Conviene ajustar el libreto

Todos estamos contentos porque la inflación está acotada, la tasa de cambio ha desmentido malos augurios, la recuperación es sostenida, el sector externo muestra un excelente comportamiento, las recaudaciones satisfacen expectativas, en fin, todo semeja una situación de bonanza ejemplar. En el mismo contexto la cuestión social denuncia, empero, aristas altamente conflictivas, por cierto de no fácil resolución.

Tengo la intención de reiterar algunas de las proposiciones que presenté recientemente en el Coloquio de Idea en Mar del Plata. No se trata de cuestionar, sino de buscar un enfoque abarcador, con cierta coherencia interna a fin de aprovechar el comportamiento económico descripto como presupuesto para mejorar los niveles de ocupación y la reducción de la pobreza sin abortar la relativa estabilidad imperante.

Para crecer sin pausas contraproducentes, el escenario debería estar informado por una política monetaria-crediticia prudentemente expansiva mientras existan recursos ociosos y una política fiscal equilibrada para financiar con recursos originarios el gasto público y evitar endeudamientos desequilibrantes. Una adecuada tasa de cambio que asegure la solvencia externa necesaria para afrontar con recursos propios las erogaciones en divisas del país cerraría el modelo.

En esa inteligencia para crecer, generar empleo y ganar solvencia fiscal y externa, la construcción pública y privada junto con exportaciones crecientes, acciones diplomáticas mediante, deberían encabezar la estrategia. La construcción tiene un importante componente multiplicador y de mano de obra con escaso impacto externo. Las exportaciones no sólo tienen efectos extendidos, sino también la ventaja de garantizar solvencia externa para fortalecer la capacidad negociadora, la oferta global y satisfacer sin sobresaltos la deuda en divisas.

Las siguientes proposiciones se inscriben en esa dirección. Reducción de encajes y redescuentos sectoriales según la capacidad ociosa. Equilibrio fiscal de caja, excluidos pagos por deuda externa. El Banco Central adquirirá en el mercado las divisas para el Tesoro hasta donde lo permita la tasa de cambio compatible con la estabilidad de precios. El nivel de las exportaciones será el adecuado para sufragar los gastos en divisas que demanda una economía en sostenida expansión. Ajustada la deuda con los acreedores, la nivelación de la cuenta corriente externa sería una garantía para el equilibrio.

En materia impositiva parece razonable: en el impuesto a las ganancias diferenciar la alícuota según se distribuyen o no utilidades. En el primer caso la alícuota debería rondar el 40% y en el segundo el 15%. De esta manera se privilegia la reinversión y se evita el endeudamiento para economizar impuesto. Las firmas que adquieren bienes de capital de origen nacional podrían deducir el 20% del costo como gasto del ejercicio si no se puede implantar un régimen de amortización acelerada. Eliminar exenciones y desgravar los reintegros a las exportaciones mejorarían la técnica. El régimen denominado renta y patrimonio mundial denuncia esterilidad y constituye un obstáculo para repatriar capitales.

El impuesto sobre los bienes personales constituye una rémora cuando no contempla deudas y rendimientos de los activos y, para peor, si en la práctica se limita a gravar los bienes registrables, transgrediendo su naturaleza. La repatriación de ahorros de residentes sin averiguaciones disuasivas debería constituir una estrategia para capturar el ahorro externo y ganar solvencia.

En el impuesto al valor agregado debería examinarse las ventajas de sustituir el sistema devengado por el percibido. Ello sería ventajoso en una economía con escasa monetización y favorecería el cumplimiento voluntario. Simultáneamente debería reducirse la alícuota.

Por supuesto, este enfoque descuenta la firme convicción de que la Argentina institucional y humanamente sabrá ponerse de pie y crecer. Que una atenta y estratégica acción diplomática trabajará al servicio de la expansión comercial del país, para lo cual la negociación de la deuda atada a comercio resultaría indispensable. Y finalmente que se entienda, como diría Perroux, que el desarrollo es un desafío colectivo y si se me permite, no una aspiración mesiánica o utópica.

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