Bush y la odisea iraquí

La guerra en Irak desde los días de su concepción hasta la sangrienta realidad de hoy no puede sino calificarse de una gran desventura. Fue mal concebida y pobremente planeada. Las razones para justificarla son actualmente sospechadas de falsas o lo que es peor de haber sido falseadas por sus impulsores. Si bien falta la perspectiva que otorga el tiempo para poder juzgarla desde la historia, todo parece indicar que fue un inmenso error, difícil de reparar. Y que aquellos dirigentes de primera línea responsables deberán, tarde o temprano, pagar el precio que en definitiva corresponda.

George W. Bush es desde ya el principal responsable. Inquieta decirlo porque es el líder del país más poderoso de la tierra, con todo lo que ello implica. Sus errores determinarán en buena medida el futuro, por ejemplo, de la lucha contra el terrorismo y de la democracia en el Tercer Mundo.

No supieron por lo pronto sincronizar fuerza con diplomacia ya que aquella se convirtió muy pronto en un fin en sí mismo en detrimento de ésta.

En vez de darle aire a los inspectores de las Naciones Unidas, que no podían encontrar lo que no existía, invirtieron torpemente la carga de la prueba de la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, que hoy claramente opera en su contra, cuando en los instantes previos recaía por completo en Saddam Hussein.

Ignoraron a sus aliados: Rusia, Alemania y Francia hubieran acompañado la acción militar (quizás sin argumentos para no hacerlo) de haber existido un plazo mayor para iniciarla. Cuatro meses de paciencia –que ya se habrían cumplido–, nueve en el peor de los casos –que estarían por cumplirse–, hubieron sido suficientes para incorporar en su favor los votos necesarios en el Consejo de Seguridad, legitimando toda la cuestión y facilitando en grado decisivo el manejo de la posguerra. Lo que es peor, no lo consideraron necesario: crearon para sí y para el mundo la doctrina de la guerra preventiva, dándole además carácter oficial ignorando así décadas de ordenamiento estable del derecho internacional.

Centraron sus decisiones en el peligro inminente del uso de las armas citadas sin información que lo sustentara: escucharon lo que querían escuchar y lo que escucharon al transmitirlo lo exageraron. Así llegamos a nuestros días. Bush sabe que irse es peor y tiene razón. Y que quedarse es inevitablemente pagar el precio. Por otro lado ya siente el cosquilleo de la reelección (y el fantasma de su ocaso). ¿Por qué la inquietud si domina el Congreso y la mayor parte de los gobiernos estaduales; si el éxito fulgurante de Arnold Schwarzeneger juega a su favor, si su acceso al dinero electoral es mucho más fluido que el de sus adversarios y si una parte cualitativamente importante de los medios lo tratan con deferencia? Es Irak que lo persigue. Y como se decía en tiempos de Clinton, es la economía: enormes déficits crecientes y desempleo.

Y aparece un Bush algo distinto. Menos agresivo y provocador, con mayor inclinación al diálogo ( lo prueba el proceso que condujo a la aprobación de la última y muy reciente resolución del Consejo de Seguridad referente al procedimiento de devolución de la soberanía al pueblo de Irak) . Cuidando además algo más las relaciones en su patio trasero. Criticando con moderación a la prensa diciendo que sólo expresa las desventuras en Irak sin hacer mención a los logros, lo cual es cierto en algún sentido. Expresando, creemos que sincera y acertadamente, que no es el momento para abandonar la escena iraquí.

Parece haberse dado cuenta de que la imagen que quiso dar, de libertador triunfante, es amenazada por la de una ocupación ilegal. Todo ello sin poder arriar las banderas iniciales, con lo cual corre el riesgo para 2004, inevitable por cierto, de que por promover su causa termine polarizando la opinión y los votos, en forma directa de las tragedias del desierto.



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