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Aunque el agua es la bebida más sana y recomendada para hidratarse, muchas personas se acostumbraron a tomar gaseosas saborizadas y les resulta difícil incorporar líquidos saludables. En estos casos, la soda pasa a ser una buena alternativa.

En relación con esto, un estudio japonés sobre el agua con gas, publicado en BMJ Nutrition, Prevention & Health, abrió el debate sobre el impacto de las burbujas en ciertos procesos metabólicos. A partir de esa investigación, el especialista Matteo Bassetti ofreció un análisis que busca ordenar la evidencia disponible sin exageraciones ni promesas vacías.

Foto: Hudson y Pexels, edición con IA de El Cronista.
Foto: Hudson y Pexels, edición con IA de El Cronista.

Según el trabajo del investigador japonés Akira Takahashi compartido por El Mundo, el dióxido de carbono presente en el agua gasificada genera interacciones específicas con mecanismos relacionados con la glucosa.

El estudio observa procesos que recuerdan, en escala mínima, a los que ocurren durante sesiones de diálisis, donde el CO₂ aparece en los circuitos y participa en intercambios metabólicos relevantes.

Bassetti toma esa hipótesis y marca un punto clave desde el inicio: el agua con gas no actúa como una herramienta milagrosa. No existe un efecto drástico ni inmediato sobre el peso ni sobre enfermedades metabólicas. Aun así, el especialista describe varios motivos por los cuales esta bebida gana valor en contextos de alimentación equilibrada.

Los beneficios de tomar agua gasificada

Bassetti detalla una serie de beneficios posibles, todos con un respaldo fisiológico razonable:

  • Atenuación del aumento de peso: las burbujas generan una respuesta diferente en el estómago y, en algunas personas, producen una sensación de control alimentario más estable.
  • Interacción con la glucosa: el CO₂ genera estímulos que podrían influir en la absorción y el transporte de glucosa, aunque en niveles muy leves.
  • Mayor sensación de saciedad: la distensión gástrica que generan las burbujas ayuda a frenar el impulso por porciones más grandes.
  • Disminución del consumo de bebidas azucaradas: cuando el agua adquiere textura y sabor más interesantes, la necesidad de refrescos dulces baja en forma natural.
  • Hidratación adecuada: el atractivo de las burbujas impulsa una ingesta más constante a lo largo del día.
  • Estimulación digestiva: en algunas personas, el CO₂ estimula la motilidad intestinal y favorece el tránsito.
  • Opción económica y sustentable: con un carbonatador doméstico, la bebida surge directamente del agua corriente y reduce el consumo de plástico.
Foto: Hudson, editada con IA por el Cronista.
Foto: Hudson, editada con IA por el Cronista.

Aunque el balance general resulta favorable, Bassetti marcó algunas excepciones, según la publicación compartida por El Mundo. Las personas con reflujo, úlceras o síndrome de intestino irritable requieren cuidado adicional, ya que el gas intensifica síntomas gastrointestinales. En esos casos, la consulta médica es indispensable.

Las recomendaciones del experto

El especialista destacó que incluso las opciones de gaseosas “cero” mantienen efectos no deseados en la salud dental y metabólica. Por eso, Bassetti insiste en que la elección más básica, accesible y segura sigue siendo el agua en cualquiera de sus variantes.

La hidratación constante mantiene funciones vitales, mejora el bienestar general y fortalece hábitos saludables a largo plazo. Para quienes buscan mantener ese hábito sin interrupciones durante el día, muchos usuarios encuentran útil llevar bebidas frías en envases que mantengan la temperatura por más tiempo.

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