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Muchnik: "El Bicentenario nos encuentra más pobres y lejos del destino promisorio"

El periodista e historiador analiza el pasado reciente. Dice que en la década pasada el país "vivió una irrealidad", advierte que la intolerancia está en el ADN argentino y rescata a Frondizi como el mayor estadista del siglo pasado. Critica la falta de continuidad de las políticas económicas y pide volver a tender lazos con EE.UU., la UE y el Pacífico: "Ahí está nuestro futuro", afirma.

Muchnik:

Se recibió de historiador, pero dedicó la mayor parte de su vida a hacer esa historia urgente y cotidiana que es el periodismo. Nieto de un inmigrante judío que se instaló en Entre Ríos buscando paz y progreso para su familia, Daniel Muchnik pasó, en cinco décadas de trayectoria, por medios gráficos emblemáticos. Fue prosecretario de redacción de la revista Panorama, y editor del semanario El Economista y de los diarios La Opinión y Clarín.

Pero nunca dejó de lado sus dos grandes pasiones: investigar el pasado y escribir. Profesor universitario y autor de cerca de 20 libros sobre economía, política e historia (entre otros: Economía y vida cotidiana; Final de fiesta; Las AFJP en el ojo de la tormenta; Argentina a la deriva; La Patria Financiera; Breve Historia de la Economía Argentina; Inmigrantes, y Los Genocidios del siglo XX, su último título), a Muchnik le surge casi instintivamente analizar bajo una perspectiva histórica los hechos presentes. Por eso acepta gustoso el desafío propuesto por 3Días de reflexionar sobre el Bicentenario de la Independencia y su proyección sobre la actualidad y el futuro del país. Y, hombre de los medios y periodista al fin, lo hace visitando la redacción de El Cronista, diario en el que colabora habitualmente con sus columnas de análisis y opinión.



¿Cómo nos encuentra, desde el punto de vista económico, el Bicentenario de la Independencia?

- Como un país subdesarrollado, más pobre de lo que quisiéramos admitir, y lejos del destino promisorio que teníamos en el primer Centenario. En el período de la llamada generación del 80 y hasta 1910, la Argentina se perfilaba como la octava potencia del mundo y mirá ahora dónde estamos...

¿Qué errores se cometieron para que la Argentina haya perdido esa oportunidad?

- Tuvimos varias oportunidades de ser potencia y siempre hubo algo interno que nos tiró atrás. Un factor importante fue la interrupción de los gobiernos democráticos. Éste es un error que no hay que volver a cometer. Pero ojo que los militares nunca dieron el golpe solos. Siempre lo hicieron con el apoyo de civiles. Los partidos políticos fueron a golpear las puertas de los cuarteles para provocar la dictadura del 76. Y ya lo habían hecho en el 30 contra Yirigoyen y contra Illia en el 66. Y muchos medios apoyaron esos golpes.

En el primer Centenario, el momento que muchos mencionan como el de mayor crecimiento, éramos un país agroexportador y ése no era un modelo económico inclusivo…

- Es cierto, pero el mundo cambió, las circunstancias cambiaron. Lo que falló es que no hubo continuidad en las políticas económicas. Hace varios años escribí un libro llamado Tres países, tres destinos. Era una comparación entre la Argentina, Australia y Canadá, naciones similares, por población, extensión territorial y estructura económica. Pero dos de ellos (Canadá y Australia), estuvieron siempre en colaboración con el mundo, participaron en las guerras mundiales, y Argentina, con una falsa idea de neutralidad, se aisló. Algo que ni siquiera hizo nuestro vecino Brasil, que cedió bases militares a los norteamericanos.

¿Y eso le parece positivo?

- Sí, fijate que Australia se convirtió en la potencia que es cuando apoyó la reconquista del Pacífico, que estuvo en manos del general Mc Arthur…

Igualmente, tanto Australia como Canadá están en el Commonwealth y por eso tuvieron ventajas.

- La Argentina fue colonia informal de Gran Bretaña. Pero no lo queríamos blanquear. Inglaterra siempre fue un importante socio comercial.

Hablando del comercio, ¿cómo jugaron los intereses económicos en la declaración de la Independencia?

- Fueron definitorios. La batalla era entre los defensores del monopolio español contra los defensores del libre comercio inglés. No sólo en el Río de la Plata, sino en toda América del Sur. Simón Bolívar tenía en sus tropas a oficiales ingleses e irlandeses. Inglaterra ayudó a Bolivar, así como logias inglesas ayudaron a San Martín y le trazaron el plan del cruce de la cordillera.

La Argentina declaró formalmente su Independencia en 1816, pero siguió con lazos de dependencia con Europa en el comercio exterior y en la deuda.

- Si te referís a (Bernardino) Rivadavia con el empréstito con la Baring Brothers, sí. Teníamos una estrecha relación con Europa, pero no olvidemos que Buenos Aires era un puerto contrabandista. A veces vemos la parte almidonada de la historia, pero la realidad es que San Martín cruzó la cordillera en camilla con un problema ulceroso terrible. Fue un héroe militar, pero se fue del país porque no se bancó las reyertas internas. Fue distinto de Belgrano, que era un abogado que tuvo que sacar la espada y militarmente fracasó.

¿Cuál fue, desde la perspectiva de hoy, el mayor legado de aquel Congreso de 1816?

- Lo que voy a decir es polémico, pero la Patria no nació en 1816. La Argentina se organizó como país recién en 1870, cuando surgieron el Código Civil y Penal. Antes de eso, era todo anarquía. No había patria. Las provincias peleaban unas contra otras, cada una con su caudillo y su moneda… Siempre hubo luchas internas en nuestro país. Desde la guerra de la Independencia, que fue en realidad una guerra entre criollos representantes de sus intereses, contra criollos que representaban los intereses de los españoles, hasta la pelea entre unitarios y federales, que se continúa hasta hoy, pasando por la violencia política de los 70.

¿Qué estadista, a lo largo de estos 200 años de historia, rescata por su visión a largo plazo?

- Para no irnos tan atrás en el tiempo, prefiero rescatar a una figura del siglo XX, que para mí fue el mejor porque tenía una clara visión del progreso vinculado al desarrollo industrial: Arturo Frondizi. El único presidente que propuso un verdadero plan de desarrollo porque tenía muy en claro lo que quería: la industrialización del país.

Pero su error fue gobernar en un momento en el que el peronismo estaba proscripto.

-No, no fue ése su error, sino que los militares, que estaban recelosos de la relación de Frondizi con el mundo comunista y con Cuba, le hicieron 32 planteos militares. Los peronistas le hacían huelga, pero los que golpeaban y sacaban el sable eran los militares.

¿Hay actualmente algún dirigente de la talla de Frondizi y con un plan de desarrollo para este siglo?

- No veo ninguno. Ni en el Gobierno ni en la oposición. Es un país que no genera situaciones nuevas ni tiene osadía. Para gobernar hay que ser creativo. Hace tiempo comenzó la era tecnológica. Tendríamos que insertarnos en esta sociedad del conocimiento, con desarrollos tecnológicos, que los tenemos, pero hay que salir a venderlos. Los diplomáticos tienen que moverse. No pueden quedarse en los cócteles. Necesitamos una política exterior más comercial, como la que lleva adelante el palacio de Itamaraty, en Brasil. Podemos hacer más cosas que soja. Tenemos mucha creatividad y vida cultural. Como prueba de esto, Buenos Aires tiene una cantidad de teatros comparable, o incluso superior, a la de Nueva York o París.

Sí, pero ahora muchas de esas salas tienen que cerrar porque no pueden pagar la luz.

- Pero eso fue porque pagaron tarifas irrisoriamente bajas durante los últimos 13 años. Fue una década de irrealidad.

¿Qué papel jugó el peronismo en la historia económica del país?

- El primer gobierno de Perón fue el gobierno de mejor transferencia de ingresos a los trabajadores en toda la historia económica argentina. Pero después se pudrió todo. Vino una sequía fenomenal, entre el 51 y el 53, que nos hizo perder las cosechas, y luego el desastre de las intrigas políticas, su pelea con la Iglesia, y finalmente el golpe del 55, preludio de la violencia política de los ‘70.

¿Qué lecciones aprendimos de aquella etapa de golpes y violencia política?

- Creo que no aprendimos nada. Se sigue glorificando a los guerrilleros de los 70, que querían tomar el poder por las armas, irresponsablemente. Yo viví esa época desde las redacciones, en las que muchos de mis compañeros periodistas eran militantes de grupos guerrilleros.

¿Había grieta entre los periodistas que eran militantes y los que no lo eran?

- No, al contrario. Había mucho respeto. Trabajé al lado de Paco Urondo, un tipo simpático, agradable, nos llevábamos muy bien, porque él no hacía planteos políticos. Juan Gelman, en cambio, sí los hacía, pero respetuosamente. También Luis Guagnini y Enrique Raab, un periodista y escritor maravilloso, que estaba en prensa del ERP. En esa época mataron a gran parte de mi generación, muchos periodistas fueron torturados y desaparecidos.

Incluído el ex director de El Cronista, Rafael Perrotta…

- Sí, a Cacho Perrotta todos le decíamos que se tenía que ir porque estaba fichado, pero él quería quedarse. Era un tipo que a la mañana se veía con un general, a la tarde con un cardenal, y a la noche editaba un diario del ERP en sus talleres… Pagó muy caro su amplitud de criterio. Yo narré parte de esa historia violenta de la Argentina en un libro que se llamó Los años 70, y lo escribí con Daniel Pérez, un ex guerrillero con autocrítica, en el que cada uno aportó su visión.

Y su último libro habla de los genocidios en el siglo XX. ¿Por qué no incluyó el caso argentino?

- Lo que hubo acá fue un crimen de Estado, no un genocidio. Para hablar de genocidio me basé en la definición del polaco Raphael Lemkin, cuyos padres murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Un genocidio es la búsqueda del exterminio de un pueblo o nación, o un grupo racial étnico o religioso por el sólo hecho de ser tal. Y en el mundo hubo genocidios tremendos en el siglo pasado. No solo la matanza de judíos, también la matanza de armenios en manos de los turcos, los crímenes de Stalin, o el más reciente genocidio en Ruanda, a mediados de los 90. Fue un libro muy difícil de hacer, porque no había información compilada sobre todo esto. Creo que el conocimiento y la memoria sobre estos temas puede evitar que una vez más la intolerancia y el odio nos hagan volver a este horror.

Volviendo a la Argentina de hoy, ¿cómo estamos en el terreno de la tolerancia?

- La Argentina es un monumento a la intolerancia. Hay una grieta fenomenal. Sigue habiendo antisemitismo, antigringaje y rechazo al que es diferente. Por más que nos vendieron que Argentina es un país abierto a los inmigrantes, el ataque contra el extranjero está presente. Parece que los argentinos llevamos en nuestro ADN los genes del autoritarismo y la intolerancia.

Sólo hace falta leer el Martín Fierro para darse cuenta de cómo tratábamos a los gringos y a los judíos. Mi anterior libro, sobre la inmigración judía en la Argentina, cuenta un poco esto, que es mi historia también.

Mirando hacia adelante, ¿en qué rasgos positivos podríamos apoyarnos para desarrollarnos y ser un país con crecimiento y equidad?

- Hacia el futuro hay que darle importancia a la tecnología, a nuestros científicos, a nuestra cultura, hacer cambios en la educación, aprender a vivir en democracia y volver a ser jugadores importantes en el comercio internacional. El nuevo gobierno está intentando tender lazos beneficiosos con el mundo. La Alianza del Pacífico, por caso, me parece fundamental.