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De la esperanza a la incertidumbre en 4 días

El 4 de noviembre marcó un hito en la lucha global contra el cambio climático, al promulgarse el acuerdo de París. El 8, sin embargo, este entró en peligro, al ser electo Trump como presidente de Estados Unidos. Sus implicancias en el camino hacia una economía baja en carbono.

por  MARCELO IEZZI

Líder de la práctica de Desarrollo Sostenible en PwC Argentina
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De la esperanza a la incertidumbre en 4 días

En solo cuatro días, hemos pasado de la promulgación del Acuerdo de París para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEIs) que producen el cambio climático (4 de noviembre) a la amenaza de su rechazo nada menos que por la economía más grande el mundo, Estados Unidos, si el señor Trump mantiene su postura después de su triunfo electoral (8 de noviembre).

Qué pasará en el futuro cercano es todavía motivo de especulación, más aún cuando el reemplazo de Obama -impulsor del acuerdo- por Trump -su detractor- ocurrirá el 20 de enero, luego del cierre de la COP22 de Marrakech, que ocurre el 18 de noviembre con acuerdos negociados por la saliente delegación demócrata.

Una vez más, dada su posición de liderazgo e impacto, Estados Unidos define en un sentido u otro la lucha contra el cambio climático. Baste recordar la posición del expresidente Bill Clinton y del candidato Al Gore en las elecciones del 2000, favorable al Protocolo de Kioto, la cual fue dejada de lado al triunfar George W. Bush. La consecuencia fue que Kioto nunca logró ser más que un acuerdo de alcance extremadamente limitado.

¿Es posible un acuerdo exitoso sin el aval y la proactividad de Estados Unidos? Parece difícil. Nunca es imposible, pero, a las ya muy exigentes condiciones debidas al aumento poblacional, la mayor demanda energética y el mantenimiento de intensivos patrones de consumo, se sumaría una discusión de política internacional: ¿Por qué países de menores niveles de recursos y emisiones deberían reducirlas si el segundo gran emisor -después de China- rechaza hacerlo?

¿Qué se está discutiendo?

Desde el año 2000, integro un equipo global que analiza las emisiones de GEIs del G20, grupo de países responsable por el 80% de las emisiones mundiales. La Argentina es parte del G20, así como los países más desarrollados, los BRICs y algunos emergentes. El modelo de seguimiento se basa en la intensidad de carbono de estas economías, de modo de establecer qué reducción de intensidad compatible con el desarrollo económico es necesaria para limitar el aumento de la temperatura a no más de 2°C, tal como plantea el Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC).

El modelo que desarrollamos -"Índice de economía baja en carbono"- considera un "presupuesto" máximo de emisiones compatible con los 2°C y con el desarrollo económico de los países analizados en el período 2000-2050, es decir, sin sacrificar su crecimiento. La compatibilización se da logrando una descarbonización de la economía medida a través de la reducción de su intensidad, la cantidad de carbono que se emite por cada punto de PBI.

Al momento de nuestro análisis inicial (en el año 2000), se necesitaba que las economías se descarbonizaran al 2% anual, un esfuerzo exigente aunque accesible. Pero, a medida que pasaron los años y la tasa de descarbonización nunca superó el 0,7 / 0,8% anual (con la positiva excepción de 2015, que, con 2,8%, llevó el promedio anual a 1,3%), la situación se fue haciendo más compleja, llegando a la actualidad con la exigencia de lograr una reducción de la intensidad del 6,5% cada año hasta ¡2100!

Estamos hablando de un desafío mayúsculo, difícil de lograr si el segundo emisor global, Estados Unidos, considera no usar energías renovables porque los generadores eólicos afectan la visual de los campos de golf a los que acude el presidente electo.

¿Argentina, en este contexto?

Dado el tamaño de nuestro país y su economía, no somos actores principales. Pero, cuando analizamos los valores de nuestra intensidad, sí lo somos: la relación de dióxido de carbono (CO2) por cada punto de PBI que tenemos es superior a la de Gran Bretaña, toda la Unión Europea y Brasil. En otras palabras, nos "cuesta" más emisiones de GEIs producir cada punto de PBI que a todos ellos. La Argentina ha venido reduciendo su intensidad de CO2 a una tasa de 0,8% anual entre 2000 y 2015, pero, para cumplir con sus compromisos climáticos (NDCs), deberá pasar al 2,2%, casi tres veces más que hasta ahora. Tenemos trabajo por hacer.

Para finalizar, quiero tomar las palabras casi proféticas que usó Bill Emmott, exeditor de The Economist en mayo de este año, cuando, al analizar el escenario electoral de Estados Unidos, dijo que "había que esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor". Involucrar algunos países y sectores de la economía ya era difícil antes de que el señor Trump ganara las elecciones. Ahora, además, habrá que persuadir y establecer los incentivos adecuados para que los intereses particulares, y la cerrada defensa de ideologías y paradigmas no impidan alcanzar una economía baja en carbono, resiliente al clima y sostenible. Tenemos trabajo por hacer.

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