Martes  02 de Diciembre de 2003

Dólar alto y salarios bajos: una falacia

Un tipo de cambio competitivo, sumado a la disciplina fiscal y una política de ingresos plausible, logrará al final de esta historia una suba de los salarios en dólares

Si hay una falacia a repudiar es la que afirma que, necesariamente, un dólar (real) alto supone salarios reales bajos. Por de pronto, hay recientes ejercicios econométricos para el caso argentino encarados por Eduardo Conesa, que no receptan evidencia conclusiva en esa dirección. En rigor, lo que incidiría al respecto, aclara el colega, son otros factores, como la política fiscal y sus implicancias.

Recuérdese, asimismo, que la referencialidad sobre el particular que proviene de los salarios en dólares es pobre. Precisamente, la convertibilidad asoció mórbidamente salarios con un poder adquisitivo doméstico que vino en descenso –en realidad, toda la masa salarial, computando el megadesempleo, fue descendiendo– con altos salarios en dólares, lo que reflejó una fenomenal distorsión de precios relativos. Como la estabilidad de la convertibilidad se asentó sobre ésta, constituyó, como siempre dijimos, una experiencia patética de inflación reprimida. Por ende, según una lectura sensata y no trivial, ha sido la propia convertibilidad la principal responsable del golpe de precios de inicios de 2002, siendo la devaluación un mero sinceramiento (lo reprimido, se exteriorizó). Naturalmente, habrá que añadir cierta dosis devenida de la impericia de la gestión económica de esa fase inicial.

Concretamente, no cabe pensar en salarios que vayan más allá de las condiciones inherentes al equilibrio interno, el que, por lo demás, depende visceralmente en nuestro caso del horizonte de la restricción externa que afronta el país en perspectiva, lo que dispara como valor sombra, o de equilibrio largo, un tipo de cambio real decididamente competitivo.

Esto debería expresarse –siguiendo las políticas monetaria, fiscal y de administración de capitales consecuentes– a través de un target o meta cambiario real (como tendencia) fuerte, explícito y sostenido en el tiempo. Computando algún índice de precios y promediando valores por la productividad, los shocks y otros factores. Un target de esta clase no implica ningún exabrupto inflacionario en tanto se afiance la disciplina fiscal y se aplique una política de ingresos plausible.

Porque, de todo esto se trata. Hay un primer tramo, en tránsito, en el que los salarios van recuperando atendiblemente cierto nivel básico tanto en capacidad adquisitiva interna como en dólares. Pero, en el horizonte más largo, nada obsta a que los salarios puedan describir una prudente senda de auténtica mejora real (en poder adquisitivo interno) en función de los aumentos de productividad más que probables atendiendo al andar del nuevo modelo. Se trata, entonces, de discutir el excedente a que dé lugar este modelo competitivo, instigado por el target cambiario que facilita la proyección de la productividad al permitir que se aproveche la demanda externa y se viabilice la interna (conciliando el equilibrio interno y el externo).

Este fenómeno debe encuadrarse, por otra parte, en el marco de la prioridad otorgada a la creación de empleo.

La presencia del target o meta cambiario real, que tiende – retardando el efecto Balassa/Samuelson– a preservar el valor cambiario alto medible en precios, y con una inflación que no tiene por qué desquiciarse sujeto a las condiciones especificadas, permeabiliza, justamente, el mecanismo recién citado, el que habilita la mejora real de las remuneraciones.

El dólar caro, la acumulación consecuente, la mayor productividad y el excedente, hacen al resorte que facilitará la mejora de la masa salarial de modo sustentable y sin frustraciones. Incluso, ¡hasta los mismos salarios en dólares subirán!.Y, si se quiere, habrá, luego, un dólar barato, pero, al final de la historia (de extendida acumulación), y no al principio. Sólo colocando los bueyes delante de la carreta y no detrás será factible una mejora efectiva y sustentable de los salarios.

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