Jueves  01 de Julio de 2010

La Copa del Mundo permite que este sea un mundo mejor, al menos por unos días

Hasta el 11 de julio, los ojos de todo el mundo estarán focalizados en los estadios de fútbol de Sudáfrica y hasta los países que no participaron del torneo lo siguen con obsesión

Como columnista de política internacional, naturalmente tiendo a buscar la trillada lección de geopolítica que dejará la Copa Mundial de Fútbol.

Están los que creen que la temprana e inesperada eliminación de los seleccionados de Francia e Italia es la parábola de la declinación de Europa. Un comentarista del diario español El País aseguró que la derrota de Inglaterra frente a Alemania refleja los desmoralizadores efectos del thatcherismo en el proletariado inglés.

De hecho, lo bueno del fútbol internacional es que realmente no sigue tendencias políticas ni económicas. Por el contrario, brinda una clase de universo paralelo con su propio orden mundial.

Brasil es la “única superpotencia”. El Consejo de Seguridad de países que ganaron la Copa Mundial más de una vez se compone también por Argentina, Alemania, Italia y Uruguay. Estados Unidos es una potencia de medio rango, muy admirado por su sentido del fair play. Japón no está en caída, sino prosperando. China e India –potencias en crecimiento dentro del mundo real– no se pudieron ver en ningún lado porque no calificaron para esta Copa Mundial. En Planet Football, las potencias en ascenso mayormente provienen de África, como las Estrellas Negras de Ghana que el sábado derrotaron a los estadounidenses.

Como visitante de este Mundial

de Fútbol –y de los últimos tres campeonatos– sé que hay algo mucho más esperanzador y saludable.

El clima que se vive en la Copa Mundial es de alegría, no de hostilidad; se parece más a un carnaval que a una guerra. Los hinchas de los distintos seleccionados se disfrazan y posan contentos para sacarse fotos mezclados aunque se enfrenten en la cancha.

En un partido en Johannesburg el domingo quedé rodeado de mexicanos que vestían coloridos sombreros y ponchos y de argentinos que, por alguna razón, flameaban banderas del Che Guevara. En Durban, dos noches antes, algunos fanáticos brasileños habían concurrido a la cancha con trajes de confección con los colores nacionales, y con esos amarillos, verdes y azules fuertes, el efecto era espectacular. En Inglaterra, es habitual mantener separados a los hinchas de los equipos opuestos, por precaución para que no se peleen: en la Copa Mundial nadie se preocupa por eso.

El fútbol sin dudas ofrece una manera de canalizar el nacionalismo. Pero también brinda a los países la oportunidad de atraer admiración y respeto, y definir y redifinir sus marcas nacionales.

Si uno lee sólo los comentarios de columnistas políticos y económicos, podría quedarse con la impresión de que Japón es un país conformista y depresivo, poblado casi totalmente de jubilados y luchadores de sumo. Y sin embargo, ahí también está el equipo de fútbol nipón, que aunque perdió frente a Paraguay, jugó excelentemente en este campeonato mundial y compuesto por jóvenes con alegría de vivir. Ese plantel mostró uno de los juegos (y cortes de pelo) más imaginativos de Sudáfrica.

Hasta los países que no participaron del Mundial siguen el torneo con obsesión. Poco tiempo antes del primer partido, hablaba yo con un diplomático sobre las crecientes tensiones entre Israel e Irán. “Nada pasará durante el próximo mes, no durante la Copa del Mundo”, me dijo con confianza.

En Sudáfrica, están los que atribuyen la caída de la delincuencia durante el campeonato no a los mayores controles policiales sino al hecho de que los habituales sospechosos están pegados a sus televisores.

Es bastante esperanzador pensar que, si bien por un breve período, el fútbol puede ayudar a detener las guerras y el crimen.

Por supuesto, en poco más de una semana el torneo habrá finalizado y volverán los habituales problemas mundiales que piden a gritos atención.

Pero hasta el 11 de julio, los ojos de todo el mundo estarán focalizados en los estadios de fútbol de Sudáfrica y, como resultado, quizás el mundo pueda convertirse en un lugar levemente mejor.

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