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El fin de las máscaras

Contra todas las predicciones, Donald Trump sigue avanzando como un tsunami en las primarias republicanas de los Estados Unidos. Su último triunfo en Indiana lo ha dejado a un paso de sumar la cantidad de delegados que necesita para conseguir la nominación de manera automática.
Y sin embargo, cuando se lanzó como candidato, Trump estaba lejos de ser el favorito. De hecho, el poderoso establishment estadounidense (incluyendo Partido Republicano) ni siquiera lo tomó en serio. Mucha gente muy bien informada y conectada lo descartó como un payaso mediático y predijo que su candidatura se iba a desinflar.
Lo que esa gente no tuvo en cuenta es hasta qué punto cambió el mundo en el que vivimos, y la importancia que en él han adquirido la transparencia, la velocidad de reacción y la participación en la gran conversación global.
Trump no es solo un hombre de negocios; es también una figura del nuevo mundo del entretenimiento, que entiende lo que su audiencia busca y cómo proporcionárselo, en tiempo real.
Pero una veta importante que ha encontrado Trump es la necesidad de transparencia que tiene el electorado.
Después de muchos años de políticos que no se desvían nunca de sus mensajes pre-aprobados y políticamente correctos, Trump sube a escena y empieza a decir cuanto se le pasa por la cabeza. Le recomienda a Obama mano dura con China, desafía a los musulmanes, humilla a las mujeres. Trump es una máquina de decir y decir cosas, aunque no de presentar propuestas, porque no las tiene.
Y cada vez que "The Donald" dice alguna barbaridad por televisión o en Twitter, los medios se apuran a predecir su inminente fin, pero luego no salen de su asombro cuando sigue subiendo en las encuestas.
Y es que Trump puede haber ofendido prácticamente a todo el mundo, pero se ha mostró auténtico. Esa postura, unida a su extraordinario manejo en tiempo real de los medios sociales (su cuenta de Twitter tiene 7,8 millones de seguidores y 31.800 tweets) lo convirtió en un tsunami imposible de parar.
Curiosamente, al abrirse y mostrarse como es no se ha vuelto más vulnerable, como sucedía en el pasado con los candidatos demasiado cándidos. Salió fortalecido. La transparencia lo blindó. Por algo algunos lo llaman "el hombre de Teflón": nada se le pega.
¿Puede Trump ganar las elecciones generales? Aún es muy pronto para saberlo, pero lo que sí está claro es que redefinió las reglas de la comunicación de una campaña presidencial.
Su experiencia trasciende la política. En el mundo interconectado de hoy, la necesidad de transparencia, participación y velocidad se aplica también a organizaciones e individuos. El fenómeno Trump nos dice que se acabaron las máscaras, que la gente rechaza la comunicación-maquillaje cuyo objetivo es tapar las imperfecciones y mostrar una imagen idealizada y pulida.
Hoy, la gente pide transparencia, aunque venga con un copete amarillo y una serie de improperios.