Jueves  24 de Enero de 2008

Viaje al norte colonial

El verano puede ser un buen momento para disfrutar del paisaje cultural y el patrimonio histórico de nuestro país. Una propuesta para conocer la historia de los pueblos a través de sus edificios y construcciones.

Sol, playa, salidas nocturnas... El verano puede ser mucho más que eso. Las provincias argentinas tienen un vasto paisaje cultural conformado por edificios únicos, ruinas arqueológicas, iglesias coloniales y pueblos perdidos que evocan historias antiguas.

Desde el punto de vista arquitectónico, la Argentina posee una gran variedad de lugares para visitar y que permiten aprender su historia y conocer cómo fue su proceso de desarrollo.

Además, es una actividad que permite aprovechar la tendencia de utilizar el tiempo libre para actividades recreativas y culturales con la familia. En su libro Las ciudades latinoamericanas, el historiador José Luis Romero realiza un cruce entre arquitectura, historia cultural y económica, que puede ayudar a comprender las variaciones del paisaje cultural de las provincias, especialmente por su conceptualización de las ciudades criollas, en las cuales las instituciones sociales de la época marcaron su forma de desarrollo.

Rumbo al norte

Si algunos paisajes nos recuerdan películas, Salta es un caso emblemático luego de que la directora de cine Lucrecia Martel retratara, en su film “La Ciénaga”, las costumbres de las familias pudientes de su provincia. Ubicada en el norte argentino, Salta posee las características típicas de las ciudades coloniales que describe Romero, en las cuales prima el centro administrativo, la iglesia y las instituciones en las cuales se hacían negocios y tenía lugar la vida política. Allí se destacan la Iglesia de San Francisco y el Cabildo, construidos en el siglo XVI. El fundador de Salta, Francisco de Lerma, asignó sus lugares en un acta fechada el 16 de abril de 1582, casi noventa años después de que Colón llegara a América Central.

El edificio, tal como se ve actualmente, fue reconstruido en 1767 luego de un voraz incendio que destruyó su techo de madera y las paredes laterales que daban al viejo Convento de San Diego de Alcalá y a su patio de aljibes.

Pero incluso su reconstrucción no estuvo exenta de problemas, ya que fueron hallados valiosos documentos históricos que cuentan que en 1770 ya había advertencias de los problemas en la remodelación del edificio.

Como sucedió en otros lugares del mundo, esta iglesia también fue terminada en varias etapas, entre las cuales mediaron distancias de hasta cien años, debido en parte a los problemas económicos que sufrió Salta durante el período de la independencia, a partir de 1810.

Hoy, el corredor que incluye también al Convento San Bernardo y la casa de Uriburu, es uno de los lugares más visitados de la capital provincial, además de funcionar como punto de reunión para miles de personas que diariamente buscan esparcimiento en esa ciudad.

Una de las joyas escondidas de Salta es la localidad de Chicoana, ubicada en el partido de Rosario de Lerma, a sólo 47 kilómetros de la capital. Su acceso no es complicado, ya que la mayor parte del trayecto se hace por la ruta nacional 68, pero luego hay que hacer un tramo por la ruta provincial 33, que está en mantenimiento y es mano única, por lo que se recomienda cuidado. Es una de las localidades más destacadas del Valle Encantado y uno de los paisajes más conocidos de Salta por sus colores y las vistas que ofrece.

Chicoana debe su nombre a los indios de la zona, que fueron descubiertos por los colonos españoles en 1576, cuando Gonzalo de Abreu y Figueroa, gobernador de Tucumán, construía una fortaleza llamada Nueva Sevilla, muy cerca de la actual locación del pueblo, en la quebrada de Escoipe.

Chicoana tiene una tipología clásica de los pueblos del norte, con construcciones bajas, mayormente hechas con piedra, madera y tejas rojas, que no ofrecen mayores lujos al visitante, salvo cuando se ingresa en una de ellas: varias poseen las mismas comodidades de las grandes ciudades, incluso piletas de natación. Las calles de Chicoana son tranquilas. Los 1.500 habitantes trabajan fuera del pueblo durante el día, y los chicos son los dueños de la calle, donde también se pueden encontrar las típicas pulperías decoradas con anuncios publicitarios de hace varias décadas.

La plaza central, donde se encuentra la iglesia y la intendencia, posee un cerco perimetral de madera, levantado hace casi cien años y restaurado en 2004. Allí siguen en pie los juegos para niños construidos durante el primer gobierno de Perón, hechos íntegramente de hierro y madera. Frente a este lugar se encuentra la posada del pueblo, una casa colonial con varias habitaciones en alquiler y una pequeña pileta al fondo con vista a las montañas. Allí se ofrecen travesías en camionetas y 4x4 que duran todo el día, a un precio de US$ 100 por persona.

A unos 350 kilómetros está el emblemático poblado de Iruya, referencia obligada para los visitantes de Jujuy, ya que si bien se encuentra en Salta -está a sólo 29 kilómetros de San Salvador- es uno de los pueblos fronterizos en una zona donde las divisiones políticas no tienen demasiado sentido para sus pobladores.

La influencia jesuita

Aunque las Cataratas del Iguazú son la referencia obligada cuando se habla de Misiones, las ruinas jesuíticas de San Ignacio Miní son un punto turístico que congrega a miles de visitantes por año. La UNESCO, en su declaración de 1984, las incluyó como paisaje cultural de la humanidad, ya que resguardan la memoria del proceso de evangelización que llevaron a cabo las misiones jesuíticas en América Latina.

Las primeras edificaciones fueron levantadas en 1610 por José Cataldino y Simón Maceta, dos curas de la orden que recorrieron las márgenes del Paraná hasta Corrientes y que, en su camino, fundaron más de quince enclaves religiosos.

Las ruinas jesuíticas poseen varias características de la construcción española del siglo XVII, pero también tomaron elementos de los indígenas locales, como la forma de construir con una mezcla de adobe y piedra de mayor elasticidad, lo que permitió su duración hasta hoy.

Los poblados de San Ignacio Miní poseen una característica particular: la creación de espacios comunes llamados “reducciones” donde reunían a los indios guaraníes para civilizarlos bajo los preceptos cristianos.

En las reducciones se construyeron los primeros relojes de sol del país, que servían para marcar las horas eclesiales, rasgo esencial de la educación jesuítica, orientada a la producción agrícola. “El reloj y la vida acompasada de los monasterios son los antecedentes de la máquina moderna”, escribió Lewis Mumford, filósofo de la técnica, en su libro Técnica y civilización, de 1930.

San Ignacio Miní posee una iglesia imponente de 24 metros de ancho y 74 de largo, que asombra a los visitantes de todo el mundo. A diferencia de las construcciones europeas, la vida en las misiones era comunitaria, por lo cual el huerto, los talleres y las residencias estaban ubicadas en el mismo predio y sólo las casas de los párrocos poseían cerrojos, pero no eran muy utilizados porque los indios que circulaban gozaban de la confianza de los curas.

Esta localidad no es la única influencia de los jesuitas en la Argentina. A unos 130 kilómetros de Posadas, sobre la ruta provincial 2 están las ruinas de “Santa María, la mayor”, comunidad levantada en 1626 cerca del río Uruguay.

Además de sus construcciones, una de las características de ese enclave es la Imprenta Jesuítica, un pequeño edificio que funcionó durante veinticinco años y que fue fundamental en la producción de los primeros libros en la Argentina. Allí se editaron obras como Arte de la lengua guaraní y Vocabulario de la lengua guaraní, del cura Antonio Ruiz de Montoya, y Explicación del catecismo, del cacique Nicolás Yapuguay, que constituyen un corpus literario único por su valor lingüístico y la novedad del tema. La obra de Yapuguay, por su parte, tiene un valor incalculable para investigadores y académicos: es una muestra directa de la palabra de los indios, luego del proceso de evangelización.

Una avanzada portuguesa, durante los primeros años de la independencia argentina, en 1817, destruyó la mayor parte de los edificios, que ahora forman parte del patrimonio de la humanidad por sus antecedentes históricos y culturales.

Darío Laufer

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