Martes  25 de Mayo de 2010

200 años de confrontación que marcaron el pasado, complican el presente y amenazan el futuro

La administración kirchner heredó un modelo industrialista que sostuvo en los primeros años a través de un dólar competitivo. Hacia adelante, la sospecha es que acudirá cada vez más a medidas que impliquen aislarse del comercio internacional. La Presidenta criticó a “los que en realidad dicen que vamos muy lento y que no hacemos la revolución como corresponde”

Cumplir doscientos años es la mejor razón para detenernos un instante a mirar el camino recorrido. Y para poder determinar con mayor certeza hacia dónde vamos. Un ejercicio imprescindible que la Argentina se debe y que todos los argentinos nos debemos, cualquiera sea el lugar del país y de nuestra historia en el que nos encontremos.

Y el primer vistazo a nuestro pasado nos muestra que la confrontación interna es nuestro rasgo distintivo como Nación. Los historiadores de cada época y diferentes pensamientos nos han contado las dificultades que las divisiones le causaron a la Primera Junta de 1810. Nos han revelado que el principal obstáculo del general José de San Martín no fueron las tropas españolas durante la gesta libertadora sino las batallas que debió librar contra sus enemigos burócratas de Buenos Aires.

Aún hoy se sigue discutiendo con esa marca tan argentina de anular (de ser posible hasta físicamente) el pensamiento del otro cuando se debate sobre las figuras históricas de Bernardino Rivadavia; Juan Manuel de Rosas; Domingo Faustino Sarmiento; Hipólito Irigoyen; hasta llegar a Juan Domingo y a Eva Perón. Poco nos debería sorprender entonces que el fuego de la confrontación consuma a Alfonsín, a Menem, De la Rúa, Duhalde o a Néstor y a Cristina Kirchner, para citar a los protagonistas estelares de nuestro ciclo histórico más reciente, el de la reconstrucción democrática que empezó el 10 de diciembre de 1983, tras los oscuros ocho años de la última dictadura militar que sumió al país en el terror y el desamparo de la inexistencia de las leyes.

En esa incapacidad dirigencial para la construcción del proyecto nacional que nos debemos está el germen de las materias pendientes que arrastra la Argentina del Bicentenario. Preguntas como las que siguen sirven para comprender la magnitud de nuestros fracasos. ¿Por qué hay 15 millones de pobres en un país que produce 100 millones de toneladas de granos? ¿Por qué la brecha entre ricos y pobres acá es 35 a 1 y en Australia es 4 a 1? ¿Por qué es tan insegura nuestra mayor provincia si tiene 50 mil policías? ¿Por qué, como sucedía hace apenas cuatro décadas, los mejores colegios y los mejores centros hospitalarios ya no son los del Estado, gratuitos y con profesionales de excelencia? ¿Por qué nos vamos quedando sin vacas, sin petróleo y sin empresas nacionales que se expandan por el mundo? En las respuestas a esas preguntas, vengan de la ideología que vengan, está el problema que viene desde el principio de nuestra historia y que no podemos resolver para convertirnos en un país que consolide su desarrollo. Y la energía dedicada a la confrontación interna en cada una de las etapas políticas nos restó fuerza para crecer.

Ya parecen haber pasado de moda los tiempos en los que medíamos nuestras limitaciones contra las potencias europeas o el expansionismo estadounidense. Nuestra imposibilidad de consensuar políticas de Estado, que continúen a través de los sucesivos gobiernos y mantengan algunos objetivos nacionales prioritarios, queda al descubierto cuando nos comparamos con Brasil, Chile o la hermana república del Uruguay.

Pese a las dificultades y a las falencias de sus dirigentes, en esos países nunca se ha visto que un presidente de un partido político confronte con el candidato presidencial a sucederlo, como lo hizo Carlos Menem con Eduardo Duhalde en 1999. Tampoco se ha visto que un vicepresidente le renuncie entre denuncias a su presidente, como lo hizo Chacho Álvarez con Fernando de la Rúa, ni se ha visto una batalla interna en una coalición gobernante del fragor de la que mantienen los Kirchner con el vicepresidente Julio Cobos.

Las políticas de Estado necesitan del consenso de los dirigentes. Y eso no significa renunciar a ningún principio. Eso significa dialogar, significa posponer algunas demandas personales para encontrar un denominador común que pueda mejorarle la calidad de vida a la sociedad.

Seguramente Barack Obama soñaba con un plan de salud más completo que el que votó el Congreso de EE.UU., pero el consenso alumbró un plan de cobertura médica mejor que el que tenían antes. Seguramente Fernando Henrique Cardoso e Inacio Lula da Silva tienen miradas diferentes sobre la proyección industrial de Brasil pero ninguno de ellos frenó el impulso al crecimiento de la poderosa burguesía industrial brasileña y los resultados de una decisión que lleva medio siglo están a la vista. ¿Se volvió menos socialista Michelle Bachelet por saludar afectuosamente a Joaquín Piñera cuando las urnas indicaron que su adversario era el nuevo presidente de Chile? Hay un factor de racionalidad en nuestra dirigencia que todavía no logra imponerse al desatino del enfrentamiento como deporte nacional.

Claro que sería injusto cargar toda la responsabilidad de nuestros males a los dirigentes y dejar perfectamente a salvo al ciudadano común. La épica de la confrontación se nota cada vez más en nuestras calles, en nuestros colegios, en nuestros trabajos. El escrache, el corte de una calle o de un puente internacional para protestar por algún reclamo (la mayoría de las veces muy justos) no reparan en el derecho del otro ni en el perjuicio que se les causa a otros argentinos tan débiles quizás como los que manifiestan su descontento.

Nos peleamos con los maestros de nuestros hijos; maltratamos a los que no piensan como nosotros; nos cuesta considerar a nuestras minorías sociales y conducimos nuestros vehículos como si el resto del tránsito o los peatones fueran soldados de un ejército enemigo. El desencuentro de los argentinos es una tendencia que, lamentablemente, fortalece día a día su lugar en nuestras ciudades.

Por eso, los 200 años del país adolescente deben permitirnos un tiempo de reflexión para corregir el rumbo nacional. Los dirigentes que ejerzan el poder en el futuro deben entender que la confrontación debe ser una etapa breve e ine- vitable cuando se confronten los proyectos políticos que se ofrezcan a la sociedad, pero que deben dejarle más espacio a la construcción y al consenso cuando las urnas indiquen quiénes son los elegidos para gobernar en cada ciclo.

La Argentina es un gran país. Cada día brotan del suelo argentino ejemplos de heroísmo; de trabajo solidario; de esfuerzo personal. Cada día brilla un investigador científico, un artista o un deportista que nos refuerza el orgullo de nuestra nacionalidad tan sacudida a fuerza de dificultades.

El Bicentenario debe servirnos para renovar nuestro compromiso ciudadano y para exigirle a nuestros dirigentes las decisiones y el esfuerzo de poder construir una Argentina mejor. Un país que asuma su pasado imperfecto; colmado de contradicciones y enfrentamientos desgastantes, para consumir su energía en la edificación de un futuro que incluya la promesa tantas veces incumplida: la de una mayor calidad de vida.

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