

Tanto la teoría económica como la evidencia empírica han demostrado que la inflación reduce la tasa potencial de crecimiento económico de largo plazo, ya que desincentiva el ahorro (el crédito) y la inversión. En consecuencia, reducir la inflación es condición necesaria para aumentar el PBI per cápita y reducir la pobreza y la indigencia. En los primeros años de la Argentina post Convertibilidad, el tipo de cambio elevado brindó competitividad al sector externo y protección al sector sustituidor de importaciones. En este marco, se generaron puestos de trabajo, se redujo el desempleo y se incrementó la masa asalariada. De esta manera, hubo un fuerte crecimiento del consumo y del PBI, que promedió una tasa anual del 8% entre 2003 y 2007. Sin embargo, en ese periodo la inflación minorista anual se multiplicó por siete, erosionando el principal pilar del actual modelo económico. En este sentido, la inflación deteriora el poder de compra de los salarios y termina impidiendo que el crecimiento a tasas ‘chinas’ tenga un efecto derrame positivo sobre los sectores más vulnerables. Frente a este panorama, resulta incomprensible que la reducción de la tasa de inflación no sea uno de los principales puntos de la agenda de política macroeconómica. Empezar a resolver este problema, exige atacar las expectativas inflacionarias del público, ya que si la gente piensa que va a haber inflación, esto terminará impactando finalmente sobre el índice de precios. Las expectativas inflacionarias se reducen sólo si el Gobierno logra convencernos que enfrentará de raíz este flagelo. Para la consecución de este objetivo, primero se tendría que dejar bien en claro que la reducción de la inflación es uno de los objetivos principales de la política económica. Segundo, se deberían proponer metas inflacionarias plurianuales. En este sentido, habría que plantear un sostenido sendero de reducción de la inflación en el mediano y largo plazo. Tercero, es fundamental fortalecer el marco institucional, para ganar credibilidad y reputación. El BCRA debería presentar programas monetarios en el Congreso de la Nación, que explicitaran no sólo los objetivos de inflación y los instrumentos de política monetaria a utilizar, sino un sistema de correcciones y/o compensaciones si se incumplieran las metas previstas. Cuarto, y sin dudas lo mas importante, encarar los puntos anteriores exige abandonar, en forma indeclinable, la actual política fiscal permanentemente expansiva. Es imprescindible encarar una política fiscal contra cíclica, que acumule superávit en forma creciente durante los años de expansión económica. Es condición necesaria que la política fiscal acumule ahorro y sea contracíclica, para que la política monetaria pase a ser totalmente independiente, algo imprescindible si se pretende encarar una política anti inflacionaria creíble y eficiente. En un contexto de fortalecimiento del frente fiscal, el BCRA podrá hacer política monetaria con amplios grados de libertad y utilizar el tipo de cambio y los agregados monetarios como instrumentos que ayuden a amortiguar los ciclos económicos. En otras palabras, cambiando el sesgo de la política fiscal, la autoridad monetaria local podrá iniciar el recorrido que hace muchos años atrás comenzaron los bancos centrales de Brasil y Chile. No es un camino sencillo, pero es imprescindible encararlo. Finalmente, a pesar de lo que planteaban algunos analistas en los albores de este modelo, la experiencia terminó demostrando nuevamente que ‘un poco de inflación’ no nos hizo nada bien.










