Domingo  18 de Enero de 2004

¿Cuál fracaso de la teoría del derrame?

Al concretar una actividad, las personas activas no pueden hacer todo solas, y derraman parte de su trabajo e ingresos en otros, más pasivos. ¿Cómo puede fracasar una teoría como ésta?

El día que se mató Alberto Olmedo, un conjunto de actores y actrices –Javier Portales, por ejemplo– se quedaron en banda, y profesionalmente nunca se pudieron recuperar. Eran brillantes, pero no eran autónomos. ¿Cómo es posible que haya tantas personas que frente a lo obvio repitan incansablemente que la teoría del derrame no fun -ciona?

¿Usted vio alguna descripción precisa de la teoría del derrame?

¿Usted conoce algún trabajo medianamente aceptable desde el punto de vista profesional, donde se haya demostrado el fracaso de dicha teoría? Yo tampoco.

El fracaso de la teoría del derrame es una muletilla sostenida por razones ideológicas, según la cual primero se imagina una relación utópica entre decisiones y resultados, y como luego ésta no se comprueba en la práctica, con bombos y platillos, se anuncia el correspondiente fracaso. Quienes piensan en el fracaso de la teoría del derrame, imaginan un mundo donde a raíz de las iniciativas de unos, y la colaboración de otros, todos los seres humanos acceden a posiciones iguales, o muy similares. Y como, evidentemente, esto no se verifica, entonces se declara triunfalmente el fracaso de la teoría del derrame.

A continuación voy a sugerir una descripción precisa de esta teoría, mostrar su íntima conexión con la esencia de la naturaleza humana, y por consiguiente voy a decir que no puede no fallar, aunque los resultados no sean los postulados por los críticos de dicha teoría. En todo caso, a éstos habría que decirles que tienen un problema con la naturaleza humana, lo cual no sería grave si de vez en cuando, porque llegan al Poder, nos hacen pagar a todos los ciudadanos, los platos rotos que derivan de los experimentos realizados contra natura.

Los seres humanos somos simultáneamente iguales y dife­ rentes, y esto no es un juego de palabras. Somos iguales en cuanto hijos de Dios, somos iguales en cuanto a nuestra constitución humana. Pero so­ mos diferentes desde el punto de vista del coeficiente intelec­ tual, la actitud ante la vida, la salud física y mental, la forma en que enfrentamos las incerti­ dumbres propias de la existen­ cia, etc. Somos diferentes, tam­ bién, en cuanto a los recursos que hay en el hogar en que na­ cemos. Todo lo cual tiene claras

implicancias en la conducta. Hay personas activas y pasivas, hay líderes y seguidores, hay amantes y adversos al riesgo, hay esforzados y fiacas, hay quien no tiene necesidad de trabajar, porque eligió bien a sus padres, y otros que no tienen más remedio que hacerlo, porque están llenos de ideas pero no cuentan con recursos, etc. ¿Cómo negar esto, que es evidente?

La versión en serio de la teoría del derrame dice una cosa muy sencilla: que las oportunidades, el trabajo y los ingresos, de las personas pasivas, depende de las acciones que desarrollan las personas activas. Derrame alude al hecho de que al intentar llevar adelante alguna actividad, las personas activas no pueden hacer todo solas, y por consiguiente derraman parte de su actividad, y por consiguiente de sus ingresos, en otros. ¿Cómo puede fracasar una teoría como ésta?

Ejemplos: el Negro Olmedo te­ nía la iniciativa, pero requería los servicios de un conjunto de personas para realizar sus es­ pectáculos; primero fue el country y luego la villa miseria que se instaló al lado, donde jar­ dineros, mucamas, carpinteros y, por qué no, asaltantes, viven del correspondiente derrame; las familias están integradas por quienes hacen trabajos en la casa, y quienes salen al mundo a conseguir ingresos, porque no todas las necesidades de una fa­ milia se pueden resolver internamente –servicios médicos, por ejemplo–. A propósito: los dirigentes políticos, que tanto critican la teoría del derrame, deberían preguntarse por qué se genera tanto problema entre sus colaboradores, cuando termina su paso por el gobierno. Porque cuando él o ella vuelva a su casa, o a su oficina, no podrá seguir derramando los ingresos adjudicados a su cargo, en el presupuesto público.

La crítica a la teoría del derra­ me, entonces, la realizan aque­ llos a quienes no les gusta como somos los seres humanos, y tabién aquellos a quienes no les gustan los términos del inter­ cambio que existen entre las personas activas y pasivas, y –jugando el papel de Robin Hood–, los quieren modificar, terciando en la pulseada.

El habitante de una villa mise­ ria próxima a un country vive mejor que si el country no exis­ tiera, pero la diferencia de cali­ dad de vivienda entre un country y una villa es notable, y para algunos escandalosa. La versión utópica de la teoría del derrame supone que el jardine­ ro compraría una casa similar a la que tiene quien le encargó cortar el pasto, y que el obrero que trabaja en la Mercedes Benz compraría una de las unidades que ayuda a fabricar.

Cuando se pasa del diagnóstico a la acción, con plata de terceros, algunos dirigentes políticos buscan acelerar el derrame.

Civilizadamente, cuando apli­ can mayores impuestos a los countries, para subsidiar la educación de los hijos de los pobres, o la salud de quienes menos ganan; incivilizadamente, cuando ignorando el funcionamiento del derrame, permiten –cuando no incentivan– que algunos habitantes de la villa se apoderen de algunas pertenencias de quienes viven en los countries. En este último caso el resultado, tal como era de esperar, consiste en transformar el derrame en una ola gigantesca, que rompe todo.

Afirmar que la teoría del derra­ me fracasó implica mostrar que no se realizó introspección, no se precisó qué se quiere decir, y se rechazan las implicancias so­ bre la conducta que tiene la na­ turaleza humana. Ahora, que en determinados círculos queda bien, queda bien. ¡Ánimo!

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