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El desafío del salto a la gestión pública

Con el cambio de Gobierno, se multiplicaron los casos de ejecutivos que decidieron pasar de corporaciones al sector estatal. Los retos son múltiples y responden a diferentes responsabilidades.

El desafío del salto a la gestión pública

Incluso antes del triunfo de Cambiemos en 2015 en la Nación, provincia de Buenos Aires y CABA, varias de sus usinas de pensamiento ya habían comenzado. Ilusionados con esa triple victoria, la provisión de RR.HH. para abastecer a la tres gestiones resultaba crítica y desafiante. Grupos como el G25 y similares comenzaron a reclutar proactivamente perfiles profesionales, con experiencia laboral en el sector privado, para sumarse a los nuevos equipos. Consumada esa migración inicial, aún en proceso, cabe reflexionar sobre la tendencia.
Es evidente que existen notorias diferencias entre desempeñarse en el sector privado y el público. ¿Qué valor agregado puede aportar un ejecutivo? Un modelo de trabajo distinto: apoyado en la gestión por métricas, los indicadores de gestión (KPIS), la planificación, la necesidad de reportar, el recurrente análisis de desvíos.
¿Y con qué se va a enfrentar? De nuevo, con sustanciales diferencias. De movida, con la certeza de que su rol requiere de una titánica tolerancia a la frustración. Adosado, la comprensión de que en el sector público se deben atender múltiples intereses e interlocutores. Los tiempos también son otros; más extensos. La necesidad de seguir procedi- mientos demora las decisiones y su ejecución. Por último, aumenta la exposición personal: las acciones son públicas y hay que estar preparado con esta realidad.
Es decisivo y crítico, para aquellos ejecutivos interesados en la aventura de dar el paso, una genuina evaluación de los motivos que impulsan la decisión. Que son muchos y variados, y que responder a motivaciones disímiles: poder, interés por una carrera política, la necesidad de estar empleado y/o percibir una retribución económica, la vocación por servir y el deseo de impactar a mayor cantidad de personas.
Se distinguen razones coyunturales de otras más trascendentes. Nadie puede negarle a nadie seguir una vocación, si esta fuera política. El poder per se no tiene nada de malo. Económicamente, cualquiera que honestamente aspire al cambio debe saber que sus ingresos estarán por debajo de las opciones que las compañías privadas pueden ofrecerle. El sueldo de un Ministro de la Nación apenas emparda al de un gerente senior de una multinacional de primera línea. Esto refuerza la idea -personal- que la razón principal (no única) que debiera empujar a este cambio es la vocación por ser un servidor público. Un motivo trascendente, vinculado a buscar el beneficio y la satisfacción del tercero por sobre lo personal. Ayudar y devolver por encima del poder personal, status o dinero.
No es indiferente y menor al evaluar la decisión el momento (edad). Para los más jóvenes, puede ser la chance de apostar por la vocación o el sueño. Para los más longevos -con una posición económica quizá ya más consolidada-, la oportunidad de retribuir, de la mano de la experiencia, la sabiduría y una visión más amplia. El grupo más gris es el intermedio (entre 30 y 45 años), donde las necesidades (familiares, sobre todo) se tornan más pesadas y las ofertas del sector privado tientan más. Sumado al hecho que -en caso que el desafío fracase- la vuelta al sector privado puede resultar no tan sencilla. Buscar el consejo de alguien que ya haya pasado y vivido la experiencia es un must. Tirarse de cabeza por el llamado de un amigo o por la moda, un error de novato.

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