Jueves  13 de Noviembre de 2003

“La mejor forma de ganar la guerra es difundiendo la libertad”

Mientras el presidente George W. Bush se prepara para realizar una visita de Estado a Gran Bretaña, la semana próxima, en Irak las fuerzas de ocupación encuentran cada vez mayor oposición. Pero el presidente estadounidense afirma que la “misión trans

Casi todos los días grupos de entusiasmados turistas hacen cola frente a la puerta de entrada de la Casa Blanca para realizar una visita guiada, pero sólo si han hecho reservas con seis meses de anticipación. En este miércoles lluvioso, sin embargo, el Financial Times va a tener su propio tour, absolutamente no solicitado, del Sancta Sanctorum de la sede del gobierno estadounidense: el Salón Oval. Y su guía será precisamente su ocupante, el presidente George W. Bush.

“Les quería mostrar este santuario de la democracia. Y algo así como darles una idea de quién soy”, le dijo Bush a un grupo de tres desconcertados periodistas británicos.

Su encanto amigable y su sentido del humor aparecen con frecuencia, pero quedan compensados por un tono sombrío cuando se explaya sobre la manera en que el mundo y el empleo han cambiado desde los atentados del 11 de septiembre.

La solemnidad no es difícil de comprender a la luz de las terribles noticias sobre las bajas que sufren las fuerzas de ocupación en Irak y las frenéticas consultas dentro de la administración sobre un cambio en el curso. Pero Bush se limita al gran panorama.

“El 11 de septiembre cambió la naturaleza de la presidencia. Cambió los preparativos de la seguridad de los Estados Unidos. Yo prometo a los norteamericanos que nunca olvidaré las lecciones. Y eso es, ya no estamos protegidos por los Océanos. Somos vulnerables a ataques de los terroristas.”

La guerra contra el terrorismo, en la mente de Bush, sigue siendo el prisma a través del cual deben mirarse todos los actos políticos y relaciones internacionales. Afganistán fue un frente, Irak otro, Irán y Corea del Norte y su búsqueda de armas de destrucción masiva, otros dos.

Pero dos elementos nuevos surgieron ahora como embellecimiento de este mantra. Uno es la sutil redefinición de la “guerra contra el terrorismo” para que abarque otras formas de participación internacional, que la militar unilateral. El otro es un deseo de ubicar la “guerra” en un contexto más amplio, y quizás históricamente resonante, es decir, la lucha de Estados Unidos por difundir la libertad, la democracia y el respeto por los derechos humanos en todo el mundo.

En cuanto al primero, Bush se está esmerando por recalcar las diferencias entre Irak y los otros problemas de política exterior. “El caso en Irak era único, es único porque el mundo, durante más de una década, habló. Se intentó con la ruta diplomática... Dicho eso, no toda situación requiere una respuesta militar”.

Tomemos por ejemplo las armas de destrucción masiva y Corea del Norte, donde Bush dijo que trabajando con China él había logrado reunir cinco países “transmitiendo el mismo mensaje a Kim Jong-il: “Esperamos que ustedes no desarrollen armas nucleares”. O el caso de Irán, donde Gran Bretaña, Francia y Alemania están trabajando con EE.UU. para hacer presión para que se abran a una inspección internacional los programas nucleares clandestinos.

El segundo punto, encajar a Irak y otras acciones de política exterior en el contexto más amplio de un deseo de promover las sociedades libres, es más nuevo. En nuestra entrevista lo dice así: “En el campo de la política exterior, tomé decisiones basadas en un par de principios. Uno, ¿cómo asegurar mejor a Estados Unidos? Esa es mi mayor responsabilidad... Pero hay una ambición más grande también, porque yo entiendo que las sociedades libres son sociedades que no engendran el terrorismo...

La violenta realidad de la vida bajo la ocupación es “obviamente dura”, reconoce Bush. “Estos asesinos (las fuerzas de la resistencia iraquí) es gente sin sentimientos. Matan porque quieren intimidar. Quieren que nos vayamos”. El premio final, insiste Bush frente al pesimismo en otros sectores de su administración, está cada vez más cerca. “Queremos que los iraquíes entiendan que creemos que son capaces de conducir su propio país. Cuanto más se de cuenta la gente de eso, creo que más cómodos estarán con su futuro”.

Aunque sea sorprendente el descalce entre la realidad actual y la aspiración para el futuro, ya sea en relación a Irak o a otros países problemáticos como Arabia Saudita, no hay duda de la sinceridad de Bush en estos puntos. Se convirtieron en puntos principales de su fe personal, quizás endureciéndolo contra las crecientes críticas sobre su política en el país y su profunda y duradera falta de popularidad en todo el mundo.

¿No le preocupa que las encuestas de opinión internacionales demuestran que la enorme ola de compasión y solidaridad por EE.UU. tras los atentados del 11-S cayó en la polémica sobre la guerra y el unilateralismo estadounidense?

Su primera respuesta fue “Todo lo que puedo decirle es que yo fui a las Filipinas, y había miles y miles de personas allá saludando con los cinco dedos”. Su segunda respuesta suena más emoliente pero no da fundamentos. “Comprendo totalmente que no todos estén de acuerdo con las decisiones que tomo”. Eso es lo más cercano que llega Bush a una expresión abierta de sus dudas, antes de volver a su acostumbrada postura de alegría. “La mejor forma de ganar la guerra es difundiendo la libertad”, afirma.

¿Se unirá finalmente Bush al pantenón de aquellos que absorbieron sus pensamientos en la Oficina Oval? Mucho depende de los acontecimientos de los próximos meses, especialmente en Irak. Ellos mostrarán si, al igual que Ronald Reagan, él se encuentra en posición de reclamar el mérito de una victoria histórica sobre el mal político, o si más como el presidente Lyndon B. Johnson de Vietnam, él será agobiado por una situación fuera de su control.

“Lo interesante sobre los presidentes y primeros ministros es que uno nunca está (...) para juzgar el verdadero mérito de la historia, de las decisiones que uno toma. La historia del corto plazo es (...) muy subjetiva (...) Después de todo, la persona que escribe la historia no tiene la posibilidad de ver todos los efectos de la toma de decisiones.

“En cualquier caso, la mayoría de los historiadores de corto plazo probablemente no sean los que se emocionen conmigo siendo presidente”.



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