La democracia puesta a prueba

La recuperación y la vigencia de la democracia, que ayer cumplió veinte años, constituye el legado más importante de la última etapa de la historia argentina. El funcionamiento institucional y el respeto a la libertad sobrevivió –con evidentes dificultades y fragilidades– a la debacle económica que culminó con la devaluación y la expansión de la pobreza, a las hiperinflaciones y los desbordes sociales, y hasta la falta de capacidad de liderazgo que han demostrado en varias oportunidades los propios dirigentes políticos. A veinte años de aquel 30 de octubre de 1983, el día de la elección presidencial que ganara Raúl Alfonsín y que abriera un nuevo ciclo político en el país tras años de dictadura militar, la sociedad asume la democracia como valor propio e inalienable, y apela a su soberanía casi con la misma naturalidad imperante en los países libres más avanzados del mundo.

Es, en definitiva, una virtud que logra alivianar el peso de una historia cargada de sucesivas interrupciones al orden institucional y momentos de violencia política. Pero sería grave perder de vista que la conquista aún no ha sido completa, pese a tratarse de un período democrático prolongado. El sistema ha demostrado enormes fortalezas pero también enormes debilidades. Tras la expectativa inicial, los argentinos comprobaron –con comprensible desencanto– que la democracia por sí sola no alcanza para comer, para curar y para educar. Pero comprendieron que sin ella tampoco hay oportunidades. Al igual que la vapuleada economía, la política debe trabajar sobre sus vulnerabilidades para garantizar que la estabilidad y el crecimiento de las instituciones vayan en aumento por un largo período.

El actual orden institucional sobrevivió a la caída de la Alianza y fue capaz de albergar numerosos procesos eleccionarios, la alternancia en el poder entre los principales partidos y hasta una reforma constitucional. Sin embargo, la visión debe completarse con el hecho de dos presidentes que no lograron finalizar su mandato (Alfonsín y De la Rúa) y el obligado surgimiento de un gobierno de transición (Duhalde); con escándalos de corrupción que cultivaron el escepticismo y una crisis que destruyó ahorros y contratos; con la ausencia de reformas que oxigenen el sistema y favorezcan la extinción de viejas prácticas y con el desprestigio de instituciones básicas como la Justicia.

La democracia argentina enfrenta ahora nuevos desafíos. La pobreza extrema, el desencanto ciudadano, la inseguridad y la falta de proyectos comunes son terreno fértil para la proliferación de amenazas al sistema que suelen esconderse bajo la apariencia de reclamos sociales legítimos. Amenazas que afectan también a otros países de la región.

La Argentina puede darse la oportunidad de hacer confluir de una vez por todas los beneficios de las libertades con los del crecimiento económico y la equidad social. El próximo aniversario tendría, así, otras razones para el festejo.



Más de Impresa General

Noticias del día