Martes  02 de Septiembre de 2003

Hagan lo que nosotros hicimos, no lo que decimos

Hoy en día, se les dice a muchos mercados emergentes, desde Indonesia hasta México, que existe cierto código de conducta al que se deben apegar si quieren ser exitosos. El mensaje es claro: esto es lo que hacen y han hecho los países industrializados avanzados. Si ustedes quieren entrar al club, tienen que hacer lo mismo. Las reformas serán dolorosas, los intereses creados se resistirán, pero con la suficiente voluntad política, ustedes cosecharán los beneficios.

Cada país hace una lista de lo que debe hacer, y cada gobierno debe rendir cuentas en términos de su desempeño. En todos los países, equilibrar el presupuesto y controlar la inflación están en los primeros lugares de la lista, pero también ocupan un lugar preponderante las reformas estructurales. En el caso de México, por ejemplo, abrir el sector de la energía eléctrica, que la constitución del país reserva al gobierno, se ha convertido en la reforma estructural de moda que exige Occidente. Así, los analistas (en forma insensata, me atrevería a decir) felicitan a México por sus logros en el control del presupuesto y la inflación, pero lo critican por la falta de avances en la reforma del sector eléctrico.

Como persona que estuvo involucrada íntimamente en el diseño de la política económica estadounidense, siempre me ha llamado la atención la diferencia entre las políticas que este país busca imponer sobre las naciones en desarrollo y aquéllas que se practican en el propio Estados Unidos. Además, Estados Unidos no es el único: la mayoría de los demás países en desarrollo y desarrollados exitosos ponen en marcha políticas herejes similares.

Por ejemplo, ambos partidos políticos en los EE.UU. aceptan actualmente la idea de que cuando un país está en recesión, no sólo es permisible, sino incluso deseable, incurrir en déficits. Sin embargo, en todo el mundo se les dice a los países en desarrollo que los bancos centrales se deben concentrar exclusivamente en la estabilidad de precios. El banco central de Estados Unidos, la Reserva Federal, tiene el mandato de equilibrar el crecimiento, el empleo y la inflación, y es un mandato que le genera el apoyo del público.

Mientras los promotores del libre mercado despotrican contra la política industrial, en los EE.UU. el gobierno apoya activamente las nuevas tecnologías y lo ha hecho durante muchos años. La primera línea telegráfica la construyó el gobierno federal de los EE.UU. entre Baltimore y Washington en 1842; la internet, que está cambiando tanto la economía actual, fue desarrollada por el ejército de los EE.UU.

De manera similar, mientras a muchos países se les recomienda que privaticen la seguridad social, el sistema público de seguridad social de Estados Unidos es eficiente (y las transacciones cuestan una fracción del precio de las anualidades privadas) y a los clientes les agrada. Ha sido elemento central en la eliminación casi total de la pobreza entre las personas de edad avanzada.

Si bien el sistema de seguridad social de los EE.UU. se enfrenta ahora a problemas por falta de financiamiento, gran parte de los programas privados de pensiones en el país atraviesan por las mismas dificultades. Y el sistema público de pensiones le ha dado a los ancianos una seguridad (tanto contra la inflación como contra los caprichos del mercado accionario) que el mercado privado, hasta la fecha, no ha podido ofrecer.

Por otra parte, muchos aspectos de la política económica estadounidense contribuyen significativamente al éxito del país, pero casi nunca se mencionan en las discusiones sobre estrategias de desarrollo. Durante más de cien años, los Estados Unidos han contado con leyes antimonopólicas severas, que destruyeron monopolios privados en muchas áreas, tales como el petróleo. En algunos mercados emergentes, los monopolios sobre las telecomunicaciones están asfixiando el desarrollo de la internet, y en consecuencia, el crecimiento económico. En otros, los monopolios comerciales privan a los países de las ventajas de

la competencia internacional, mientras que los monopolios sobre el cemento aumentan el costo de la construcción.

El gobierno estadounidense también desempeñó un papel importante en el desarrollo de los mercados financieros del país (otorgando créditos directamente o a través de empresas patrocinadas por el gobierno, y garantizando parcialmente la cuarta parte o más de todos los créditos). Fannie Mae, la entidad creada por el gobierno para ofrecer créditos hipotecarios a los estadounidenses de clase media, ayudó a disminuir los costos de los préstamos y tuvo un papel importante en hacer de EE.UU. uno de los países con mayor proporción de propietarios de hogares.

La Oficina para las Pequeñas Empresas suministró el capital que les permitió a algunas de ellas, como Federal Express, convertirse en grandes compañías que crean miles de empleos.

Ocasionalmente los Estados Unidos han experimentado con las ideologías del mercado libre y la desregulación, a veces con efectos desastrosos. La desregulación de las Asociaciones de Ahorro y Crédito que llevó a cabo el presidente Ronald Reagan condujo a una oleada de quiebras bancarias que le costaron a los contribuyentes estadounidenses varios cientos de miles de millones de dólares y contribuyó a la recesión económica de 1991.

A México, Indonesia, Brasil, India y otros mercados emergentes se les debería estar enviando un mensaje muy distinto: no busquen una mítica economía de libre mercado, que nunca ha existido. No sigan las recomendaciones de los intereses especiales de EE.UU., ni en el ámbito corporativo ni en el financiero, porque, aunque predican el libre mercado, en casa dependen del gobierno para alcanzar sus objetivos.

Las economías en desarrollo deberían, más bien, analizar con cuidado no lo que Estados Unidos dice, sino lo que hizo en los años en que surgió como potencia industrial y lo que hace ahora. Hay una notable similitud entre esas políticas y las medidas que adoptaron a lo largo de las dos últimas décadas las economías altamente exitosas del Este de Asia.



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