Lunes  28 de Junio de 2010

Acerca de la “devaluación indirecta”

Se perfila un debilitamiento competitivo, pero un ajuste del tipo de cambio por el momento está contraindicado. ¿Cómo resolver el dilema?

Hemos puntualizado el riesgo de penetrar en una recidiva del dilema cambiario: opción pro competitiva del tipo de cambio versus su uso como ancla de la inflación. En el presente, esto último es lo que predomina, con lo cual, dado un dólar nominal tirando a fijo y el ritmo de los costos internos no cambiarios, el debilitamiento competitivo se perfila. Este dato ya se veía en 2008; el ajuste del dólar del 26/27% durante la crisis mundial, oxigenó algo ese frente, pero el efecto se fue diluyendo. La serie del tipo de cambio real multilateral del Banco Central refleja menos el fenómeno, pero, como comentamos reiteradamente, los supuestos de la serie son flojos. Además, ahora arrastra el fastidio de la roma credibilidad del índice del Indec como deflactor.

Pero, a la vez, una serie de circunstancias de peso contraindican, hoy, aplicar una devaluación correctora. Un ajuste cambiario fuerte, como lo dijimos en su momento, era bien factible durante la crisis mundial, sin sobre excitar, por sí, la inflación. Este anticipo, en esa fase, se cumplió plenamente. No obstante, las circunstancias variaron en el presente, y de allí la citada contraindicación. Entonces, atisba el dilema, por el lado competitivo. Tanto más en perspectiva.

No extraña que en condiciones como las citadas, resurja en los análisis un viejo conocido en lo conceptual: la “devaluación indirecta”. En los 90, se nos abrumó con la letanía de la devaluación indirecta, y sus mecanismos, como gambeta al dólar fijo nominal y bajo real: el desagio del valor de los servicios, el régimen de especialización industrial, la rebaja de aportes laborales, la ultra flexibilización laboral, etc.. ¿Qué aprendimos de toda esta parafernalia?. Que, llegado el caso, para devaluar... nada mejor que devaluar, directamente. Luego, la sensatez aconsejaría: tratemos de “no llegar al caso”.

Varios resortes son esgrimidos de cara a una supuesta devaluación indirecta, buscando adecuar tal o cual costo. Hay quienes, con aromas del “ofertismo” -que sirvió poco en los 90- vuelven a la carga con el manejo fiscal y con la bonificación de costos que podría aplicarse en el plano laboral. ¿Por qué, por ejemplo, no aplicar a cuenta del IVA las subas de salarios que se están otorgando?. Acotaríamos así el costo laboral de las empresas, con algún rebote en la faz competitiva. No obstante, no suena muy lógico forzar recursos fiscales para ir detrás de una variable que, en gran medida, traduce la distorsión de una inflación efectiva alta.

Se habla también del aporte de una reducción del costo financiero inversor. Sin duda, avanzando fuerte y con cierta masividad en este frente, asomaría un positivo influjo capaz de derivar en algo de distensión cambiaria real. Pero, aquí es ineludible una compulsa de magnitudes: cuánto de mejora efectiva del crédito y cuánto de erosión de la competitividad cambiaria directa. Y, en esencia (y en causalidad), ¿no es con un tipo de cambio seriamente competitivo, sin sombras de “retraso”, el modo más palpable, dentro de una matriz de conjunto orgánica, de contar con bajas tasas de interés y con el uso productivo del crédito?.

En fin: un dilema es un dilema; máxime el cambiario. Mejor no ahogarse en él. Sabemos que hoy es impropio devaluar; pero, esto no borra el dilema. Porque, en el agregado, confiar demasiado en la solución de la devaluación indirecta, costo por costo, si el desalineamiento fuera severo, equivale a correr la liebre montados sobre una tortuga.

Un enfoque indirecto (en el que cabría alguno de los aspectos anteriores) de más entidad, es buscar cauce al proceso de la inflación efectiva, con alguna meta declinante creíble, encuadrando la puja de ingresos y con más sintonía de la demanda. Las conversaciones CGT-UIA podrían ayudar al respecto, aunque la palabra definitiva la tiene el gobierno. Si ese proceder prosperara, el Banco Central podría retomar algún margen para el manejo cambiario competitivo directo, clave, como base, para sustituir y exportar.

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