Agosto mágico en la Quebrada de Humahuaca

Si bien cualquier época del año es adecuada para recorrer los imponentes paisajes de Jujuy, agosto tiene el especial clima que al mes entero le imprime el “Día de la Pachamama . Los festejos religiosos otorgan cientos de matices a los pueblos más bellos del norte argentino

La Quebrada de Humahuaca se extiende a lo largo de 155 kilómetros, de sur a norte, entre el pueblo de Tumbaya y la ciudad que le presta su nombre. Allí, un rosario de sitios ilustres como Purmamarca, Maimará y Tilcara convive a los pies de las formaciones de Yacoraite, junto a los menos conocidos Alfarcito, Juella o Uquía.

Todos ellos, sin embargo, comparten algunas características fundamentales: la fuerte presencia indígena que nace hace varios milenios y se extiende al presente, la huella fundamentalmente arquitectónica y religiosa del paso dispar de los conquistadores, la belleza áspera de sus paisajes y la abundancia de sus fiestas que salpican cada mes del calendario.

Tanto es así que apenas en unos días es posible vivir fiestas para enamorarse de esta tierra y su gente, como ocurre con una celebración quizá más importante que el Carnaval Norteño, pero mucho menos estridente y privada, como es el Día de la Pachamama, que se celebró el 1º de agosto pero que en realidad afecta a todo el mes. No alcanza el espacio para contar de qué se trata la religiosidad indígena, pero sí se puede decir que la Pachamama es la madre tierra, dadora de alimento, de sustento. Y agosto es el mes que se le dedica porque este es el tiempo previo a la siembra. Se agradece por la cosecha anterior y se pide que no falte nada en la siguiente mediante la corpachada. Se trata de un rito en el que se entierra cerca de la casa una olla de barro con comida cocida: quinoa, papines, humitas, picante de gallina. También se pone coca, alcohol, vino, cigarros y chicha para carar (alimentar) a la Pachamama. Paralelamente, las casas se ahuman con el humo de las hojas de coca ardiendo sobre un brasero. Luego será el momento de cantar, celebrar y sentirse en comunión con la tierra. Claro que la mejor manera de ir tomando el pulso a la quebrada es recorrerla sin saltearse ninguno de sus pequeños rincones. Después de todo, son apenas 150 kilómetros. Seis son los puntos salientes para destacar. Cada uno de ellos contiene atractivos que ameritan detenerse:

Purmamarca: Apenas 15 kilómetros al norte del comienzo de la Quebrada, Purmamarca es mucho más que la postal de su esquina de venta de artesanías con el cerro de Siete Colores de fondo. Es verdad que allí hay otra capilla histórica y una feria artesanal en la plaza central. También que se ha construido El Manantial del Silencio, un hotel pequeño y acogedor construido con materiales nobles y respetando el estilo de la zona.

Pero son las excursiones que pueden emprenderse desde Purmamarca las que seducen con mayor fuerza. Desde la pequeña caminata del Paseo de las Coloradas, que recorre gentilmente las formaciones pintadas de mil tonalidades de rojos, verdes y ocres ubicadas detrás del famoso cerro, hasta verdaderos raids por la Puna.

Es que a 126 kilómetros de Purmamarca en dirección Oeste se encuentran las Salinas Grandes, un mar blanco y sólido en donde hace miles de años hombres sufridos, y esto no es retórico, extraen de la tierra los despojos que dejó el mar que allí reinaba en tiempos remotos.

Esta depresión salina se extiende a lo largo de 12.000 hectáreas, pero antes de alcanzarlas habrá que cruzar los caseríos de Quisquira, Patacal y La Ciénaga, y serpentear los límites más altos de la Quebrada por la sinuosa Cuesta de Lipán, todo un espectáculo en sí misma.

Maimará: Las poco más de 500 casas que forman Maimará a veces se pasan de largo junto a la calle principal, a la sazón la ruta 9, yendo de Purmamarca a Tilcara.

Al salir ya del caserío es posible ver el cementerio, que a principios de noviembre se llena de actividad y color para el Día de Todas las Almas. Pero así como la zona fue declarada patrimonio cultural de la Humanidad, en Maimará hay mucho para ver, especialmente si uno se toma el tiempo de sentarse a esperar que surjan encuentros y conversaciones en un antiguo bar donde los parroquianos desfilan. Aunque también se puede visitar la pequeña biblioteca municipal, sitio de historias sorprendentes.

Tilcara: Es, sin dudas, el pueblo de la región que más ha crecido a nivel turístico. Aquí se construyeron los mejores alojamientos y es donde conviene hacer base. Lugares para hacerlo, hay y muy buenos. Uno de ellos es la Posada Rincón de Fuego, ubicada entre las gargantas del río Huasamayo y la plaza. Su cuidada decoración, sus techos de caña y maderas de cardón, junto a sus paredes de piedra, brindan un marco ideal para disfrutar de los tamales, humitas y locros que llegan desde la cocina.

Posada con los ngeles es otra opción. Su fachada sencilla exhibe las características propias de la arquitectura tradicional jujeña: bases de piedra, muros de adobe y techos cubiertos con torta de barro, que aseguran un clima agradable en cualquier época del año. Las pinturas de ángeles de la escuela cuzqueña que coronan las habitaciones son un detalle diferente.

A pocas cuadras de distancia, Quinta La Paceña también muestra su origen del siglo XIX y el adecuado reciclado que realizaron sus dueños, arquitectos por supuesto. Su nombre remite a los 3.600 m2 poblados de árboles frutales que proveen la materia prima para deliciosas mermeladas caseras. No menos atrayente es la Posada de Luz, que dispone de apenas seis confortables habitaciones.

No importa en cuál de estos sitios uno se aloje, siempre la primera excursión será al Pucará de Tilcara. Símbolo local, es una reconstrucción de la ciudadela ubicada al tope de un cerro a orillas del Huasamayo. Subiendo por el cauce de este río, se llega a otro punto importante como es la Garganta del Diablo, desfiladero angostísimo que en verano exhibe toda la furia del agua que desciende sin tapiz vegetal que la frene, transportando rocas de tamaños impensables.

Más alto aún, rondando los 3.000 metros de altitud, el diminuto pueblo de Alfarcito es un recorrido que combina el trekking de media dificultad (por lo que cuesta respirar, no por la geografía) con la visita al mundo de pequeños pastores. También se puede sortear gran parte del trayecto en un remís.

De nuevo en la ciudad, la famosa feria artesanal de la plaza central suele decepcionar por la cantidad de “artesanías importadas de talleres semi industriales de Perú y Bolivia. Habrá que rastrear un poco más para dar con verdaderos artesanos locales, como por ejemplo, las Hijas de la Luna, un grupo de mujeres tejedoras que hacen magia con sus telares. Y si se busca combinar la belleza del lugar con algo más de actividad, todos los días hay salidas en bicicleta que llegan hasta la Garganta del Diablo, hasta Juella vía la laguna de los Patos, o bien hasta Maimará vía Chicapa, entre otras opciones.

Uquía: Si se viaja en auto propio, al salir de Tilcara hay una serie de sitios que exigen una parada. Uno de ellos es Huacalera, donde se ubica el hito que indica el paso del Trópico de Cáncer.

Pero el siguiente punto, Uquía, tiene un atractivo mucho más concreto. Es que en una tierra en donde abundan las iglesias históricas, coloniales, con techos de cardón y paredes varias veces centenarias hechas de adobe, la de Uquía se muestra de modo especial: su altar mayor de madera trabajado a mano en el siglo XVIII, las tallas de estilo barroco y las pinturas de la escuela cuzqueña son imanes para quienes guardan en sus valijas algo de sensibilidad por el arte.

Humahuaca: Debiera estar prohibido que los turistas recorran de un solo tirón los 155 kilómetros que hay entre San Salvador de Jujuy y Humahuaca, para llegar al mediodía a ver cómo la imagen mecánica de San Francisco Solano sale de la torre de la municipalidad. Encima, mientras eso ocurre, un insoportable parlante repite como una letanía la misma alocución día tras día. Y no vaya a creerse que se trata de un capricho de la gente de la iglesia vecina, la catedral de 1641, consagrada a Nuestra Señora de la Candelaria. No, estos pobres hombres de fe también han de aguantar el rito cada mediodía.

Al momento en que se junta la muchedumbre, aparecen los chiquitos ofreciendo coplas por una moneda o, mucho mejor, actuar como guías de turismo para visitar poblaciones vecinas o recorrer la ciudad.

Desde la propia plaza, subiendo una escalinata salpicada de artesanos, están los restos de la torre de Santa Bárbara, una fortificación española del siglo XIX sede del combate librado contra la Confederación Peruano-Boliviana.

Además, habrá que encontrar el tiempo para visitar el Museo Arqueológico, pero sobre todo el Museo del Caranaval Norteño, que si está abierto es imperdible. Creado por Don Sixto Vázquez Zuleta, un personaje tan extraño como admirable: periodista, museólogo, escritor y devenido dueño de un acogedor pero sencillo hostel. El museo es un compendio de todas aquellas costumbres y creencias que acaban por explicar buena parte de una cosmovisión propia de la gente de la quebrada, de la Puna y del Altiplano. En fin, una de esas riquezas que han hecho que el mundo ponga de modo diferente los ojos en el norte argentino.

Tomás F. Natiello