El dato de que la economía de Brasil creció 9% en el primer trimestre de este año comparado con el mismo período de 2009, es una buena noticia que genera preocupación.

El crecimiento está liderado por la inversión que en los tres primeros meses de 2010 se expandió a un ritmo muy superior al resto de la variables: 26%, lo cual da garantías de que el ritmo es sustentable, y esto es bueno.

Pero, al mismo tiempo, la velocidad en el alza del PBI provoca el temor de que la economía se esté sobrecalentando. A tal punto que los inversores esperan que el Banco Central eleve las tasas de nuevo hoy.

Aunque el crecimiento económico de Brasil fue uno de los más rápidos del mundo en este primer trimestre, se calcula que cerrará el año con un alza del PBI de alrededor del 7%.

Este porcentaje, que lo coloca a la altura de los países emergentes asiáticos –aunque no al mismo nivel de la gran locomotora china– tiene sus riesgos: expertos advierten que la economía no puede crecer a más de 5% sin generar inflación.

Su talón de Aquiles es no haber logrado generar tasas de ahorro suficientemente elevadas. El gasto estatal es muy intensivo en salarios y jubilaciones pero es poco intensivo en inversión en infraestructura y en calidad de educación. De allí que un recorte del gasto oficial debería ser quirúrgico.

Más allá de los temores de sobrecalentamiento, el alto crecimiento económico, acompañado en forma sostenida por una caída tendencial de los índices de pobreza, es lo que explica la altísima popularidad del presidente Luiz Inacio Lula da Silva, que ronda el 80%.

Según el Banco Mundial, la tasa de pobreza cayó del 41% a comienzos de los 90, al 25% en el 2005 y ahora estaría en torno al 20%.

Brasil es un país en el que el desprestigiado “efecto derrame , que tan poco éxito tuvo en el resto de sus vecinos latinoamericanos, sí se realiza.