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ABC de la política energética de Trump

Aún con poca información específica respecto de las medidas que adoptará, el Presidente de los Estados Unidos parece abrir una era que aleja a este país del desarrollo renovable y lo acerca más a los hidrocarburos. Las contradicciones.

por  NICOLÁS DAHER

Desde Londres, Inglaterra
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ABC de la política energética de Trump

No es ninguna novedad que la gestión de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos (EE.UU.) promete ser muy distinta a la de su antecesor, Barack Obama. Y tal vez sea el energético uno de los sectores en donde las diferencias sean más notorias.

Hasta ahora, el único documento oficial referido a la política energética del nuevo gobierno -un escueto comunicado carente de datos y referencias a fuentes o informes respaldatorios, titulado Estados Unidos Primero, Un Plan Energético- sostiene "el compromiso de la administración Trump con las políticas públicas energéticas que disminuyan costos para las familias trabajadoras estadounidenses, maximizando el uso de recursos propios y liberándonos de la dependencia del petróleo extranjero". En el documento, el Presidente muestra que la meta de su política energética será aumentar la producción, apostando a los combustibles fósiles y dejando de lado las consideraciones ambientales, un sello de la gestión Obama.

Aunque no brinda la información en la que basa sus cálculos, su gobierno asegura que, bajo suelo estadounidense, hay u$s 50 billones en recursos hidrocarburíferos y que hará todo lo necesario para explotarlos, empezando por permitir la actividad petrolera en tierras federales y en la plataforma submarina (dos cosas a las que Obama fue siempre reticente), y remover algunas regulaciones ambientales, en especial el Plan de Acción Climático y la Ley de Aguas Limpias, dos políticas emblemáticas de la gestión anterior (la primera establece estándares muy exigentes sobre emisiones de dióxido de carbono -CO2- para la generación de electricidad; la segunda regula el uso del agua en el país).

Como señal de su apuesta por la industria petrolera, apenas asumido, Trump aprobó la construcción de los oleoductos Keystone XL y Dakota Access, hasta entonces frenados debido a sus impactos ambientales. Asimismo, el documento explicita su interés por repuntar la industria del carbón (cuyo 2016 fue el peor año de los últimos 40, según la Administración de Información Energética de los Estados Unidos, EIA por sus siglas en inglés), en especial la del "carbón limpio" -que consiste en capturar y almacenar el CO2 emitido, o inyectarlo en pozos petroleros para hacer una "recuperación mejorada de petróleo".

No obstante, hay consenso entre los especialistas de que la causa del ocaso del carbón como combustible se debe a su imposibilidad de competir contra el gas natural barato, consecuencia del boom del shale que Trump quiere replicar. Más difícil aún sería apostar a la producción de "carbón limpio", una tecnología incipiente y todavía muy cara, lo que aumentaría el precio del producto final, imposibilitando aún más su viabilidad económica. Lo que es más, según el Centro de Políticas Públicas de Energía de la Universidad de Pensilvania, si Trump decidiese otorgar subsidios al carbón, esto afectaría negativamente a la industria del gas natural, lo que hace que las metas de su política energética sean contradictorias.

En este sentido, el reemplazo del carbón por el gas natural que se está dando en los EE.UU. va a continuar independientemente de la existencia o no de regulaciones ambientales y otras políticas públicas; aunque la EIA estima que su eliminación desaceleraría la caída en la industria del carbón, de ninguna manera implicaría un repunte.

Además de buscar impulsar el empleo y la producción nacional de energía, con su política, Trump quiere independizarse de la OPEP y cualquier otro país "hostil a los intereses estadounidenses", un objetivo casi cumplido por Obama. Según el Reporte Anual Energético 2017 de la EIA, publicado en enero, en 2015, los EE.UU. tuvo el nivel más bajo de importaciones de petróleo desde 1970 y menos de un tercio de ellas provinieron de países de la OPEP, siendo Canadá su principal exportador.

Las grandes ausentes del plan del presidente son las energías renovables y la nuclear: no hay mención alguna a ellas. En el caso de las primeras, sendos expertos consideran que su expansión no va a ser entorpecida por la nueva administración y, como proyecta la EIA en su Reporte Anual 2017, el consumo de energía renovable va a crecer más rápido que el de cualquier otra fuente hacia 2040. En cuanto a la nuclear, el flamante secretario de Energía, Rick Perry, mostró su determinación a trabajar en una solución para el problema de los residuos nucleares -que, hoy en día, es el principal cuello de botella para el desarrollo del sector en los EE.UU.- por lo que la industria se está preparando para una nueva era de bonanza.

Dado el plan energético, la campaña electoral con la que Trump llegó a la presidencia y su gabinete (que cuenta, entre otros, con Rex Tillerson, exCEO de ExxonMobil, como secretario de Estado) es claro que el nuevo gobierno va a impulsar por todos sus medios la industria de los combustibles fósiles. Sin embargo, todavía no hubo grandes anuncios de inversiones. Habrá que esperar para ver cómo es el futuro energético de la principal economía mundial.

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