Jueves  10 de Enero de 2008

Mision: rescate de los bares de Buenos Aires

Los bares de Buenos Aires reflejan nuestra idiosincrasia, cultura y hábitos. El patrimonio de edificios que hoy sería imposible reproducir, asícomo el valor cultural intangible que muchos de ellos representan, son tesoros que los porteños están aprendiendo a apreciar. En los últimos años, una sana costumbre ha tomado impulso y muchos hitos de la ciudad han sido restaurados y reabrieron sus puertas

El abordaje de la escala barrial nos acerca al patrimonio de lo cotidiano que, aunque a veces pueda parecer modesto, es un referente único e invalorable que hace a la esencia de las comunidades. Esta concepción no fue siempre defendida, o aceptada, razón por la cual muchos valiosos edificios llegaron a demolerse, abandonarse o destruirse. Por fortuna, algunos de ellos pudieron ser restaurados y acondicionados para su funcionamiento.

En este sentido, ha sido determinante el apoyo que, desde la creación de normativa relacionada, ejerce el Estado. En 1998, el Gobierno de la Ciudad creó el Programa de Bares Notables, un sistema que pretendía articular la participación del Gobierno y de los titulares de estos bares históricos, promoviendo las acciones de difusión, restauración edilicia y mobiliaria, mediante subsidios y asesoramiento técnico especializado.

Actualmente, el programa distingue cerca de 60 bares y confiterías de la ciudad. Entre ellos, se encuentran desde el tradicional Tortoni en la Avenida de Mayo, o la lujosa confitería La Ideal, hasta el más barrial Café Don Juan de Villa Devoto, el almacén Miramar, Los 36 Billares, la Esquina Homero Manzi o la noble confitería de Las Violetas, por mencionar sólo algunos.

A continuación, la crónica de estos rescates históricos, en boca de sus protagonistas.

El Querandí

El cambio de mentalidad que, lentamente, se ha ido forjando respecto de los temas de patrimonio ha llevado a la recuperación de muchos de estos bares, pero esto no fue siempre tan sencillo.

El arquitecto José María Peña, apasionado por este tema, abogó por la protección de toda la zona de San Telmo y, en particular, asesoró en la restauración de El Querandí, en sus funciones como presidente de la Comisión Permanente para la Preservación de Zonas Históricas, creada en abril de 1979.

Este célebre café de la esquina de Perú y Moreno, inaugurado en 1920 en una vieja casona cuyo origen se remonta a 1867, se encontraba cerrado, había sufrido un incendio, un remate de parte de su mobiliario y el estado general era alarmante en el año 1992, cuando se inició su restauro.

Bajo la dirección de los arquitectos Norberto Zarattini, Alfredo Lattes y el asesoramiento del arquitecto José María Peña, se recuperó la fisonomía de antaño en los 400 m2 que lo conforman.

Luego de una primera etapa de investigación, se inició la intervención que tenía como premisa respetar el carácter del lugar, en congruencia con lo dictaminado por la normativa de protección histórica del área.

Los trabajos de restauración preservaron la oscura boisserie, el piso ajedrezado, las columnas salomónicas, la extensa barra y el clásico mobiliario Thonet, originales del mítico bar.

Un ítem bastante conflictivo fue seleccionar los artefactos de iluminación, que serían nuevos, de manera de no modificar ese “carácter” del lugar.

Recuerda el arquitecto Peña: “Había que mantener todo aquello que reforzara ese carácter. Inclusive si hubiera alguna cosa posterior, podía permanecer mientras no lo alterara. Cuando llegó el momento de la iluminación, había varias propuestas y para nosotros tenía que ser algo muy inocuo, porque en esa época todo era muy armónico, no tenía que distinguirse algo más que las otras cosas. Además, la iluminación de esos lugares estaba pensada muy tenue. De allí, la elección que hicimos”.

La boisserie original representó una ventaja al momento de adecuar el lugar a las exigencias tecnológicas actuales, ya que permitió pasar allí las distintas instalaciones.

Según Peña, no hubo grandes dificultades y fue muy importante para todo el proceso el diálogo y respeto entre los dueños, los arquitectos y la Comisión. “Como funcionarios en ese entonces, fuimos escuchados por los dueños y tuvimos un intercambio respetuoso y dinámico con los arquitectos”.

Concluye con tranquilidad Peña: “Creo que fue una correcta intervención, muy respetuosa del lugar. Y me parece válido tomarlo como experiencia positiva. Hay que aprovechar los buenos ejemplos, sobre todo sabiendo que la perfección no es cosa de este mundo”.

El arduo trabajo tuvo su recompensa: fue - luego - distinguido como Testimonio Vivo de la Memoria Ciudadana por parte del Museo de la Ciudad de Buenos Aires y declarado Bar Notable por la Subsecretaría de Cultura.

Las Violetas

Otro caso emblemático de recuperación fue el de la elegante confitería Las Violetas en el barrio de Almagro. La confitería, inaugurada en 1884, se emplaza en el edificio actual desde 1920, y es consecuencia de una época de progreso económico y de gran crecimiento de la ciudad. El estilo elegante de la esquina de Rivadavia y Medrano se define por sus vitrales, su oscura boisserie y sus imponentes columnas decoradas.

El edificio fue declarado Lugar histórico de la Ciudad en 1998 por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Durante varios años, antes de la actual restauración, el lugar permaneció cerrado y semiabandonado.

La ardua tarea la asumió, en el año 2000, el estudio A&D arquitectura, integrado por las arquitectas Mónica Álvarez y Graciela Saldías, quienes recuerdan: “Lo tomamos como una gran desafío, pero por sobre todas las cosas, fue un orgullo intentar devolver a la ciudad esta prestigiosa confitería, que forma parte de nuestra identidad y de nuestra historia”.

Las arquitectas recuerdan la expectativa que generó la reapertura del bar. “El día de la inauguración, había cola para entrar. Todo el barrio estaba presente.”

La tarea de restauración no fue sencilla, el estado de abandono y deterioro del edificio y se centró en recuperar y respetar el carácter original, intentando recobrar los elementos más determinantes del estilo del local.

La primera etapa de investigación y documentación se extendió por seis meses, aproximadamente el mismo tiempo que duró la realización de la obra. El trabajo se organizó, primero, retirando agregados e intervenciones de poca calidad y, en algunos casos, nocivos para el edificio. Luego, se procedió a recuperar lo existente y acondicionarlo para las necesidades actuales del bar.

La fachada fue conservada en su totalidad, con el mantenimiento de sus mármoles originales, respetando la protección histórica de las mismas.

El revestimiento de madera (boisserie) debió ser restaurado y lustrado en su totalidad. En los lugares donde faltaban paneles de marquetería, o estaban dañados se realizaron nuevos, imitando los originales.

Se recuperaron la totalidad de las arañas originales, a las que se hizo un proceso de pulido, laqueado y reposición de piezas faltantes o dañadas. El mismo proceso se siguió con los apliques de pared y con los anillos de bronce que rodean cada una de las columnas.

El cielorraso estucado se conservó, reparando los sectores que se encontraban dañados. El piso fue imposible de recuperar debido a su gran deterioro, pero se mandó a fabricar respetando tamaño, forma y colores originales, y luego, su antigua forma de colocación.

Otro desafío fue adaptar el lugar, sin comprometer el carácter de la confitería, a las nuevas exigencias funcionales. Para ello, se diseñó un sistema de aire acondicionado incorporado en la boisserie. Se aprovechó el subsuelo existente para la instalación de la maquinaria de elaboración de pastelería y la cocina, planteada como isla en el salón, se realizó a nuevo. Asimismo, se agregaron sanitarios para discapacitados.

Un trabajo muy especial y cuidadoso fue dedicada a los vitraux, de procedencia francesa, en forma de grandes murales y de cúpulas sobre las entradas al local. Están realizados en la técnica tradicional, de vidrios cortados unidos por perfiles de plomo de diversos tamaños soldados entre si y masillados, con barras de refuerzo donde se requiere. El conjunto tiene alrededor de 80 m2 de superficie.

Los tres vitrales chicos que dan a la cocina y el del baño, más recientes, datan aproximadamente de 1950 y fueron realizados en Buenos Aires por E. Fino. No fue posible determinar el autor de los vitrales principales, que son originales.

Esquina Homero Manzi

En gran medida, el rescate de un género musical como el tango ha traído de la mano una nueva mirada sobre aquellos recintos a los que se lo asociaba, los bares. El renacimiento de un género algo olvidado por algunos años llevó al resurgimiento de algunos de sus templos. Es el caso de Los Angelitos que, aunque poco quedara del bar original, fue recientemente reabierto como una muestra más de reconocimiento del tango como nuestro patrimonio.

Una suerte parecida corrió el bar situado en la mítica esquina de San Juan y Boedo, donde en 1927 se inauguró el Canadian Bar, que luego se llamaría El Nipón. Por sus mesas transitaron los más reconocidos artistas del tango, especialmente el recordado Homero Manzi, en honor a quien se bautizó el lugar tras la reapertura.

Luego de muchos años cerrado, el arquitecto Carlos Liuzzi fue convocado por sus nuevos dueños para refaccionar y reacondicionar el lugar y adaptarlo para ofrecer espectáculos. Para ello, al bar original se le adicionaron dos locales comerciales contiguos (originalmente, parte del mismo terreno), para incorporar el escenario.

Al iniciar los trabajos, el arquitecto Liuzzi cuenta con asombro, encontraron en las persianas del bar gran número de cartas con poemas, deseos y pedidos para reabrir el bar, dejados por vecinos y asiduos visitantes del antiguo bar.

“En un principio, hubo una reacción bastante fuerte, porque los vecinos creyeron que íbamos a demoler, debido a que en un principio, había máquinas trabajando, y claramente salieron en defensa del bar. Por el contrario, nosotros estábamos apuntalando todo interiormente, para conservar la fachada intacta”, recuerda

El trabajo no fue nada fácil y se intentó recuperar lo más posible la estructura original. La boisserie, tan característica de los bares de esta época, se recuperó en gran medida, pero hubo sectores donde se debió reemplazar o completar.

“El bar estaba cerrado desde hacía tiempo, pero en realidad estaba bastante cuidado. Se ve que en el barrio se le tenía una estima especial, porque no había sufrido ningún tipo de ataque. Pero por dentro, estaba desmoronándose”, agrega Liuzzi.

Tal es así, que cuando se iniciaron los trabajos fue necesario reemplazar la cubierta existente, que corría peligro de derrumbe, y realizar una nueva. Se aprovechó este hecho para liberar dos columnas que obstruían la visión al escenario. Además, se incorporó en esta nueva cubierta toda la tecnología necesaria (aire acondicionado e iluminación para el escenario).

Las fachadas se conservaron íntegramente, incluso sus carpinterías tipo guillotina, típicas de estos bares, se encontraban en buen estado, con lo cual, fue simple su recuperación. Los pisos no son originales, pero se eligieron en función de lo que se utilizaba en la época, un piso en damero blanco y negro.

En suma, la boisserie, las carpinterías, el piso en damero, y una barra (aunque no completamente original) reviven el carácter del bar original.

Para el proyecto fue convocado el prestigioso dibujante y caricaturista Hermenegildo Sabat que, hasta ese momento, no residía en Buenos Aires. “Le pedimos que hiciera a Homero Manzi, con los personajes representativos de la época, como Discepolo, Gardel, Azucena Maizan, Libertad Lamarque, entre otros”, explica Liuzzi. Sabat accedió y en una reunión con el hijo de Manzi, Acho, quien aportó fotografías y otros recuerdos de su padre, se fueron haciendo los distintos cuadros, que hoy decoran las paredes del legendario bar.

Luego, el arquitecto redobló la apuesta y los ubicó iconográficamente en las fachadas del bar, otorgándole el protagonismo que merecían, acentuando la presencia tanguera en la mítica esquina de San Juan y Boedo.

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