Lunes  27 de Octubre de 2003

El superávit fiscal no es bajo, la duda es si nos creerán

Es preocupante la tendencia a aumentar el nivel del gasto en la medida que sube la recaudación, un error que provocó las crisis anteriores. Nuestra credibilidad en el exterior está por el piso

La propuesta del Gobierno sobre la reestructuración de la deuda pública ha dado lugar a diversas discusiones. Una de las más relevantes se refiere al esfuerzo fiscal implícito, consistente en un superávit del sector público (Nación y provincias) del 3 % anual. Los acreedores y algunos economistas lo consideran exiguo y la oposición contestataria dice que es excesivo.

En verdad, la cifra es todavía bastante abstracta, porque sólo está claramente establecida para 2004. Además, lo que verdaderamente importa es el monto absoluto del superávit y éste puede llegar a ser hasta el doble del actual si se mantiene la meta del 3%, si la economía se embarca en un franco crecimiento y si el peso registra una previsible valorización adicional. En las líneas que siguen argumento que el porcentaje establecido es razonable, pero que el problema es su credibilidad.

El primer elemento de juicio a considerar es el nivel actual del gasto público consolidado. Como puede verse en el gráfico adjunto, su proporción sobre el PIB cayó significativamente como consecuencia de la devaluación. Comparando el año 2003 (estimado) con el promedio 1999-2001, la relación gasto público consolidado/PIB cayó 6,5 puntos. Ello fue consecuencia de disminuciones de 1,6% del PIB en los intereses de la deuda pública nacional, 1,4% del PIB en el gasto primario nacional, y 3,5% del PIB en el gasto de provincias y municipios.

Cuando se lo compara con el de otros países, un gasto consolidado del 28% del PIB –que el año próximo podría ser 27%– no resulta elevado. Y tampoco parece lógico pretender que pueda reducirse significativamente en el futuro. Preocupan sí, y seriamente, otras cuestiones.

La primera es que se observa una incipiente tendencia a aumentar el gasto tanto como aumenta la recaudación, dando lugar al mismo comportamiento procíclico que originó las seis grandes crisis macroeconómicas que la Argentina ha tenido en el último cuarto de siglo. Por otro lado, es muy evidente que las prestaciones a la sociedad que resultan de ese 28% son exiguas y de baja calidad.

El segundo elemento de juicio es el de la recaudación. El esfuerzo tributario total que está realizando la sociedad asciende hoy a cerca del 30% del PIB, uno de los más elevados de todos los tiempos. Contrariamente a lo que ocurre con el gasto, tenemos aquí tanto problemas de nivel como problemas de estructura.

Entre los últimos sobresalen la naturaleza transitoria o, en todo caso, aleatoria, del nivel de recaudación, especialmente de la afectable al pago de intereses de la deuda nacional. Ella depende crucialmente de las retenciones a las exportaciones, que deberían ser transitorias y que además cuentan con el viento a favor de una moneda excesivamente depreciada y de altos precios de muchos commodities que la Argentina exporta, desde la soja hasta el petróleo y desde la miel hasta los metales.

Otros factores que otorgan precariedad a la situación tributaria son la elevada proporción de impuestos distorsivos (incluidas las retenciones, suman más del 4% del PIB), la inequidad social de la carga tributaria y, a pesar de los éxitos recaudatorios recientes, los altos niveles de evasión, que se acercan al 50% del total.

El resultado es que a quienes pagamos todos los impuestos (no a la Zaffaroni), se nos quita cerca del 50% de nuestro valor agregado, recibiendo poco y nada a cambio.

Varios economistas venimos argumentando que la propuesta sobre la deuda debería incluir un componente vinculado al crecimiento, de tal manera que la Argentina pague más si crece más. La pregunta relevante es si una propuesta de ese tipo mejoraría las probabilidades de alcanzar más rápidamente un acuerdo. Y es aquí donde aparecen las dudas.

Nuestra credibilidad en el exterior se encuentra por el piso y ni remotamente estamos haciendo todo lo posible para cambiar esta imagen. El camino para lograrlo no es, como pretenden algunos, prometer un superávit fiscal mayor, socialmente inequitativo y económicamente improbable. El verdadero camino consiste en persuadir al mundo que estamos haciendo todo lo posible para erradicar las causas del default y de nuestras crisis recurrentes.

Para ello es imprescindible votar buenas leyes de responsabilidad fiscal (Brasil lo ha hecho con razonables resultados), de coparticipación federal, para dar lugar a un federalismo responsable y, en fin, una reforma impositiva que elimine gradualmente los impuestos distorsivos y que muestre cómo se generarán los ingresos que deberán reemplazar a las retenciones a las exportaciones.



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