Los tiempos de la diplomacia y las urgencias políticas

Hasta ahora nada parece indicar que la Santa Sede tenga en cuenta el estado civil del ex ministro Alberto Iribarne en cuanto a su designación como embajador de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante el Vaticano.

A quien dude de esta aseveración bastará, seguramente, recordarle que tampoco se ha recibido en la Cancillería argentina el placet para que Héctor Timerman sea el representante en Washington, y que sólo en las últimas horas Alemania dio su visto bueno para que Guillermo Nielsen se instale como titular de la embajada en Berlín.

Muy a menudo los tiempos de la diplomacia no acompañan las urgencias políticas; pero así son, y no hay más remedio que respetarlos.

Aún no ha transcurrido demasiado tiempo desde la propuesta a la Santa Sede -el actual gobierno argentino inició su gestión hace apenas algo más de un mes y medio-. Dicho de otra manera: no hay todavía una demora importante en la aprobación de Iribarne. Sin embargo, ya han podido percibirse claras señales de ansiedad en ciertos sectores del oficialismo local, que algunos medios reflejaron con nitidez. Naturalmente, ninguno de los gobiernos que deben pronunciarse sobre las designaciones de embajadores argentinos tiene la culpa de ese estado de ánimo.

Más aún: cada uno de ellos tiene sus propias formalidades, y con todo derecho reclama que en su jurisdicción sean observadas por todos.

De cualquier manera, la circunstancia volvió a ser propicia para que se vinculara la condición conyugal del ex funcionario nominado con el supuesto ‘ultraconservadorismo’ del Papa Benedicto XVI, con su aprobación de ritos litúrgicos vigentes antes del Concilio Vaticano II y con su defensa del patrimonio doctrinal que la Iglesia atesoró a lo largo de todos sus siglos de existencia.

Está muy claro que al gobierno argentino, que heredó una situación de inocultable aislamiento internacional, le serviría muchísimo cualquier signo de auténtico acercamiento con el Vaticano, después de tantos intentos anteriores -fallidos- de hacer pasar por tales a simples gestos para cumplir con el protocolo.

Si finalmente hubiese alguna tardanza real en el placet para Iribarne, sería sensato no centrar sus motivos en el divorcio del ex ministro, sino en cuestiones mucho más generales, que tanto Buenos Aires como el Vaticano sobradamente conocen.

(*) Periodista

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