La inevitabilidad de la reforma política

La mejora en las expectativas de la sociedad registrada desde el segundo trimestre del año, a partir de la asunción del nuevo gobierno nacional y de varios indicadores que comenzaron a dejar atrás la crisis de 2001-2002, no ha borrado una de las certezas ciudadanas: que el sistema político necesita una urgente reforma. Aquel reclamo encendido por que “se vayan todos , dejó paso a una actitud mucho más mesurada, que en las últimas elecciones nacionales y distritales llegó a impedir el ascenso de nuevas figuras en la política, pero no hace falta el auxilio de las encuestas para certificar que el divorcio entre la sociedad y los partidos sigue siendo importante y que en ese vacío se desarticulan las demandas sociales.

La buena noticia es que en una reunión reciente con representantes de organizaciones no gubernamentales (ONG), el gobierno de Néstor Kirchner prometió impulsar en breve su propio proyecto de reforma política en el Congreso, para lo cual convocó a un debate entre los sectores interesados. El tema es vasto y, como reconoció ayer un especialista a El Cronista, la actual administración buscará acomodar las piezas de tal forma de obtener mayor margen de maniobra para su estilo político, sobre todo dentro del peronismo, pero la circunstancia constituye una oportunidad insoslayable para discutir un nuevo sistema electoral.

El sistema actual incumple con dos premisas básicas: la equidad (no toda la población tiene la misma capacidad de hacer valer su voto y de obtener los beneficios del sistema) y la calidad (existe la la clara certeza de que el nivel de gasto que requiere el actual sistema está lejos de justificarse por el nivel de respuesta de la dirigencia). Los aspectos más debatidos son los procesos de selección interna en los partidos, la duración de las campañas y la reclamada eliminación de la lista sábana. Pero hay otros aspectos básicos que hacen a la esencia del sistema.

El combate al clientelismo político (en el país hay más de dos millones de personas que dependen de subsidios sociales, y son vulnerables a los manejos partidarios), y la reformulación del sistema federal, que será ineludible cuando se discuta la coparticipación de impuestos. La exagerada representación de provincias chicas –beneficiadas por el sistema proporcional con que se reparten las bancas en el Congreso– no se ha traducido hasta ahora en mejoras: el clientelismo continúa en muchos casos, con sobredimensionamiento en el empleo público local, y con recursos sociales nacionales que no llegan a las provincias que más lo necesitan.

Las realidades locales pesan y los condicionamientos económicos son inevitables. Pero el peor error sería pretender una megareforma de difícil cumplimiento, que obstaculice los cambios, en lugar de establecer una estrategia paulatina y de largo plazo.

Reordenar el calendario electoral, para que el desfasaje entre las distintas elecciones provinciales y nacionales no conviertan al

país en una eterna disputa proselitista sería, por ejemplo, un paso primordial y prometedor.



Más de Impresa General