Un vuelo de Ezeiza a Berlín en primera persona: la rareza de vivir sin barbijo en la "nueva normalidad"

El testimonio de un argentino recién arribado a la capital alemana, que retoma sus actividades. Cómo se combate el coronavirus tras lo peor de la pandemia en Europa y qué precauciones toman.

Son las 7 de la mañana del 22 de julio, en Ezeiza. Faltan casi 4 horas para que despegue el avión KLM hacia Amsterdam y luego Berlín, como destino final. El aeropuerto está vacío y sólo pueden ingresar al edificio los pasajeros. La agente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria es firme al indicar que tengo que despedirme de mi amigo en la calle.

Antes de despachar la valija, otra agente del aeropuerto exige documentación que demuestre que puedo viajar a Alemania. Ese es el máximo control de Ezeiza, y está vinculado a la migración. Nadie mide la temperatura de los pasajeros para saber si suben al avión con fiebre o aplica algún control de síntomas de coronavirus. Tampoco lo harán en Amsterdam, al ingresar a la Unión Europea, ni en Berlín, el destino final.

Pero antes de siquiera subir al vuelo, Ezeiza luce vacía y con todos los negocios cerrados. Una estampa que seguramente se mantenga hasta septiembre, si es que retoman los vuelos internacionales. No hay pantallas, ni anuncios por los parlantes. Sólo resta esperar, cada uno en su butaca y a distancia. Tres pasajeros chinos rompen con la monotonía gracias a sus trajes blancos, similar al que usan quienes se protegen de una radiación nuclear, aunque sin el casco, y con simples bolsas de plástico transparentes que cubren sus manos.    

Durante el vuelo, la azafata está sentada, sola, en el fondo del pasillo del avión, donde ojea una revista. "El silencio de los pasajeros" es el principal cambio que ella percibe de este viaje en tiempos de Covid. Es cierto. Tanto en la espera de Ezeiza como en el avión, no se escuchan voces. Casi no hay conversaciones durante las 13 horas de viaje y eso que el avión está casi repleto, por lo que es imposible cumplir con la distancia que pretenden las medidas contra el virus. Sólo se ven mini pantallas encendidas que apuntan a personas que ocultan mentón, boca y la nariz dentro de sus barbijos. Cada uno tenía que llevar el suyo, sino no podría subir al vuelo.

En Amsterdam, el aeropuerto Schiphol ya muestra más actividad. Los locales están abiertos, se puede comprar regalos, almorzar o tomar un café con leche mediano al precio de aeropuerto: 3,75 euros, por ejemplo (más de $ 300).

El avión finalmente aterriza en Tegel, Berlín. Al igual que en Amsterdam, no hay controles respecto a posibles síntomas del coronavirus que traigan los pasajeros. Tegel casi no tiene actividad ya, recibe pocos vuelos y hay planes para que cierre definitivamente el 20 de noviembre. En cambio, el foco está puesto en el aeropuerto de Schöenefeld. Allí, se ofrecen test gratuitos de coronavirus a quienes lleguen a Berlín.

En esta ciudad, un importante sector mantiene una vida social intensa, así como la rutina de sus trabajos o proyectos laborales, tal como ocurría en tiempos pre-Covid. Por un lado, en los parques la gente está echada sobre el pasto, en rondas, tomando cerveza, limonada, lo que haya, bajo el calor de verano. También los bares reúnen a la gente en estos días de verano, en los que el sol se apaga a las 22.

Foto: Cappeller

Por el otro, los negocios de ropa, comida y peluquería están abiertos y atienden como de costumbre. Y si bien los carteles recomiendan usar barbijos y mantener la distancia social, lo cierto es que hay quienes no llevan barbijo puesto ni siquiera en el subte. De hecho, es un contraste grande con Buenos Aires: en los espacios públicos, en la calle, casi no se ven barbijos. El sábado, 17.000 personas protestaron amontonados en Berlín contra el coronavirus y las medidas del gobierno, sin mantener distancia ni llevar tapabocas.

Más allá de que estas imágenes parecieran mostrar que el coronavirus hoy no es una alarma, los números no indican eso. El Instituto Robert Koch informó que el 30 de julio, Berlín tuvo 79 casos nuevos, lo que representa cuatro veces más que el 15 de julio o triplica el parte del 1° de julio. Ahora bien, la mortalidad es muy baja: 223 personas murieron por coronavirus en Berlín, al 30 de julio, cuando esa cifra llegaba a 214 a comienzos del mes.

Más allá de que públicamente se ven menos barbijos en las calles, en Berlín se nota también que hay sectores que apelan al autocontrol y al cuidado de sus entornos. Por ejemplo, se ve que algunos celebran sus cumpleaños al aire libre, para evitar los riesgos del coronavirus en un espacio cerrado. El cine está desarrollándose al aire libre, en parques, con filas desocupadas para mantener la distancia. También se ve a veces que los amigos no se saludan al encontrarse, o lo hacen chocando codos.

A su vez, a nivel institucional, por ejemplo, muchas universidades y escuelas evalúan que el semestre que comienza en septiembre también sea online. El temor a una segunda ola existe, a tal punto que el gobierno alemán desaconsejó esta semana viajar a Barcelona.

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