Lunes  18 de Febrero de 2008

Economía de la felicidad: la alegría del sueldo tiene rendimiento decreciente

¿Por qué un aumento de sueldo nos pone contentos, pero al enterarnos de que al vecino le aumentaron más se nos borra la sonrisa? ¿Por qué los estratos de mayores y menores ingresos son más felices que la clase media? Si no existieran restricciones económicas, ¿cuánto más felices seríamos? Y el gran dilema: ¿el dinero hace la felicidad? Estas y otras apasionantes preguntas encuentran su respuesta en una nueva disciplina: la economía de la felicidad. Por primera vez, expertos argentinos trazan un mapa de la felicidad-país en términos económicos. Aquí, algunas de sus sorprendentes conclusiones

Durante siglos, la filosofía, la religión y la psicología han intentado develar qué es la felicidad y, sobre todo, cómo alcanzarla. Ahora les toca el turno a los economistas y esperemos que tengan más suerte. Por lo pronto, ya pusieron al servicio de esta búsqueda, tan esencialmente humana, un arsenal de datos econométricos y estadísticos, que han dado lugar a una nueva rama de estudio: la economía de la felicidad.

Uno de sus iniciadores fue el psicólogo israelí Daniel Kahneman, quien por sus investigaciones sobre actitudes irracionales de los inversores recibió el Nobel de Economía en 2001. La nueva disciplina comenzó a ganar rápidamente adeptos (y también detractores), a medida que los avances en neurociencias permitían indagar qué ocurre en el cerebro cuando se toman decisiones.

La Argentina no se quedó al margen de esta tendencia y cada vez son más los jóvenes economistas que se vuelcan a hacer investigaciones en este prometedor campo. A fines del año pasado, Victoria Giarrizzo y Dardo Ferrer, del Centro de Economía Regional y Experimental (CERX), publicaron su investigación “Economía y Felicidad: nuevas evidencias para la Argentina”, que, con una precisión a toda prueba, señala que el índice de felicidad bajó 5,4 puntos porcentuales en 2007. “Si en 2006 el 73,5% de la población decía ser feliz o muy feliz, en 2007 ese porcentaje cayó a 68,1%”, detalla el estudio.

Afortunadamente, el guarismo sigue siendo alto. Sobre todo, teniendo en cuenta que sólo el 23,8% define su situación económica como buena y, en cambio, el 76,2% la evalúa como regular, mala o muy mala. Y aun en aquellas personas que dicen no contar mensualmente con ingresos suficientes para cubrir sus gastos necesarios, el 60% se siente feliz. En otras palabras, el dinero no hace la felicidad... pero ayuda. Pero, ¿cómo ayuda?

De acuerdo al trabajo de Giarrizzo y Ferrer, al momento de señalar qué factores reducen la felicidad de la población, la economía es una de las causas principales. Y en esto hubo algunos cambios con respecto al año pasado (el primero en que se realizó este estudio).

Para hacer la investigación se entrevistó a 950 personas de ambos sexos en Capital Federal y Gran Buenos Aires, con un diseño muestral probabilístico, estratificado por nivel de ingresos. Créase o no, la inseguridad y la falta de justicia fueron los factores principales que afectaron el nivel de felicidad de los argentinos en 2007. Mucho más que la inflación y los bajos ingresos, que ocupaban los primeros lugares en 2006.

El trabajo, por exceso o por insuficiente

Una variable que permanece al tope del ranking de factores que reducen la felicidad es el empleo: 19% de los encuestados dijo que su trabajo le está restando felicidad. Y un porcentaje mucho menor señaló a la desocupación como obstáculo para ser feliz.

Algo más de la mitad, 57,4% los encuestados, dijo sentirse feliz o muy feliz con su trabajo. En tanto, el 42,6% señaló que su trabajo lo hace poco feliz y el 1,3%, nada feliz. Sin embargo, al consultarles “¿Cuál es el aspecto de su trabajo que más lo afecta?”, las largas jornadas laborales fueron la principal queja: el 42,7% dijo que la cantidad de horas que trabaja es lo que más reduce su felicidad. Esto se condice con la percepción de que un mayor tiempo de ocio los ayudaría a ser más felices. En tanto, el 17,1% de los encuestados le echó la culpa al bajo sueldo que recibe, el 13,4% a que no le gusta lo que hace y el 8,5% mencionó la mala relación con su jefe como principal estorbo para

ser un trabajador feliz. En relación a los altos niveles de informalidad del mercado (40% de empleo en negro en algunos sectores), es poca la gente cuya felicidad se vio afectada por ese motivo (7,3%). Asimismo, fueron muy pocos (6,1% de los encuestados) los que señalaron que no hay nada en su trabajo que afecte su nivel de felicidad.

“Muchas veces, las empresas equivocan el concepto de productividad”, dice Giarrizzo. “Lo que no toman en cuenta, porque tal vez no tienen los datos empíricos que lo demuestren, es que quien trabaja más horas rinde menos, está menos satisfecho y busca otro trabajo”, agrega (ver recuadro). De hecho, la búsqueda de una mayor productividad en base a un aumento de la carga laboral está trayendo consecuencias económicas muy adversas para las empresas, en términos de ausentismo, depresión, enfermedades laborales y alta rotación del personal.

¿Cuánto cuesta una alegría?

Lo lógico sería pensar que aquello que hace más feliz está relacionado con revertir aquellas cosas que reducen la felicidad. Pero este razonamiento no siempre es acertado. Si bien lo que más reduce la felicidad es la inseguridad y la falta de justicia, lo que más haría feliz a la gente es mejorar sus ingresos o que no suban los precios. Es decir, que el factor económico es el más importante a la hora de aumentar la felicidad.

Al menos esto es lo que respondieron los encuestados por Giarrizzo y Ferrer, cuando les preguntaron: “¿Qué lo haría más feliz?”. El 50,7% de ellos optaron por más ingresos, un 11% por una mejor calidad laboral (menos horas, mejores vínculos, etc), un 8,8% por más tiempo libre y de esparcimiento, otro porcentaje igual por mejores lazos afectivos, un 8,1% por seguridad y justicia, un 6,6% por una vivienda, un 3,7% por una mejor educación y el 2,2% mencionó otros factores.

De todos modos, y para ir más allá de los números y porcentajes, los economistas del CERX también hicieron entrevistas en profundidad a algunos encuestados y consultaron a psicólogos y sociólogos. Así detectaron que aquellos que decían estar menos felices y atribuían esto a la falta de dinero, en realidad, tenían problemas afectivos: estaban solos o tenían problemas de pareja. Al igual que ocurre con el trabajo, los temas vinculares inciden mucho más que los económicos en la percepción de felicidad.

Quiero ser millonario

De la investigación del CERX se desprenden varias conclusiones que muestran la relación estrecha, y no siempre confesada, entre ser feliz y tener la billetera más o menos llena.

Los estratos de mayores ingresos fueron, tanto en 2006 como en 2007, los que mayor nivel de felicidad declararon. A saber: entre el 30% más rico de la muestra, el 86% de los encuestados señaló sentirse feliz o muy feliz. El ingreso promedio en ese estrato fue de $ 3.444 netos al mes durante el año pasado.

Entre el 30% de personas con ingresos medios ($ 1.746 mensuales), el 64,3% de la gente se declaró feliz o muy feliz. Este porcentaje significó una caída de 10 puntos porcentuales respecto a un año atrás. A su vez, ente el 30% de menores ingresos (menos de $ 1.000 al mes), el 70% se declaró feliz, mostrando un leve aumento respecto del año anterior, aun cuando sus niveles de ingresos subieron en menor proporción que en el estrato de mayores recursos.

En los sectores de ingresos bajos, el 44,7% señaló que para aumentar su nivel de felicidad requiere mayores niveles de ingresos, en tanto otro 10,6% consideró que necesitaría más y mejor trabajo. En la clase media, el 28,8% señaló que tener mayores ingresos es lo que aumentaría su felicidad. En tanto, el 15,2% mencionó un mejor trabajo, el 9,1% más tiempo libre y el 3% apuntó a factores que fortalezcan los lazos vinculares.

Previsiblemente, en los sectores de mayores ingresos es donde los aspectos económicos tienen menor relevancia a la hora de aumentar la felicidad. De hecho, el 17,9% señaló que para ser más feliz necesita mayor tiempo de ocio y esparcimiento, y otro 16% mencionó factores relacionados con los afectos (pareja, hijos, amigos, etc.), ítems que prácticamente no mencionaron los encuestados de menores ingresos. Entre los que se sienten poco o nada felices, el 47% señaló que lo que haría mejorar su felicidad son mayores ingresos, el 13,7% más y mejor trabajo, y otro 7,8% mencionó tener una casa propia.

¿El dinero hace o no a la felicidad?

La gente se siente feliz a pesar de que su bienestar económico no es bueno, ¿pero por qué quiere más dinero para ser más feliz? La respuesta la ensayaron Garrizzo y Ferrer en su trabajo.

“Las personas evalúan factores vinculares cuando tienen que definir si son felices o no. En cambio, cuando se indaga acerca de qué las haría más felices, entran en escena sus creencias, valores y expectativas. Esto las conecta con su malestar y entre las causas de ese malestar está la frustración económica o laboral”, explican.

Si algo demuestran los estudios empíricos sobre economía y felicidad es que hombre rico no es igual a hombre feliz. Sin embargo, la economía es un ingrediente importante. Los ingresos le ponen un piso a la felicidad. Y esto ya lo decía Aristóteles, cuando postuló que la felicidad está en la vida contemplativa. Claro que para poder experimentar esta vida es necesario tener resueltas las necesidades de alimentación, vivienda y salud.

Movimientos en la situación económica de las personas inicialmente provocan movimientos en su percepción de la felicidad (ver recuadro). Cuando los ingresos se modifican, ya sea para arriba o para abajo, la felicidad se altera. Pero, según el principio de adaptación, ese movimiento es pasajero y rápidamente se diluye. Así, las personas con ingresos muy bajos y un nivel de felicidad reducido, al duplicar sus ingresos, logran que su felicidad se incremente significativamente, aunque al tiempo vuelve a ubicarse en un nivel más bajo pero superior al inicial. En cambio, una duplicación de los ingresos en los sectores más acomodados no produce cambios en sus niveles de felicidad.

En términos económicos, “la felicidad sigue la curva de la utilidad marginal decreciente con el ingreso absoluto”, dice el informe. Es decir, el dinero aumenta la felicidad, pero ese incremento tiene un punto de saturación y luego la curva se aplana.

Asimismo, una investigación internacional realizada en 2001, sobre el impacto de ganar la lotería o cobrar una herencia, concluyó que si bien inicialmente estos cambios provocan un aumento de la felicidad, este se diluye al cabo de un año. La explicación es que las personas no miden su posición económica en términos absolutos sino relativos. De ahí que tener un buen auto nos hará muy felices, hasta que nos enteramos de que el vecino se compró uno mejor.

En definitiva, la búsqueda de la felicidad es una construcción individual, pero también social. Involucra múltiples aspectos y la economía es uno de ellos. Pero también influyen la salud, los vínculos sociales, la educación, los factores emocionales, afectivos, los gustos, costumbres, creencias y expectativas.

Muchos economistas clásicos miran con asombro (o con recelo) esta nueva disciplina. Sin embargo, empieza a ser tenida cada vez más en cuenta en congresos y publicaciones académicas. Ahora sólo hace falta que los aportes de la Economía de la Felicidad lleguen a las empresas y a las políticas públicas.

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