

“Tu ley es mi ley”. El título del libro de Alejandro Mellincovsky tiene, para los argentinos de 2026, una resonancia involuntariamente política: alcanza con dictarle “Milei” al teléfono para que el autocorrector haga de las suyas y lo convierta en “Mi ley”. Pero el juego termina ahí. El planteo del libro es bastante más antiguo que cualquier presidente argentino y parte de una pregunta que atraviesa sociedades y épocas: ¿cómo convivir con quienes no piensan como nosotros?

La pregunta tampoco resulta demasiado abstracta en estos días. En julio, por ejemplo, la Justicia brasileña dictó prisión preventiva contra un argentino acusado de realizar gestos racistas durante los festejos por el triunfo de la Selección ante Inglaterra en el Mundial. El hombre regresó a la Argentina y quedó como prófugo. Meses antes, otro argentino había sido detenido en Río de Janeiro por un insulto racista contra una mujer brasileña. Son episodios diferentes, pero ambos obligan a pensar dónde termina la identidad propia y dónde comienzan las normas de convivencia de la sociedad en la que uno se encuentra.
Ese tipo de dilemas está en el centro de Tu ley es mi ley, el nuevo libro de Mellincovsky. El autor propone una reflexión sobre minorías, ciudadanía, justicia y democracia, pero también sobre una cuestión más elemental: qué reglas hacen posible que personas con identidades, valores y creencias diferentes puedan compartir una misma sociedad.
El punto de partida del ensayo es un antiguo principio del derecho talmúdico: dina demaljuta dina, una expresión que puede traducirse como “la ley del reino es ley”. La idea plantea que quienes viven en un territorio deben respetar las leyes de la sociedad en la que se encuentran. Mellincovsky reconstruye la historia de este concepto y lo utiliza para abordar un problema que, lejos de haber quedado en el pasado, vuelve a aparecer en las discusiones contemporáneas sobre inmigración, minorías y ciudadanía.
La cuestión tiene una dimensión especialmente visible en un mundo atravesado por grandes movimientos migratorios y por sociedades cada vez más diversas. En Estados Unidos, por ejemplo, el endurecimiento de las políticas migratorias y las redadas del ICE convirtieron la relación entre inmigración, ciudadanía y ley en uno de los debates centrales de la política interna. En California, el temor a las detenciones llegó incluso a afectar la reconstrucción de zonas devastadas por incendios, debido a que trabajadores migrantes evitaron concurrir a las obras por miedo a ser detenidos.
El libro, sin embargo, no propone una lectura coyuntural de esos conflictos. Su recorrido es mucho más amplio. Mellincovsky analiza la relación entre la “ley propia” —aquello que una persona o una comunidad considera parte irrenunciable de su identidad— y la ley común que permite organizar la vida colectiva.
Ahí aparece uno de los interrogantes más interesantes de la obra: integrarse a una sociedad, ¿significa necesariamente renunciar a la identidad de origen? Y, en sentido contrario, ¿hasta dónde puede una comunidad preservar sus propias normas, costumbres o valores cuando esas reglas entran en contradicción con las leyes del lugar en el que vive?

La respuesta tampoco parece ser, para el autor, una simple defensa de la obediencia. La propia tradición que estudia contiene un límite: la ley puede perder legitimidad cuando deja de ser justa. De ese modo, el planteo se vuelve más complejo. No se trata solamente de preguntarse qué deben hacer las minorías frente a la mayoría, sino también qué obligaciones tiene la mayoría frente a quienes son diferentes.
Ese cruce lleva al libro hacia una discusión todavía más amplia: la relación entre ley y justicia. ¿Puede una norma ser legítima simplemente porque fue establecida por la autoridad? ¿Qué ocurre cuando una ley vulnera derechos? ¿Y cómo se sostiene una sociedad democrática si cada grupo considera que sus propias reglas están por encima de las del conjunto?
Mellincovsky lleva esas preguntas desde la historia y la tradición judía hacia algunos de los conflictos que atraviesan a las democracias contemporáneas.
La convivencia aparece así no como una consigna políticamente correcta, sino como un problema concreto: cómo establecer límites comunes sin convertir las diferencias en una amenaza y cómo proteger las diferencias sin permitir que cada grupo construya su propia idea de justicia por fuera de las reglas compartidas.
El título del libro funciona, en ese sentido, como una provocación. “Tu ley es mi ley” puede leerse como una fórmula de integración, pero también como una pregunta: ¿qué ocurre cuando la ley de uno y la ley del otro dejan de coincidir? La respuesta no parece encontrarse ni en la eliminación de las diferencias ni en la imposición de una identidad sobre otra.
La discusión tiene además una dimensión particularmente actual en América Latina. Los episodios protagonizados por argentinos en Brasil durante los últimos meses muestran cómo determinadas expresiones que algunos pueden considerar parte de una provocación futbolera pueden adquirir otra dimensión cuando chocan con las leyes y las normas de convivencia del país donde ocurren. La cuestión vuelve a aparecer en el fútbol internacional, donde la FIFA también sancionó a la AFA por episodios vinculados con conductas discriminatorias durante el Mundial 2026.
Son casos que permiten formular, fuera de las páginas del ensayo, una de las preguntas que atraviesan Tu ley es mi ley: ¿qué parte de aquello que una sociedad considera propio puede conservarse cuando entra en conflicto con un marco común de derechos y obligaciones?
El recorrido de Mellincovsky no se limita, de todos modos, a la inmigración. El autor extiende la discusión hacia las minorías, la pertenencia, la democracia y la desconfianza hacia las instituciones. Su preocupación de fondo es cómo sostener una comunidad política cuando las identidades se vuelven cada vez más fuertes y, al mismo tiempo, disminuye la confianza en las reglas que deberían ordenar la convivencia.
En ese punto, el libro dialoga con una discusión que excede a la Argentina. La polarización política, las guerras culturales, los debates sobre inmigración y las disputas en torno de los derechos de las minorías colocaron nuevamente en primer plano una pregunta que parecía elemental: qué significa vivir juntos.
Tu ley es mi ley no ofrece una fórmula sencilla para resolverla. Su propuesta pasa, más bien, por volver sobre una vieja idea —la existencia de una ley común— y someterla a una pregunta todavía más incómoda: qué condiciones debe cumplir esa ley para que quienes son diferentes puedan reconocerla como propia.
La respuesta, en última instancia, obliga a pensar en las dos partes de la fórmula del título. Porque si una sociedad necesita una ley compartida para convivir, también necesita que esa ley pueda ser reconocida como legítima por quienes deben obedecerla. Entre esos dos extremos —la identidad propia y las reglas comunes— se mueve el ensayo de Mellincovsky: una reflexión sobre las condiciones necesarias para seguir viviendo juntos sin que convivir implique dejar de ser quienes somos.


