Lunes  03 de Marzo de 2008

Como articular la macroeconomía con la mesoeconomía

La actividad económica luce esencialmente bien. Pero no deja de registrar ciertas incógnitas a futuro. El enfoque mesoeconómico es tan legítimo como necesario. Permite un examen más sistemático de las situaciones productivas sectoriales

Mientras la actividad económica sigue a fuerte ritmo, las autoridades económicas abordan un tratamiento más sistemático de las situaciones productivas sectoriales, profundizando una visión mesoeconómica. En este punto, vale hacer algunas precisiones acerca de los nexos entre macroeconomía y mesoeconomía.

El enfoque mesoeconómico es tan legítimo como necesario. El examen de las cadenas de valor permite detectar ‘externalidades negativas’ o algo por el estilo en esos ámbitos, como ser trabas varias, estrangulamientos, insuficiencias de coordinación, umbrales definitorios para la verificación de los efectos de las medidas, etc..Tiempo atrás, las políticas activas de tenor mesoeconómico eran muy impugnadas; hoy, con matices, se ven reconsideradas.

¿Cómo articular lo mesoeconómico con lo macroeconómico? Hay dos opciones gruesas, fundamentales: a) la de carácter aditivo, en tanto a las políticas mesoeconómicas se las concibe adicionándose a sanas políticas macroeconómicas básicas, propulsando así efectos sinérgicos, y, b) la de carácter alternativo, en tanto a las políticas mesoeconómicas se las percibe como una fórmula para escapar -una alternativa- a la incidencia de flojos cuadros macroeconómicos básicos.

Un claro ejemplo de esto último se plasmó con los planes de competitividad de Cavallo en 2001 (que tuvieron cierto antecedente en las ‘medidas ofertistas’ de los tempranos noventa). Aquéllos buscaban aplicar una casuística a nivel sectorial con vistas a reducir, ‘a medida’, algunos tributos y trabas de orden burocrático y laboral que podían molestar el desempeño sectorial.

En ese entonces, ya cundía el marasmo macroeconómico: el retraso cambiario lucía insostenible, se perfilaba la fuga de capitales, se agudizaba la recesión y el desempleo, el sector fiscal colapsaba. Por ende, lo mesoeconómico era inocuo para torcer la historia, y la macro ‘se la llevó puesta’ a aquélla. Igual aconteció con el llamado ‘factor de empalme’, una medida paraarancelaria ligada a la canasta de monedas.

¿Qué ocurrió en el fondo? Esencialmente, recuérdese que hay dos órdenes bien distintas de magnitud: la macroeconomía, lidiando con los equilibrios fundamentales, depara una magnitud natural -y de tangibilidad- de efectos, muy superior a las de la mesoeconomía. Un desequilibrio macro -vgr., de tenor cambiario-, para ser compensado en el plano mesoeconómico, requeriría de medidas en ese plano de un nivel cuasi infinito, y, por ello, imposibles.

En el presente, las cosas son, prima facie, muy diferentes. Hay una fuerte expansión, el tipo de cambio es aun relativamente alto, el frente fiscal y el del comercio exterior lucen mucho más robustos. Luego, el accionar mesoeconómico no debe compensar un desvarío macroeconómico -una misión imposible- sino que tiene que calzar con una macroeconomía apta en lo esencial. Los efectos, más que entrecruzarse, podrían sumarse.

De todas maneras, una vez dicho esto, conviene no aletargarse. Una buena macroeconomía, habiendo aclarado que es la variable de base y de más alcance, exige una gestión permanente. Deséchese la idea de un curso inercial, tipo ‘piloto automático’.

Hoy, la macroeconomía luce esencialmente bien. Pero, no deja de registrar algunos desvíos y ciertas incógnitas a futuro. Véase, por ejemplo, que existe una erosión de la competitividad cambiaria no desdeñable, que lleva riesgos.

Además, la cuestión de la inflación sigue abierta. Por de pronto, se echa en falta un nuevo índice de precios. En materia fiscal, conviene que las autoridades publicitarán su compromiso por un -factible- superávit del 4% del PIB. La discusión salarial, por su lado, nutre severos interrogantes, lo que complica trazar un horizonte más extendido y cabal para la política de precios, no disipándose, de paso, el temor de tensiones entre precios y salarios.

En fin, para que prime el criterio aditivo citado en esta nota, las juiciosas acciones mesoconómicas deben empalmar con una buena macroeconomía, sometida a permanente vigilia.

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