Superada la recesión de 2009, este año la economía argentina recuperó el sendero de crecimiento. La clave pasa ahora por dilucidar si la actual recuperación puede ser sostenible en el tiempo. La sustentabilidad de todo proceso de crecimiento se relaciona con el equilibrio externo e interno de una economía. Si alguno de estos equilibrios se ven comprometidos, aumenta la probabilidad que el proceso se aborte. El equilibrio externo se relaciona con la capacidad de generar los dólares necesarios para pagar obligaciones en esa divisa, como los intereses y la amortización de la deuda, dividendos de las empresas, y la adquisición de bienes y servicios al resto del mundo. El equilibrio interno se vincula con la capacidad de generar empleo y mejorar paulatinamente el nivel de vida de la sociedad. Por un lado, con la dinámica alcista prevista para los próximos años del precio de la soja y del resto de los commodities, el escenario internacional brindaría las condiciones necesarias para que economías como la nuestra logren el equilibrio externo. No obstante, esta entrada neta de dólares implica una paulatina apreciación del tipo de cambio real que puede llegar a distorsionar el equilibrio interno: en las economías en donde la competitividad no es sistémica (y donde el tipo de cambio depreciado funciona artificialmente como fuente de competitividad y protección), la apreciación cambiaria terminaría forjando un nuevo escenario interno, con más desempleo y menor nivel de actividad. En este contexto, los gobiernos tienen dos opciones “básicas en materia de política cambiaria. Primero, pueden dejar que el tipo de cambio nominal sea determinado por el mercado, convalidando una apreciación nominal y real de sus monedas con respecto al dólar. Este fortalecimiento del tipo de cambio estimularía la demanda de dinero (las monedas locales pasan a ser más valiosas) y funcionaría asimismo como ancla anti inflacionaria. A modo de ejemplo, Brasil ha elegido esta opción. De la mano de un ingreso neto de capitales prácticamente constante, su tipo de cambio nominal pasó de 3,1 a 1,7 Reales por dólar en los últimos cinco años, con una tasa de crecimiento y de inflación promediando el 5%. En este caso puntual, Brasil puede dejar apreciar nominalmente su moneda porque, además de contar con competitividad sistémica (¿no precio?) en muchas de sus ramas de actividad, las bajas tasas de inflación de los últimos años le permitieron generar una demanda de moneda local capaz de estimular el ahorro privado, suficiente para desarrollar el mercado de crédito necesario para amortiguar los efectos negativos de la apreciación cambiaria. De este modo, la política crediticia de su Banco Nacional de Desarrollo ha estimulado la competitividad genuina en gran parte de la industria brasilera.

La segunda opción es que los gobiernos generen políticas activas de intervención en el mercado cambiario, con el objeto de evitar la apreciación nominal de su moneda. Esta política es efectiva sólo si se lleva a cabo sin generar inflación. De lo contrario, con aceleración del nivel de precios, los bienes, insumos y factores internos se encarecen más allá de lo que ocurra con el tipo de cambio, haciendo que la economía pierda competitividad. Particularmente, Chile ha optado por esta política cambiaria: el gobierno trasandino compra el exceso de oferta de dólares con superávit primario proveniente de las exportaciones de cobre, evitando que el tipo de cambio nominal caiga. Y dado que el exceso de dólares se compra sin emisión artificial de pesos, no se genera inflación y se mantiene el tipo de cambio real depreciado genuinamente.

La Argentina también eligió la segunda opción, e interviene el mercado cambiario para intentar mantener su moneda barata. Pero (a diferencia de Chile) la política cambiaria aplicada resulta ser inconsistente. La voracidad del gasto público erosiona los ahorros del fisco, haciendo que el Gobierno deba comprar el exceso de dólares con emisión de pesos en lugar de hacerlo con superávit fiscal. Se apuntala así una inflación que termina apreciando al tipo de cambio real de la peor manera, invalidando ese esfuerzo anterior. En pocas palabras, el contexto internacional forja las condiciones necesarias para alcanzar el equilibrio externo, pero el equilibrio interno queda distorsionado por la inconsistencia de las políticas aplicadas, y pone en duda la sustentabilidad del actual proceso de crecimiento económico en el largo plazo.