

Durante décadas, la infidelidad se explicó casi exclusivamente como una decisión personal o el resultado de problemas en la relación. Sin embargo, una serie de investigaciones científicas apunta a que la genética podría tener un papel considerable en la probabilidad de que una persona sea infiel.
Los estudios, realizados con miles de pares de gemelos en distintos países, ofrecen datos concretos que abren un debate incómodo pero inevitable.
Qué descubrieron los estudios sobre la infidelidad y los genes
Una de las primeras investigaciones en abordar el tema fue la de Cherkas y sus colegas en 2004, que analizó a más de 1,600 parejas de gemelas femeninas mediante una encuesta anónima sobre comportamiento sexual e infidelidad.

Los resultados mostraron que los gemelos idénticos, que comparten el 100% de su material genético, tenían tasas de coincidencia en el comportamiento infiel significativamente más altas que los gemelos fraternos, que comparten solo el 50%. Cuando ambos gemelos comparten o no el comportamiento, se habla de concordancia: en los idénticos fue del 46%, frente al 32% en los fraternos.
A partir de ese dato, los investigadores estimaron que el 41% de la variación en la infidelidad podría atribuirse a factores genéticos. El entorno compartido en el que crecieron los gemelos, en cambio, no mostró influencia significativa.
Un estudio posterior de Zietsch y colegas, realizado en 2015 con más de 7,000 gemelos finlandeses, elevó esa estimación al 63% en hombres y al 40% en mujeres, sugiriendo que la base genética podría ser más sólida en ellos que en ellas.
Cuáles son los genes relacionados con el engaño según la ciencia
Identificar genes específicos vinculados a la infidelidad ha resultado más difícil. Los análisis de Cherkas y Zietsch no lograron señalar genes concretos con certeza, aunque sí especularon con que los genes asociados a la búsqueda de sensaciones o la toma de riesgos podrían estar relacionados.

El estudio que más avanzó en esa dirección fue el de García y colegas en 2010, que encontró una asociación entre una variante del gen receptor de dopamina D4 y una mayor probabilidad de tener aventuras casuales o ser infiel en una relación comprometida, tanto en hombres como en mujeres.
Esta misma variante genética había sido vinculada previamente a respuestas de deseo más intensas ante estímulos como la comida o el alcohol, lo que sugiere un patrón más amplio de búsqueda de recompensas.
Sin embargo, los propios investigadores advirtieron que esta variante no es determinista: no todos quienes la poseen muestran ese comportamiento, y tenerla no equivale a estar “programado” para engañar.
La infidelidad tiene una base genética, ¡pero no es una excusa!
Todos los autores coinciden en un punto clave: que la infidelidad tenga una base genética no significa que el comportamiento esté predeterminado. Los genes influyen en la probabilidad, pero no eliminan la capacidad de decisión.
La hipótesis evolutiva que subyace a estos estudios sostiene que, a lo largo de la historia humana, buscar parejas alternativas pudo haber representado una ventaja reproductiva, especialmente para los hombres, al aumentar el número potencial de descendientes o diversificar la carga genética.
Aun así, los investigadores son claros al señalar que estos hallazgos no deben interpretarse como la existencia de un “gen del engaño”. La infidelidad es un comportamiento complejo en el que intervienen factores genéticos, ambientales y culturales de manera simultánea.
Lo que la ciencia sí confirma es que reducir la infidelidad a una simple falla moral o a una elección completamente libre ignora una parte importante de la ecuación.




