que Trump es “el líder indiscutible, el mejor mensajero y el motivador inigualable del Partido Republicano, y está comprometido a mantener las mayorías republicanas en el Congreso”.
Tras enumerar una serie de medidas tomadas por Trump para abordar la “asequibilidad”, Ingle aseguró que “la elección nunca ha sido tan clara: duplicar la apuesta por la agenda ganadora y de sentido común del presidente Trump, o apostar por las políticas liberales extremas y la obstrucción de los demócratas”.
Si bien algunos republicanos en la campaña electoral intentaron tomar distancia de Trump en ciertos temas, incluidos los aranceles y la continuación de la guerra en Irán, es probable que la reacción interna en contra del presidente no sea masiva, ya que se espera que él domine la política estadounidense —en particular dentro de la derecha— durante al menos dos años más.
“Él será... el presidente en funciones durante las próximas primarias presidenciales republicanas de 2028. Y cualquiera que piense que no buscará desempeñar un papel de mando para elegir a su sucesor en el partido no ha estado prestando atención durante los últimos 10 años”, advirtió Mick Mulvaney, jefe de gabinete de Trump durante su primer mandato en la Casa Blanca.
Pero Steve Bannon, exestratega político de Trump, advirtió que se avecina un recuento de cuentas más amplio dentro del Partido Republicano después de las elecciones de mitad de periodo, el cual abordará temas como Israel, Irán y lo que describió como el “estado profundo”.
“Van a ver una pelea enorme sobre estos temas y sobre dónde se alinea cada quien”, dijo. “Por eso le sigo diciendo a la gente: ‘Oigan, esto no va a pasar en seis meses. Va a pasar el próximo miércoles’”.
Los republicanos mantienen la esperanza de evitar que los demócratas tomen el control de ambas cámaras del Congreso al retratar a sus rivales como socialistas y aprovechar las fracturas internas en la izquierda, como la que sacude la campaña de Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado por Michigan.
Asimismo, reconocen que Trump sufre el desgaste típico de las elecciones de mitad de periodo que ha afectado a presidentes anteriores, como Bill Clinton en 1994, George W. Bush en 2006 y Barack Obama en 2010.
Sin embargo, muchos están frustrados porque Trump no se ha ayudado a sí mismo ni a su partido y, en su búsqueda por la supremacía absoluta de la política estadounidense y del poderío militar, ha perdido la conexión con los ciudadanos que lo impulsaron al poder en 2016 y 2024.
“Subestimó el tipo de resistencia que este país es capaz de generar frente a algo que históricamente siempre lo enoja: un poder sumamente centralizado”, concluyó Zelizer.


