El mensaje que el presidente Barack Obama dio a Estados Unidos y al mundo anunciando la muerte de Osama bin Laden está cargado de significado. Marca el regreso al sentido de excepcionalidad norteamericana, envía un claro mensaje a la oposición republicana y vuelve a diferenciar aguas entre el mundo musulmán y los terroristas de Al Qaeda.

Hoy, bajo mi dirección, dijo al relatar la misión que puso fin a la vida del terrorista más buscado y temido. Está claro que el presidente es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y que una acción de este tipo es imposible que se haga sin su consentimiento. La frase es un tiro por elevación contra las republicanos que pese a los inmensos esfuerzos realizados durante la administración Bush, no lograron capturarlo.

Más adelante en su discurso, cuando afirma que el logro de hoy es testimonio de la grandeza de nuestro país y la determinación del pueblo estadounidense marca la vuelta a ese sentimiento de excepcionalidad que señala la declaración de la Independencia en 1776, y que implica que su destino manifiesto es promover sus valores en el mundo. Ese orgullo que había quedado herido de muerte tras los atentados del 11-S está de vuelta, como lo revela en el párrafo siguiente: EE.UU. puede hacer lo que se proponga.

Obama también se ocupó de no provocar la ira en el mundo mundo musulmán. Reiteró que Estados Unidos no está ni estará en guerra con el Islam y calificó al jefe de Al Qaeda como un asesino en masa de los musulmanes.

La mención a Dios como guía del destino al que está llamado EE.UU. aparece al final en dos párrafos: la primera vez cuando afirma que somos una nación, bajo un Dios, indivisible y al terminar el discurso con el tradicional cierre que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

El orgullo ha vuelto a habitar en los corazones del pueblo norteamericano. Sin embargo hay otra guerra que es gravitante en la vida de los estadounidenses. Y es la lucha contra la astronómico déficit fiscal y la débil recuperación económica que ha dejado fuera del mercado laboral a miles de ciudadanos.

Obama ya se ganó un lugar de preferencia en la historia de su país. Lo que está por verse es si logra que este entusiasmo lleve a los estadounidenses a recuperar la confianza en la economía y darle el empuje que tanto necesita.