Lunes  03 de Noviembre de 2003

El capitalismo de Estado francés ha muerto, pero Francia no lo acepta

Los franceses son extremadamente sensibles, por no decir que se ponen a la defensiva, en cuanto a la estatura de su país en el mundo. El Estado francés gasta enormes cantidades de dinero en la propagación de su idioma y su cultura, y sin embargo, los franceses están dolorosamente conscientes de que la posición global de su país ya no es lo que alguna vez fue.

No es sorprendente, entonces, que durante las últimas elecciones presidenciales, la publicación de un informe de la Comisión Europea, que sostenía que en lo económico Francia había pasado del tercero al décimo lugar entre los países europeos en un lapso de diez años, haya provocado exámenes de conciencia y controversias. Poco después, el presidente Jacques Chirac acusaba a su rival, Lionel Jospin, de provocar un “deterioro de Francia”.

La OCDE y Eurostat demostraron que Francia, Alemania, Italia y Gran Bretaña tienen aproximadamente los mismos niveles de vida per cápita. Pero el debate más general no cedió. De nuevo aparecieron las menciones sobre “el deterioro francés” durante las protestas callejeras de este año en contra de la reforma del sistema de pensiones, las crecientes disputas sobre política fiscal con la Comisión Europea y los altercados con EE.UU. sobre Irak.

Actualmente, el libro mejor vendido en Francia es una obra polémica de Nicolas Baverez, La France qui tombe (La Francia que cae). De acuerdo con el autor, los últimos grandes logros de Francia se dieron en los años setenta, con el lanzamiento del tren rápido, el TGV, y el Airbus. Ataca tanto a Mitterrand como a Chirac por su “talento compartido para ganar elecciones y hacer de Francia un fracaso”. El éxito del libro es por sí mismo síntoma de un tipo de “desazón”. Pero, ¿de qué tipo?

Las evidencias de degradac

ión que presenta Baverez no son tan convincentes como él cree. Por ejemplo, señala a la pérdida de empleos industriales como la prueba más clara del deterioro de Francia. El país sigue siendo una fuerte potencia industrial en áreas tradicionales como la automotriz y aeroespacial, pero se está rezagando en mercados innovadores, donde compañías más pequeñas diseminan tecnologías nuevas. Por ejemplo, Francia sólo invierte 30.000 millones de dólares al año en investigación y desarrollo de alta tecnología, en comparación con 51.000 millones de Alemania, 98.000 millones de Japón y 265.000 millones EE.UU.

En resumen, el análisis de Baverez apunta en la dirección equivocada. Francia ha atravesado por una serie de reformas de importancia crítica a lo largo de las últimas dos décadas: liberalización económica y financiera, eliminación de controles en los precios y en el tipo de cambio, el final de las restricciones al crédito, reducción de la inflación y los déficits comerciales, la llegada del euro y la globalización forzada de las empresas del país. La desazón francesa no tiene nada que ver con ninguna de ellas.

El problema con Francia es que no logra reconocer al nuevo mundo del que ya forma parte. El capitalismo de Estado francés ha muerto y a Francia le cuesta trabajo aceptar su fallecimiento. En efecto, Francia ha de ser el único país en el que un Primer Ministro, Lionel Jospin, siente la obligación de pedir disculpas al día siguiente de haber dicho en televisión que “el Estado no es omnipotente”.

Hay muchas razones detrás de esta esquizofrenia francesa, pero una de las principales tiene que ver con el juego político de los últimos 20 años. Hasta 1981, en Francia había una clara división entre la derecha y la izquierda. Desde entonces, las administraciones tanto de Mitterrand como de Chirac moderaron sus posiciones ideológicas para llevar a cabo el ajuste hacia Europa y la globalización.

Una “terapia de shock” al estilo de la Sra. Thatcher hace dos décadas podría haber forjado una nueva conciencia política, pero la lentitud en alcanzar los consensos para aprobar las reformas permitió que los franceses vivan en un mundo y piensen en otro. Esta es una de las razones fundamentales que explican el cataclismo político que estalló durante la pasada campaña presidencial, cuando el líder de la extrema derecha, Jean Marie Le Pen, llegó a la segunda ronda en las elecciones

El ascenso de la extrema izquierda, que obtuvo el 10% de la votación en esa campaña presidencial, también es prueba del fracaso político. Francia necesita una revolución política, más que una económica, si quiere reconciliarse con la realidad, parte de la cual es que el “deterioro francés” es un temor que los propios franceses crearon.

Copyright: Project Syndicate



Shopping

OpenGolf Newsletter

Anotate y recibí el resumen semanal del mundo del golf.

OpenGolf
Revista Infotechnology