

Terminó el mundial y casi sin darnos cuenta estamos a sólo un año del momento en que las fuerzas políticas deberán definir sus candidatos presidenciales. Las discusiones sobre el matrimonio gay, el 82% móvil, el destino general de los fondos e impuestos estatales, los negocios con Venezuela nos dicen que entramos en un clima político del cual no hay que esperar más que rispideces.
Mientras el gobierno apuesta tanto a hacer volar la economía e intenta mantener la ilusión maradoniana de que con garra y la generación de buenos climas sociales podrá continuar en el poder por cuatro años más, el problema para la oposición no es tanto que se produzca una reversión de los indicadores negativos que persiguen al gobierno desde que se desató el conflicto con el campo, sino en como hacerse confiable en su capacidad para gobernar. Todos saben que, por más que en la sociedad exista una fuerte corriente de cambio de signo político, es difícil que se produzca si no aparece la fuerza política y el candidato confiable. Se puede suponer que alguien aparecerá, aunque hoy no esté en el escenario ya que hay espacio social para ello, pero es sólo una hipótesis de laboratorio de la que poco podemos predecir.
Es, justamente, el que no aparezca un rival político que de garantías de gobernabilidad la gran fortaleza que tiene en su poder el oficialismo y que al compás de su inacabable iniciativa política lo hace sentirse seguro de su capacidad competitiva. Si hay algo que la sociedad le reconoce a Kirchner es su capacidad para reconstruir la autoridad presidencial y estar al mando de las cosas. Y si hay algo que la población no encuentra en la oposición es un liderazgo de característica distintas pero confiable El radicalismo que crece como alternativa política, primero con Cobos y ahora también con Alfonsín, tiene el fantasma de la Alianza que aún llena de temor a un importante sector del electorado, un enemigo nada fácil de vencer. Por eso, el enfrentamiento entre sus dos referentes, más la posibilidad de que se construya una nueva alianza, esta vez con la Coalición Cívica y el Socialismo, son al mismo tiempo tanto una amenaza como una buena noticia para el oficialismo. Una coalición de centro izquierda podría generar en los sectores medios una sensación de aire fresco y de recreación de expectativas, pero será bueno para el oficialismo si dicha coalición no logra dar señales claras de que no armará un rejunte de buenas intenciones.
Por el lado del Pro y del Peronismo Federal las cosas tampoco son simples. Macri, que tiene posibilidades de crecer electoralmente porque mantiene su aura de dirigente nuevo que ha venido a airear la política, carece de estructura territorial en el interior del país, tiene una gestión que no alcanza para mostrarlo como el eficiente que amenazaba ser y tiene una causa judicial de destino incierto. Duhalde, Solá y Das Neves por el lado del Peronismo Federal no consiguen despegar y parecen ir derecho a tener que ser complemento de Macri o del oficialismo, excepto que Reutemann de alguna señal de vida. Solanas aparece solitario como una opción a lo tradicional pero sin posibilidad de terciar.
Ninguna fuerza política tiene nada cierto entre sus manos. Pero, los que menos la tienen son los ciudadanos que esperan tanto del gobierno como de la oposición que tomen nota que han salido a la calle masivamente en el bicentenario como un modo de decir: “Estamos esperando confiar en alguien que se de cuenta que queremos poder estar todos juntos detrás de banderas comunes










