

Mientras el mundo se centra en las polémicas declaraciones de Donald Trump sobre la posible anexión de Groenlandia, pocos recuerdan que esta no sería la primera vez que Estados Unidos adquiere territorios de manera polémica.
Un episodio poco conocido de 1917 revela cómo Washington compró tres islas caribeñas durante la Primera Guerra Mundial, cambiando para siempre el destino de miles de personas que nunca fueron consultadas sobre su futuro.
La transacción, valorada en 25 millones de dólares en oro de la época -equivalente a más de medio billón de dólares actuales- marcó un precedente inquietante sobre cómo las grandes potencias pueden negociar territorios como si fueran meras mercancías. Hoy, más de un siglo después, los paralelismos con la situación actual resultan imposibles de ignorar.

El día que 50,000 daneses despertaron siendo estadounidenses
El 31 de marzo de 1917, los habitantes de Saint Thomas, Saint John y Saint Croix -conocidas entonces como las Indias Occidentales Danesas- se encontraron con una realidad inesperada. De la noche a la mañana, su nacionalidad había sido negociada por gobiernos que jamás preguntaron su opinión.
La historiadora Stephanie Chalana Brown, descendiente directa de aquellos que vivieron la transición, describe el trauma generacional que esto provocó. Sus ancestros habían llegado a las islas bajo el colonialismo danés, y ahora veían cómo su destino volvía a decidirse sin su participación.
Lo que no sabían es que las negociaciones habían comenzado medio siglo antes, pero solo la presión del conflicto a gran escala hizo posible el acuerdo. El presidente Woodrow Wilson necesitaba asegurar posiciones estratégicas en el Caribe antes de que Alemania pudiera establecer presencia militar en la región. Dinamarca, amenazada por el expansionismo, finalmente cedió.
La promesa militar que nunca llegó: 75 años de abandono estratégico
La justificación oficial para la compra de las islas fue su valor militar estratégico. Estados Unidos prometió desarrollar instalaciones navales que convertirían el archipiélago en un bastión defensivo del Caribe. La realidad resultó muy diferente.
La base aérea de la Armada de Estados Unidos cerró en 1948, apenas tres décadas después de la adquisición. Desde entonces, las islas languidecieron en un olvido casi total. Durante 75 años, los residentes apenas vieron presencia naval estadounidense, hasta que en diciembre pasado dos portaaviones —el USS Gerald R. Ford y el USS Iwo Jima— aparecieron repentinamente en sus aguas, como parte de los esfuerzos de Donald Trump para combatir el narcotráfico.
Groenlandia 2026: cuando la historia amenaza con repetirse
Las amenazas recientes de Donald Trump sobre adquirir Groenlandia de manera no formal revivieron los peores temores entre los descendientes de aquellos que vivieron la venta de 1917. Stephanie Chalana Brown observa paralelos perturbadores entre ambas situaciones.
La historia nunca se repite exactamente igual, pero los patrones son inconfundibles, advierte la historiadora. Nuevamente vemos a una superpotencia codiciando territorio habitado, nuevamente los residentes locales parecen ser los últimos en ser consultados sobre su futuro.
Después de que Donald Trump intensificó su retórica sobre Groenlandia, la OTAN se vio forzada a planear negociaciones para calmar las tensiones con Dinamarca. El paralelo con 1917 es inquietante: entonces, la presión de la guerra mundial facilitó la venta; ahora, las tensiones geopolíticas actuales podrían crear condiciones similares.
Los residentes de las Islas Vírgenes estadounidenses observan la situación con una mezcla de empatía y preocupación. Ellos conocen de primera mano lo que significa ser negociados como activos territoriales. Y en un mundo donde los líderes vuelven a hablar abiertamente de comprar territorios habitados, su experiencia sirve como una advertencia sobre cómo las grandes potencias pueden cambiar destinos sin considerar las voces de quienes realmente habitan esas tierras.




