Lunes  12 de Julio de 2010

Acortar el tiempo de derechos de autor puede servir para respetarlos

La piratería y el intercambio de archivos por la web ponen en entredicho la política actual sobre propiedad intelectual. Muchos proponen acortar su periodo de vigencia para controlar mejor y evitar la violación masiva de la ley

Cuando escritores, músicos, pintores y editores evalúan los daños ocasionados por el naufragio de los derechos de autor, pueden echarle la culpa a mucha gente –a los proveedores de servicios de Internet, a compañías como Google y la firma que ésta adquirió: YouTube, y al intercambio de archivos entre pares– pero ellos también son responsables.

El fallo del mes pasado de un tribunal estadounidense, que desestimó la demanda que le inició Viacom a YouTube por haber sido el soporte de centenares de miles de videoclips que violaban los derechos de sus firmas MTV y Comedy Central, entre otras, es otra evidencia de la debilidad a la hora de hacer cumplir los derechos de copyright.

Aparte del clima legal, los editores, las empresas de música y los estudios de Hollywood deben enfrentar la dura realidad: han perdido la batalla de la superioridad ética. Mucha gente ya considera aceptable hacer y publicar copias digitales ilegales, porque cree que la ley es idiota.

Hasta los editores lo piensan. Cuando la revista Rolling Stone obtuvo la entrevista con el general estadounidense Stanley McChrystal que hizo que este finalmente tuviera que dejar su puesto al mando de las fuerzas de su país en Afganistán, tanto Time como Politico publicaron una copia online antes de que la propia Rolling Stone la pusiera en Internet. Como señaló David Carr en The New York Times, esto “equivale a sacar el dinero del bolsillo del competidor”.

Parte de la responsabilidad por este lamentable estado de cosas corresponde al momento de arrogancia que vivieron los propietarios de derecho de autor hace 12 años, cuando el Congreso de EE.UU. aprobó la denominada Ley Sonny Bono que extendía, una vez más, la protección de los derechos de autor a un período máximo de 95 años. Según la ley estadounidense, Rolling Stone tenía casi un siglo para determinar cómo y dónde podía reproducirse su artículo; en la práctica, tuvo alrededor de cinco minutos.

Esta ley –que fue la última en una larga serie de extensiones del período de cobertura desde que la Constitución de Estados Unidos consagró la protección de los derechos de autor y de patente– fue aprobada tras un fuerte lobby por parte de compañías mediáticas como Walt Disney. Esta última, por ejemplo, anticipaba el peligro de que personajes como Mickey Mouse perdieran la protección.

La legislación fue ridiculizada, con razón, por académicos como Lawrence Lessig, de la Universidad Stanford, y James Boyle, de Duke, por extender excesivamente el monopolio de derechos y bloquear durante décadas el acceso al dominio público de una cantidad de obras. En comparación, en EE.UU. las patentes expiran 20 años después de ser concedidas.

“La actual política con respecto a la propiedad intelectual es abrumadora y trágicamente mala”, escribe el profesor Boyle en su libro sobre el dominio público, The Public Domain, en el que sostiene que la mayoría de los tenedores de derechos de autor ganan todo el dinero que tienen posibilidad de ganar por una obra en un plazo de entre cinco y 10 años después de hacerla pública, y el resto corresponde a algo similar a comprar un billete de lotería premiado, en los casos realmente excepcionales de autores y artistas como J.K. Rowling, la creadora del personaje Harry Potter.

Originalmente, los derechos de autor eran muy restringidos. El Estatuto de la Reina Ana, del año 1710, le dio a los escritores británicos derechos por 14 años (aunque también es cierto que la gente tendía a morir más joven en el siglo XVIII). En 1774, la Cámara de los Lores decidió que los derechos perpetuos sobre la propiedad intelectual eran ilegales, posición que luego fue seguida por la Constitución estadounidense.

Además, la protección de los derechos de autor no sólo se ha prolongado en el tiempo, sino que también se ha ampliado. Lo usual era que los que gozaban de estos derechos en EE.UU. tuvieran que solicitar una extensión de los mismos, pero ahora esta extensión se concede automáticamente. La ley Digital Millenium Copyright, sobre la que se basó Viacom para demandar a YouTube, consagró la gestión de derechos digitales y la tecnología para la protección de textos.

En la práctica, sin embargo, los derechos de autor se han convertido en una quimera para muchos artistas y editores desde la Ley Sonny Bono, porque es impopular y muy difícil de hacer cumplir. Los esfuerzos por perseguir a los que comparten archivos entre pares a través de los proveedores de servicios de Internet, como se intentó, por ejemplo, en la Ley de Economía Digital, aprobada en el Reino Unido en abril, enfrenta enormes dificultades prácticas.

El fallo del juez federal Louis Stanton, del distrito sur de Nueva York, que determinó que lo único que se requiere de YouTube es que baje del servicio los clips que infrinjan los derechos de autor cuando Viacom u otras compañías le adviertan de su existencia, es parte de este patrón de debilitamiento del copyright. El juez declaró que “el mero conocimiento de la actividad [de infringir] en general” no implica que YouTube esté violando la ley.

Yo considero que el juez está equivocado, y es probable que el tribunal de apelaciones revoque su sentencia. Es difícil creer que la Corte Suprema, que en 2005 dio un fallo enérgico contra el servicio para compartir archivos Grokster y hace poco declinó hacer más estricto el notoriamente amplio alcance de las patentes de métodos de negocio, acepte que un sitio puede pasivamente esperar las objeciones cuando se trata de la violación masiva de derechos de autor.

Pero eso nos deja con el absurdo de que que estos derechos sean cada vez mayores en teoría, pero se pierdan en la práctica. Como dice el profesor Lessig en su libro Free Culture sobre la piratería comercial: “Pese a las muchas justificaciones que se ofrecen en su defensa, nadie debería condonarla y la ley debe detenerla”. Esto es cierto, y sospecho que la mayor parte de los artistas optarían por un plazo de cobertura de copyright de 20 años que se hiciera cumplir rigurosamente y les diera los derechos que una ley supuestamente debe dar, en lugar de un siglo imaginario de protección poco efectiva.

En contraste con la naturaleza disputada de los derechos de autor, la ley de patentes presenta menos dificultades. La duración de las patentes es más limitada y la industria farmacéutica, que en alguno momento estuvo bajo constante ataque, no sólo enfrenta la competencia de los genéricos sino que encontró formas de vender medicamentos baratos en los países en desarrollo.

Los propietarios de derechos de autor han dado señales de responder a las presiones legales y comerciales. Hulu, el sitio estadounidense de video manejado por varias cadenas de televisión, anunció recientemente un sistema de abono por u$s 10 mensuales, como parte del esfuerzo de la industria por darle a los consumidores digitales lo que quieren.

Los editores deberían estar dispuestos a ofrecer términos de protección más cortos y menos amplios para recuperar su legitimidad. Ese fue el enfoque que ignoraron doce años atrás, y hacerlo fue un terrible error estratégico.

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