Peligro de big bang en los Balcanes

Serbia se sacude en convulsiones y no podía ser de otra manera. Lleva siglos auto-convenciéndose de que Kosovo es el origen de su historia y, por lo tanto, perder el origen y la historia se parece a perder la identidad nacional; casi como dejar de ser.

Historiadores y poetas del romanticismo apuntan a la “Batalla del Campo de los Mirlos como el origen de la nación. En aquel combate de 1389, los jenízaros del sultán Murad vencieron en Kosovo a los ejércitos del príncipe serbio Lazar Hrebeljanovic, abriendo la puerta a la conquista turca de toda Serbia, en 1459. En aquella derrota los principados se descubrieron como un mismo pueblo y se aferraron al cristianismo ortodoxo sin adoptar, como lo hicieron los ilirios albaneses, la religión del invasor. Por eso en Pristina y otras ciudades de Kosovo hay tantos monasterios medievales; la prueba de la pertenencia a Serbia, según Belgrado.

El mariscal Tito dio autonomía a los kosovares, Iván Stambolic la mantuvo y Slobodán Milosevic la abolió, iniciando una década de opresión y limpieza étnica que terminó con la intervención de la OTAN y la caída del régimen pan-eslavista. El medioevo justifica la visión serbia y la historia reciente el independentismo kosovar. Pero la ira que estalló en Belgrado no se debe sólo a interpretaciones del pasado, sino al temor sobre el futuro. Al fin de cuentas, la independencia de Kosovo conduciría a la disgregación de Serbia si por el mismo camino siguen los albaneses del Valle de Presevo y los musulmanes bosnios que son mayoría en Sandzak. El éxito independentista de Kosovo podría también tentar el secesionismo de los húngaros, rumanos y búlgaros que habitan Vojvodina, la otra provincia serbia a la que Tito dio una autonomía que Milosevic anuló.

Y ante este riesgo de disgregación, Serbia podría responder alentando separatismo en los serbios de Mitrovica (norte de Kosovo), así como en la Krajina croata y Pale, en Bosnia. Así sería el big bang balcánico del caos que estalló en Belgrado.