

Nicolás Maquiavelo ha dicho que para la conducción de un Estado, la fortuna del príncipe puede ser tan importante como su virtud. La principal ventaja práctica de la virtud es que suele ser una característica menos volátil que la siempre bienvenida fortuna. Hay que decirlo, la administración macroeconómica de corto plazo en la Argentina ha contado con una buena dosis de ambas. Pero claro, hay quienes creen que la receta aplicada ha tenido una carga de fortuna mayor que la deseable para despejar dudas a largo plazo.
Cuando la fortuna acompaña, aún las malas noticias pueden terminar no siéndolo. Por primera vez en muchos años, el ciclo internacional de tasas de interés ha estado perfectamente sincronizado con el ciclo macroeconómico local. Cuando Argentina salía de su crisis de 2001-02 con una brecha con respecto a su producto potencial que permitía (y recomendaba) aplicar políticas expansivas de demanda agregada, el mundo acompañó con las tasas de interés más bajas de las últimas décadas.
Ahora el escenario mundial ha comenzado a cambiar. La Reserva Federal inició un suave pero sostenido incremento de sus tasas de interés y la preocupación inflacionaria reapareció en el radar de muchos países. Pero este cambio en el escenario internacional ocurre de manera sincronizada con la necesidad local de sacar el pie del acelerador para atemperar las presiones inflacionarias, en una economía lanzada en su demanda pero con insuficiente expansión de su oferta.
Las felices coincidencias no terminan aquí. La suba en la tasa americana de corto plazo no ha sido acompañada por una corrección de las tasas de largo plazo. Aunque esta dinámica responde en parte a una fuga a la calidad, lo cierto es que no se observa un desplazamiento de la curva de rendimientos americana, sino un mero aplanamiento. Si el riesgo emergente no sufre mucho –volatilidades al margen, el riesgo Latinoamericano está hoy 180 p.b. por debajo de igual mes del año previo– y se despejan algunos nubarrones domésticos (básicamente, FMI y canje) la curva de rendimientos local también podría aplanarse.
Una curva de rendimientos menos empinada es también una buena noticia para la coyuntura local. Concédame el lector el siguiente argumento: si las decisiones de consumo de las familias están mayormente determinadas por el tramo corto de la curva y las decisiones de inversión de las firmas mayormente influidas por el tramo medio y largo, entonces una curva de rendimientos muy empinada tendrá cierto sesgo inflacionario. La razón es simple: mientras que tasas de interés bajas en depósitos (y créditos al consumo de corto plazo) reducen el costo de oportunidad del consumo, elevadas tasas de largo plazo reducen las oportunidades de inversión y limitan la expansión de la oferta agregada. Por el contrario, y dejando otros factores de lado, una curva de rendimientos más plana implica que la tasa de crecimiento del consumo (principal componente de la demanda agregada) será relativamente menor y la de la inversión (principal determinante de la oferta agregada) relativamente mayor.
Que el tramo corto de la curva de rendimientos aumente es una buena noticia para la inflación. Si esto ocurre sin afectar sustancialmente el tramo largo, también es una excelente noticia para el financiamiento del Gobierno y la sustentabilidad fiscal de largo plazo, probablemente una de las principales incertidumbres del proceso inversor. Si se pudiese pedir un deseo al inicio de una hipotética gestión económica, nadie se atrevería a demandar tanto.
La principal consecuencia de este escenario es que le facilita la tarea al Banco Central. Hace posible un incremento moderado de las tasas, atacando el problema inflacionario, sin resignar el objetivo cambiario. El incremento de las tasas locales es compensado por la suba externa y por tanto el equilibrio de portafolio y los flujos de capitales de corto plazo no deberían alterarse. El Banco Central está haciendo una sintonía fina de subas graduales de tasas con un ojo puesto en el tipo de cambio. Mientras las presiones cambiarias sean contenibles con el set de herramientas disponibles, las tasas podrán seguir en ascenso.
Hoy los roles en el debate de política económica aparecen invertidos. Los sectores de pensamiento más heterodoxo reclaman medidas de oferta para impulsar el crecimiento y moderar la inflación. Los sectores de pensamiento más ortodoxo, reclaman una mejor administración de la demanda agregada de corto plazo. Pues bien, si la suerte sigue acompañando, quizás se pueda hacer un poco de todo al mismo tiempo.
Aunque no es remedio suficiente, el ciclo económico y la dinámica monetaria internacionales contribuyen a resolver los tres problemas más acuciantes de la macroeconomía argentina: inflación, inversión y financiamiento al Gobierno. Como en el fútbol, el éxito de una política económica se mide más por sus resultados que por las buenas intenciones o la calidad técnica de su diseño. Por las razones que sean, Argentina está todavía algunos goles arriba.
