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Jorge Lanata: la argentinidad al palo del periodismo

Fue votado como el mejor periodista del Bicentenario. Para el director de El Cronista es el único en la historia argentina que ha sido exitoso con casi todas las plataformas de prensa y que ha evolucionado junto con los avances de la tecnología. Su marca ha sido la polémica, su lenguaje procaz y sus opiniones volcánicas.

Jorge Lanata: la argentinidad al palo del periodismo

Hay un solo periodista en la historia argentina que ha sido exitoso con casi todas las plataformas de prensa y que ha evolucionado junto con los avances de la tecnología. Jorge Lanata, nacido en 1960 y crecido en el barrio bonaerense de Sarandí, fundó el diario Página 12 en 1987 y lo llevó a vender 100 mil ejemplares hasta convertirlo en la bestia negra del gobierno de Carlos Menem.

Tal vez haya sido el último proyecto romántico pero rentable que tuvo el periodismo en las últimas décadas. Reunió a un grupo de profesionales jóvenes y talentosos, a los que sumó otros muy experimentados como Horacio Verbitsky, Martín Granovsky, Claudia Acuña, Susana Viau y el genial Osvaldo Soriano, entre otros nombres, para armar un matutino moderno, irreverente, progresista y muy bien escrito que conmovió el mercado periodístico obligando más tarde a que los líderes, Clarín y La Nación, debieran emprender cambios para aggiornarse y enfrentar la competencia.

Se sabe. Lanata nunca esquivó la polémica y los inicios de Página fueron financiados en parte con dinero del Movimiento Todos por la Patria, liderado por el guerrillero Enrique Gorriarán Merlo, grupo que encabezó el ataque sangriento y demencial al cuartel de La Tablada en 1989 y puso al diario al borde de su desaparición. Pero fueron sus tapas corrosivas, aquella edición impresa en papel amarillo (bautizada el Amarillo 12), con el que Lanata respondió a las acusaciones de amarillismo por parte de Menem, y muchas y muy serias investigaciones las que transformaron al pequeño diario de centroizquierda en un fenómeno ineludible de la democracia restaurada y en una variable criolla del nuevo periodismo de Tom Wolfe.

La construcción del fenómeno Página 12 hubiera sido suficiente para considerarlo entre los mejores periodistas de la historia argentina. Pero Lanata no se detuvo allí. Intentó con la radio y logró arrastrar a muchos de sus admiradores (y también a sus detractores) hasta la medianoche para escuchar Hora 25, programa con el que consiguió repercusión y buena audiencia en la FM Rock & Pop. Lo mismo le sucedió en televisión. Su primera incursión, Día D en el canal América de Eduardo Eurnekián, fue un suceso de ráting y de polémicas surgidas a partir de sus investigaciones y de sus monólogos editoriales, cada vez más filosos a medida que aprendía la técnica salvaje del formato televisivo.

En la década del '90, Lanata ya era una celebridad. Su verborragia era celebrada por sus fanáticos y era temida por sus muchos enemigos. En aquellos tiempos su adversario periodístico era el Grupo Clarín.
La televisión y la radio lo llevaron sin pausas a la popularidad. Lanata se convirtió con los años en un rockstar del periodismo. El Charly García de una profesión que, hasta entonces, se había nutrido de talentos surgidos de la militancia política o de la bohemia intelectual. Sus romances sonoros, su tránsito por las drogas y su afición a pelearse públicamente con dirigentes políticos o con otros colegas lo catapultaron a la cima en el mismo momento en que los medios de comunicación eran el campo de batalla de intereses empresariales ligados estrechamente a lo más alto del poder.

En proyectos editoriales como la revista Veintiuno o el diario Crítica alternó etapas de éxito asombroso con la dificultad de sostenerlos en el tiempo. Sus disputas con los sectores políticos y empresarios post 2001 le dificultaron el financiamiento. Y cuando parecía que su estrella podía estar empezando a apagarse, Lanata volvió a ocupar el trono del periodismo argentino con su regreso a la televisión (Periodismo para Todos) y a la radio (Lanata sin Filtro), en el canal y la emisora insignes del Grupo Clarín, la inesperada trinchera desde donde combatió al kirchnerismo de Néstor y Cristina hasta desnudar la matriz de intolerancia y corrupción que desmoronó un modelo político de 12 años.

Quizás el territorio inhóspito de internet sea el único en el que Lanata todavía no haya plasmado un éxito rotundo. Sus incursiones en Data 54 y, ahora, en el website regional Ducto no alcanzaron las dimensiones de sus otros trabajos. Pero el impacto de su trayectoria había alcanzado ya para que pudiera dirigir una película sobre la deuda externa que terminó premiada o que lo contrataran para producciones especiales cadenas globales como la señal Infinito.

Por eso, jamás me sorprendió que Lanata triunfara en la Encuesta del Bicentenario como el mejor periodista de la historia. Sin el apellido ilustre de Bartolomé Mitre (que salió segundo), sin el mito militante que acompañó la prosa vibrante de Rodolfo Walsh o la repercusión internacional del secuestro y la tortura con la que castigaron al excepcional editor Jacobo Timerman, el fundador de Página 12 cuenta a esta altura con varias ventajas sobre esos oponentes. La trayectoria y el suceso indiscutidos que le permitieron consagrarse y obtener una distancia apreciable, tanto entre los votantes experimentados que disfrutaron sus tapas audaces y sus textos calientes, como entre los más jóvenes que se enfervorizan o se enfurecen con su lenguaje procaz y sus opiniones volcánicas.

Tómalo o déjalo. Lanata es la argentinidad al palo de nuestro periodismo y eso le bastó hasta hoy para que lo hayamos elegido como el mejor en estos 200 años de una profesión hermosa e implacable.