Miércoles  12 de Noviembre de 2003

La nueva etapa del modelo competitivo-productivo

La inversión es el componente estratégico para esta segunda fase. Para incentivarla, se deben emprender varios items de la agenda, siempre con un tipo de cambio competitivo

Como expresamos en una nota anterior, se consuma, con éxito, la primera etapa, de asentamiento, del nuevo modelo competitivo-productivo. Ahora, hay que pensar en la proyección en el tiempo de ese modelo. Y, sin establecer dicotomías absolutas con el empleo de la capacidad instalada, lo cierto es que la inversión es lo estratégico a esa proyección hacia el futuro. Su buena respuesta, podría asegurar que, más allá del bienio 2003/4, conservemos, en líneas generales, las altas tasas expansivas de hoy. Naturalmente, ese esfuerzo inversor ha de acordar con la impronta competitiva. Al respecto, las señales y reglas deben ser claras, intensas, muy explicitadas y permanentes.

Velozmente hay que articular la agenda que interprete, con buena dosis de sintonía fina, la nueva etapa, de profundización, ligada al despliegue inversor con un alto sentido de competitividad. Un ítem clave de aquélla es el encauzamiento de la negociación externa con los acreedores, sobre lo que no podemos extendernos aquí, y que sería útil finalizar lo más rápido que sea posible.

Pero hay otros tópicos cruciales: consolidar la no dominancia fiscal (la no presión del Estado por financiación del Banco Central); manejar con prudencia, y respetando este criterio, cierta reducción de los impuestos más rústicos y medidas tributarias en favor de la inversión (sabiendo que ellas contribuyen a la inversión pero no la determinan); encarar una política de ingresos en la que la legítima recuperación de los salarios sea cons-ciente de la evolución de la productividad y de la prioridad del empleo; avanzar en la inversión pública posible y redondear en 2004 las reglas definitivas que facilitarán el horizonte inversor en los servicios públicos; despertar el crédito en serio, dando pasos, asimismo, en la resolución de los entuertos de arrastre (en lo que ayudaría un fallo repesificador de la Corte).

El eje inexcusable de este espectro es la señal de un tipo de cambio real decididamente competitivo que, en tendencia, se preserve en el tiempo. Lo que debe ser pública y sistemáticamente voceado por las autoridades (por eso, los titubeos del Banco Central y las proyecciones cambiarias del proyecto de Presupuesto son contraindicadas).

El tipo de cambio alto no agota la competitividad pero, al respecto, es el pivote ineludible para todo lo demás (aporte de tecnología, uso del crédito, búsqueda de mercados).

El tipo de cambio competitivo (promediado por los logros de productividad) es el valor de equilibrio, o valor sombra, afín al horizonte de un país signado por densas obligaciones externas (aun negociando bien al respecto), por los límites del neoendeudamiento, por la necesidad de un abastecimiento externo plausible y de recuperar el sector de transables y por los requerimientos del empleo. Es lo que asegura la verdadera perspectiva para el esfuerzo inversor que respalde la dinámica de las exportaciones y de la sustitución de importaciones, cuidando de paso –al computar los términos de intercambio– no caer en atisbos de la enfermedad holandesa que perturben las exportaciones específicamente industriales.

Importa que durante la trayectoria concreta no se registren fuertes y molestos (para las expectativas de inversión) desvíos del tipo de cambio vigente con relación al de equilibrio (o valor sombra); en lo que cabe al BCRA una responsabilidad principal. Lo que evidencia la necesidad de contar con una regla monetaria más convincente que la actual, precaria, y que nos somete al desgastante dilema de intervenir masivamente o no en el mercado de cambios, con los parejos miedos inflacionarios reales o fictos.

La regla monetaria más definitiva, que involucra la cuestión del inflation targeting (IT) o meta de inflación –a la que muchos conciben cándidamente como un souvenir para diletantes– determinará gran parte del marco macroeconómico, incluyendo tanto el grado de tensión entre la estabilidad de precios y la actividad económica, como el perfil de las tasas de interés básicas y del tipo de cambio.

Por eso, antes de lamentar hechos consumados, es primordial que optemos por un IT que armonice la consideración de la inflación con la de la actividad económica, más un objetivo cambiario flexible que garantice la sustentabilidad expansiva (mientras resurge el multiplicador crediticio). El IT debe adaptarse a la matriz del modelo, y no al revés.



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