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Juan José Llach: “Hay que resolver la relación entre industria, campo y salarios con una productividad inclusiva”

La economía argentina es “un catálogo de oportunidades desaprovechadas”. Muchos gobiernos se escudaron en la búsqueda de un poder hegemónico, argumentando que era la única forma de dar respuesta a los problemas de gobernanza. El resultado fueron ciclos reiterados de ilusión y desencanto 

por  HERNÁN DE GOÑI

Subdirector periodístico
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Juan José Llach: “Hay que resolver la relación entre industria, campo y salarios con una productividad inclusiva”

A lo largo de su carrera, Juan José Llach consiguió ser reconocido como un economista casi ecuménico. Es probable que haya influido en ese carácter su formación como sociólogo en la Universidad Católica Argentina, previa a su licenciatura en Economía en la UBA. Fue viceministro durante la primera gestión de Domingo Cavallo, y ministro de Educación de Fernando de la Rúa.

Entre otros roles, fue asesor de la Conferencia Episcopal en el Diálogo Argentino durante el crítico 2002, y titular del Consejo Editorial de El Cronista entre 2003 y 2007. Hoy ejerce la docencia en el IAE de la Universidad Austral y mantiene una mirada aguda sobre el devenir de la Argentina. Su último libro, “El país de las desmesuras” (en coautoría con Martín Lagos) le permitió evaluar el desempeño del país durante los últimos 130 años y compararlo con naciones que afrontaron problemas similares, como Brasil, Uruguay, Chile y Nueva Zelanda. “A la gente le quedó en la cabeza el milagro brasileño, pero eso terminó a principios de los 80: en los últimos 25 años le ha ido igual de mal que a la Argentina”, reseña. Su explicación es que como país, vivimos nuestros tropiezos de forma más intensa o extensa. “Sufrimos sobredosis, la inflación más larga o más alta, la mayor frecuencia de default, el endeudamiento más exagerado”. Su respuesta, entre otras, es que para crecer la sociedad necesita desarrollar un sendero de productividad inclusiva, que armonice el desarrollo industrial y el desarrollo del agro para que los bienes producidos a nivel local sean competitivos y a la vez no afecten el poder de los salarios. 

¿En que momento comenzó el retroceso institucional?

—El 6 de septiembre de 1930, cuando se rompen las reglas de juego. Por más que no fueran perfectas, había reglas. Cada uno de los gobiernos que vino después casi se sintió legitimado por lo que había hecho el anterior. Y muchos creyeron que los problemas de gobernanza de la Argentina se iban a controlar con regímenes hegemónicos. Le pasó hasta a Alfonsín, que se enamoró de la idea del tercer movimiento histórico. El caso de Menem también fue claro en ese sentido. Ahora, mal que mal, hay que celebrar que tengamos 33 años de democracia, pero no alcanza solo con eso. Tenemos graves problemas de justicia, un reiterado incumplimiento de la dimensión republicana y de la parte federal ni hablemos, porque los regímenes hegemónicos muchas veces se construyeron cooptando a las provincias. La excusa es que eso siempre era necesario para gobernar.

¿Se puede decir que lo que consiguió esa vocación hegemónica es crear una descapitalización periódica de la Argentina?

—Si, totalmente. Hemos recaído en el populismo económico, que se ha practicado reiteradamente. Pero ojo, no solo por parte de gobiernos democráticos, los militares también. Lo de Martínez de Hoz yo lo llamaba populismo de clase media, porque en el fondo la tablita cambiaria y el enorme gasto público del Mundial de Fútbol tenia que ver con eso. Yo llamo populismo a maximizar el bienestar presente, cargando el costo en el futuro. Alguien lo va a pagar, pero no es la generación ni el gobierno que se encargan.

¿El problema de base es el desapego a la institucionalidad?

—No es solo eso. Hay un núcleo conflictivo que ningún gobierno ha logrado resolver en la Argentina que es la relación entre industria, campo y trabajadores. O sea, el costo de la canasta alimenticia. Cíclicamente, se optó por mercado interno con industrialización, con salarios altos y empleo más bien alto. Cuando se acababan las divisas, apelábamos al campo y a la devaluación, lo que achicaba un poco el empleo y los salarios. En eso estamos dese la Segunda Guerra Mundial hasta ahora. Creo que la oportunidad que se perdió desde 2003 en adelante ha sido terrible porque se dieron condiciones excepcionales. Fue el momento en el que la Argentina pudo haber tenido las herramientas como para construir otra modelo, y lamentablemente no lo hicimos. 

¿La Argentina está en condiciones de tener un ciclo de crecimiento sostenible?

—Como país hemos tenido ciclos de acumulación y ciclos de distribución. El gran desafío que tenemos por delante es lo que podríamos llamar productividad inclusiva. Cuando comparamos el costo de vida, lo primero que vemos es que acá las cosas son más caras. Pero cuando vemos los salarios, lo real es que también son más altos. A veces se ha tenido la fantasía de que se pueden abaratar los salarios devaluando, y eso es un error conceptual. Ahora, la Argentina necesita urgente aumentar la productividad en todos los órdenes, privado y publico. Y como no vamos a resolver este tema cortando empleo, el país está forzado a aumentar su productividad. Una productividad no basada en la exclusión sino compatible con la inclusión. Y eso requiere una tarea gigantesca, tanto del sector público como del privado.

La palabra productividad remite a la idea de trabajar más por menos plata. Para empezar tendríamos que darle otro carácter.

—Es que un componente esencial es la innovación y la inversión, que es lo que tienen que hacer los empresarios. Hay miles de formas de hacer esto, que no son simplemente reducir el salario por unidad de tiempo. Tenemos también índices de ausentismo exorbitantes o una nueva industria del juicio laboral con las ART, que son problemas antiempleo. Acá hay que instalar un gran diálogo social, una concertación profunda, no cortoplacista. Si se quiere crecer solo con una gran inyección de capital lo que vamos a lograr es sesalojar trabajo. Para eso hay que tener una estrategia junto con un dialogo social, y eso está faltando.

¿El plan estratégico se puede hacer en simultáneo con las correcciones de la macro?

—En muchos aspectos se puede hacer, como en cuestiones de infraestructura. En materia industrial yo creo que la Argentina si pretende que de manera sistemática haya muchos bienes industriales que cuesten dos o tres veces lo que cuestan en el exterior, es un camino equivocado, porque eso te devuelve al conflicto salario. Creo que para eso hay que tener un plan estratégico, hablarlo con los sectores, lograr un compromiso con los trabajadores, con los empresarios, etc. Lo mismo con el sector agropecuario, que no termina de reconocer que acá hay un problema. Ellos dicen que que Uruguay lo resolvió porque exportan carne sin generar distorsiones. Pero la Argentina no es Uruguay. Hay que hacer un trabajo más estratégicos, para que se abarate el alimento de manera estructural. Aquí hay poca competencia, los mercados son muy concentrados, poco competitivos y eso el gobierno lo tiene que impulsar. No basta con la Comisión de Defensa de la Competencia.

¿El populismo económico refinó su capacidad de sobrevivir?

—La gran fuente de creación de empleos hoy es el sector servicios. Pero no creo que pueda reemplazar a la industria. La Argentina tiene que tener manufactura con programas de convergencia a la frontera tecnológica y de precios, porque si no el costo para el conjunto es muy grande. Ahora, es muy positivo que en Sudamérica haya países que descubrieron que el populismo económico no es el camino. Chile fue el primero, pero también Perú, Uruguay, Colombia y Bolivia. La macroeconomía de Evo Morales, si la hubieran tenido los Kirchner, nos hubiera obligado en este momento a hablar de algo completamente diferente.

¿Qué errores no debemos cometer hacia adelante?

—Por ahora no veo desmesuras. Ha habido un poco mas de shock en la cuestión cambiaria, menos en la tarifaria pero claramente la política fiscal es muy gradualista y lo que tiene que ver con el comercio exterior también. El principal riesgo es enamorarse de la posibilidad de acceder al endeudamiento.También creo que hay que resolver el tema del financiamiento de la política, lo vemos en Brasil y también lo vemos en la Argentina, de la mano de los escándalos de corrupción.

¿Y cómo ve a los empresarios?

—Por debajo de mis expectativas. Creo que el acostumbramiento a un modelo de gestión como el anterior, donde hablar era casi un delito, jugó en contra, Si hubiera habido más unidad para plantear temas, se hubieran podido evitar errores que a la larga fueron malos para todo el país. El empresario tendría que tener un rol más activo no solo en lo que es inversión, sino en la construcción de una productividad inclusiva. Pero conozco las dificultades y la presión tributaria que afrontan. Sé que muchas veces es heroico ser empresario en la Argentina.