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Lavagna, el economista más político

El autor lo describe como "una rara avis que logró hacer confluir el bagaje técnico adecuado con una mirada social y política". Fue elegido como el mejor en su área en la encuesta del Bicentenario.

por  RICARDO DELGADO

Economista
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Lavagna, el economista más político

Ésta no pretende ser una reseña objetiva. Conozco a Roberto Lavagna desde hace más de 20 años. Con él compartí espacios, trabajos profesionales, visiones comunes en la política y la economía. Lo respeto como economista pero sobre todo como economista político, esa rara avis de una Argentina que pocas veces en su historia logró hacer confluir en una misma persona el bagaje técnico adecuado para resolver una crisis profunda con una mirada social y política amplia, democrática y equitativa.

Fue la crisis de la convertibilidad, ese instrumento al que tanto criticó, la que mostró a Lavagna en toda su expresión, la que lo llevó a jugar en ese tiempo su partido del campeonato. Y lo hizo ante un presidente desconcertado y gobernadores que, marcándole la cancha al nuevo gobierno, planteaban sus reclamos en un manifiesto de 14 puntos donde dejaban en claro que no eran ellos los causantes de la depresión económica.

Recién arribado de Bruselas, donde estuvo dos años como embajador, Lavagna les endulzó los oídos a los gobernadores con una frase que le abrió las puertas para conducir la economía argentina por tres años y medio: las provincias no son las culpables de la crisis, como siempre sostuvieron el FMI y Domingo Cavallo. Fue un persistente crítico de las postreras asistencias del Fondo a la Argentina, "que sólo sirven para financiar la fuga de capitales privados", me decía en 2000 y 2001. La convertibilidad estalló en diciembre de ese mismo año.

Heredó una situación fiscal razonablemente aliviada. El ajuste de los primeros meses de Duhalde fue incluso más agresivo del que intentaron Cavallo con la regla del déficit cero en 2001 o Ricardo López Murphy en su breve gestión. La devaluación le había devuelto competitividad a las exportaciones y los precios internacionales comenzaban a salir del pozo.

Sus críticos se apoyan en esos datos para relativizar el significado de su gestión. Olvidan que el "viento de cola" fue ayudado por una decisión política que Lavagna tomó, soportando todos los lobbies, el mismo fin de semana que asumió: los bancos, cerrados casi en forma permanente desde la voladura de la convertibilidad, se abrirían el lunes. Una apuesta a todo o nada, que fue exitosa y facilitó la rápida recuperación de la cadena de pagos y de la actividad. Un detalle poco recordado, pero muy relevante para lo que vino después.

La demanda de pesos aumentó, contra todos los pronósticos, y el dólar dejó de ser noticia. A los seis meses, la inflación -que había regresado con fuerza tras una década- se ubicaba por debajo del 1% mensual y la economía volvía a crecer en el último trimestre de 2002. El ciclo virtuoso empezó allí y no se detuvo sino a comienzos de 2008.

Por conveniencia, no por convicción, Néstor Kirchner mantuvo a Lavagna como figura central de su gobierno. El mayor éxito de la dupla fue quitar, con la mayor reestructuración de la historia, la espada de Damocles que siempre significó la carga de los servicios de deuda para las cuentas públicas. La quita fue del 70% y se combinó con una fuerte presencia de bonos en pesos. Pero el tiempo de Lavagna en el gobierno Kirchner concluyó cuando el gobierno derrotó a Duhalde en las legislativas de 2005. La concentración de poder presidencial constituyó, a partir de entonces, uno de los signos distintivos del ciclo K, y una figura como Lavagna resultaba una espina incómoda en esa estrategia.

Fino olfato político y consecuencia con su formación y sus ideas. Algunos de los atributos que hicieron a Roberto Lavagna uno de los hombres más significativos de la Argentina actual.